Me amarás…

Me amarás…

Me amarás desde siempre y para siempre, desde la noche en que nuestros labios se juntaron en un beso que sabía a clandestinidad.

Me amarás con cada mensaje y con cada fotografía, con cada sonrisa y con cada lágrima extraviada en lo fugaz.

Me amarás en ese motel de mala muerte, en el que mientras dos perros callejeros no dejaban de ladrar, te atreviste a decir, por primera vez, “te amo”, mientras tus ojos se sonrojaban y comenzaste a sollozar.

Me amarás bailando con los hijos que imploraron existir, y leyendo las páginas de un libro que nunca se escribió.

Me amarás con cada célula de tu nívea humanidad, y con cada promesa de amor eterno que nos juraste frente a la luna.

Y me odiarás…

Me odiarás negando mi existencia, negando cada cigarrillo, cada canción y cada cerveza.

Me odiarás aniquilando todo vestigio de la vida que construimos y que no volverá.

Me odiarás fustigándome con tu silencio e indiferencia, con esa tan tuya terrible frialdad.

Me odiarás regalándole tus sonrisas y coqueteo al primer hijo de puta que se cruzó en tu andar.

Sí, me amarás y me odiarás.

Me amarás y me odiarás.

Me odiarás.

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No eras la gran cosa

No eras la gran cosa y ahora lo puedo ver. No eras tan bonita como te visualicé. No eras tan inteligente como te pensé. No eras tan graciosa como te escuché. No eras tan buena como lo creí. Sí, no eras la gran cosa, pero la verdad es que tampoco lo soy yo, y eso…

Felicidad

Me preguntaron hace poco qué era la felicidad, y en ese momento no supe responder. La interrogante se alojó en mi cabeza y en mi corazón, y algunos días después llegó a mí la siguiente imagen. La felicidad es sentir el calor del cuerpo desnudo de una mujer alojado junto a mí después de hacer…

Hablando en voz baja

Esto me ocurrió hace ya varios años, cuando era profesor de bachillerato. Una mañana, llegó una alumna a mi escritorio. En su rostro se podía observar una mezcla de desconcierto, incertidumbre y miedo, como si algo muy grave hubiese ocurrido. Esperó con cuidado a que todos los demás compañeros salieran al receso para que ella…

¿Cuántas lunas?

¿Cuántas lunas habré observado antes de dormir? ¿Cuántas de ellas me habrán bañado con sus rayos repletos de melancolía y tristeza? ¿Cuántas veces habré deseado desvanecerme en esos parajes nocturnos? ¿Cuántas lunas habrán sido testigos silenciosos de mi angustia y soledad? ¿Cuántas lunas habré observado antes de dormir, deseando no ver ni una sola más?

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Aparece, como una epifanía, un nuevo imperativo en mi vida: ¡abraza el sufrimiento y abraza la oscuridad! Se trata de entrar al bosque y volverse uno con la bruma, copular con la noche y desintegrarse en la tierra.   Se trata de entrar al bosque y hacer el amor con las ninfas de la melancolía,…

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Como buen amante del cine que me considero ser, me he topado más de una vez con ciertas películas que resultaron ser un bocado un poquito más difícil de digerir que otros, y sé que, para ti que eres amante del denominado “séptimo arte” también te pasó alguna vez. Por eso, hoy te quiero compartir…

Tokio 1980

Era el último día de mi residencia en Tokio. Después de dos años de estudiar en Japón, debía de regresar a la Ciudad de México en unas horas más. Ella y yo estábamos en medio de Shibuya, y el atardecer nipón era poco a poco desplazado por la noche. Los colores púrpuras y carmesí en el cielo se combinaban con los azules oscuros que estaban a punto de consumirlo todo. Algunas estrellas y la luna ya podían visualizarse en esos momentos.

Su nombre era Akane Matsumoto, y para ese entonces teníamos siete de meses de haber empezado a salir. Aunque parecía que el tiempo de estar juntos era poco, nuestra relación era seria debido a la intensidad con la que ella y yo la habíamos vivido. En nuestros ojos se podía ver, detrás del brillo despertado por el romance y esa intensidad antes mencionada, la tristeza y la nostalgia al saber que sólo nos quedaban unos cuantos minutos más antes de que nos tuviéramos que despedir. Intentábamos no pensar en eso. En medio de esa ruidosa multitud, parecía como si sólo existiésemos nosotros.

Teníamos el estómago lleno ya que acabábamos de comer, por lo que decidimos ir a un bar. Caminamos sin rumbo por un rato, y ya bien entrada la noche entramos a una especie de cafetería que tenía puesta la música a muy alto volumen, y sin saber bien el por qué, ese fue el detalle que hizo que nos decidiéramos por ese lugar. Adentro se encontraba un señor como de unos sesenta años que no dejaba de fumar y de beber cerveza, y en otra mesa estaban dos mujeres como de veintitantos años que no cesaban de reír, y comentaban algo sobre un examen que debían de presentar la siguiente semana. Akane y yo pedimos un par de cervezas que llegaron casi de inmediato. En cuanto arribaron los tragos, a los dos nos invadió un profundo sentimiento de pena; pude ver cómo se sonrojaron sus ojos, y cuando ella observó que la estaba viendo a punto de estallar en llanto cambió con velocidad su estampa y me sonrió; me sonrió con esa sonrisa que había cambiado mi vida en estos últimos siete meses. De nueva cuenta, pretendimos que ninguno de los dos sabía que estábamos viviendo nuestros últimos momentos juntos. Con su mano derecha, tomó por detrás de su oreja un pedazo de su cabello y empezó a juguetear con él, haciendo y deshaciendo remolinos. Yo amaba todo de ella, desde su piel color nieve, hasta la última punta de ese cabello negro, largo, lacio, y que no importaba cuándo lo oliera, siempre tenía ese gusto a sakura del cual no me podía cansar.

De pronto, comenzó a sonar Stay With Me de Miki Matsubara; por esos días no era raro escuchar esa canción en todas las estaciones de radio y tiendas de discos en Tokio. Casi de inmediato, Akane tomó mi mano emocionada y me arrastró para que bailáramos juntos: Stay with me, mayonaka no doa o tataki, kaeranaide to naita, ano kisetsu ga ima me no mae. A pesar de que estábamos frente a frente, en la oscuridad de ese establecimiento alumbrado sólo por un par de luces neón y una bola “disco” de tipo occidental, lo único que podía notar con claridad eran sus ojos de cielo y sus dientes perfectos, también color nieve. Ella bailaba de manera extraordinaria, como si le hubiese dedicado su vida a la danza, mientras que yo sólo podía intentar torpemente seguirla en sus pasos, cosa que a ella le daba muchísima risa. Llegado cierto momento, volteé y pude notar cómo las dos estudiantes y el anciano nos veían, y las tres figuras sonreían; las colegialas nos contemplaban como anhelando eso que veían en nosotros para ellas, y la sonrisa del anciano estaba atravesada por una melancolía, quizá al recordar un amor como el nuestro en su propia vida: Stay with me, kuchiguse wo ii nagara, futari no toki wo daite, mada wasurezu, daiji ni shite ita. Mi japonés no era tan fluido todavía, y su español, que le había estado enseñando en esos siete meses tampoco era muy claro, pero no hacía falta que dijéramos mucho, podíamos pasar horas sólo viendo los ojos del otro, y esa era toda la comunicación que necesitábamos.

El tiempo pasó como agua, y al mirar nuestros relojes, nos dimos cuenta que era casi medianoche y que había llegado el momento de decir adiós. Acordamos que me acompañaría al hotel que reservé para poder ir en la mañana al aeropuerto, así que nos dirigimos hacia Kabukichō. Llegamos, y el distrito, como siempre, estaba lleno de vida nocturna: la gente no dejaba de pasar en oleadas que se asemejaban a las representadas por Hokusai, y a lo lejos, otra vez, se podía escuchar Stay With Me. De la nada comenzó una lluvia torrencial, y fue como si no nos importara, porque nos quedamos viéndonos mientras el aguacero empapaba hasta el último milímetro de nuestros cuerpos. Su cabello comenzó a aparecerme como una cascada oculta en algún bosque del lejano país, y a pesar de que no era muy bien visto, finalmente, ahí, en medio de la calle rodeada por izakayas y máquinas pachinko nos abrazamos y nos besamos con una pasión y una tristeza bien mezcladas. Nunca pude saber si las gotas que llenaban nuestros rostros se debían a la lluvia o a las lágrimas que ya no pudieron esperar más para salir: soko ni anata wo kanjite ita no.

Nos separamos, y cada quien tomó su rumbo. Lo último que pude sentir fue la yema de uno de sus dedos. Ninguno de los dos volteó, sabíamos que hacerlo sólo acrecentaría el enorme dolor que ambos experimentábamos. Nunca se lo mencioné, pero si ella hubiese dicho un “quédate” o algo parecido, hubiera dejado todo por permanecer a su lado.

Quedamos que regresaría en doce meses para poder pasar el resto de nuestras vidas juntos. Nunca la volví a ver. Han pasado 40 años, y esa herida en mi corazón sigue abierta: kaeranaide to naita

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El punk ha sido uno de mis géneros musicales favoritos de toda la vida. Comencé escuchando a The Ramones y a los Sex Pistols cuando tenía catorce años, y desde entonces mi repertorio ha aumentado, desde bandas consagradas y mundialmente conocidas como The Misfits, Dead Kennedys o Bad Religion, hasta proyectos más underground e independientes…

Mis amados muertos

Caminé por el Panteón Español; eran aproximadamente las 11 de la mañana. El sol matutino pegaba de una manera agradable, y la brisa del viento estaba acompañada de un sentimiento de tranquilidad y nostalgia. Se escuchaban los sonidos de la naturaleza que bordeaban las tumbas y los monumentos funerarios de todo ese espacio; casi parecía que no me encontraba en la Ciudad de México, una de las más tumultuosas y estridentes del mundo. Ahí, en esa caminata, había dejado de ser presa del ruido y el movimiento de la urbe, para centrarme de manera relajada y pacífica en mis propios pensamientos. Caminando entre las lápidas y estelas, llegó a mí un sentimiento de plenitud, y envidié a todas esas almas y cuerpos que descansaban sin tenerse que preocupar de ninguno de los asuntos de la mortalidad. Leía con cuidado cada uno de los nombres y apellidos de todos esos seres, otrora humanos. ¿A dónde se han ido? ¿Dónde se encuentran? ¿Cuántas historias tendrían para contarme todos ellos? Y entonces comprendí algo: quería estar allí, donde sea que estuviesen, y reposar a su lado. ¡Cuánto me gustaría poder escuchar eternamente esos sonidos de la naturaleza y repetir una y otra vez esa caminata! ¡Cuánto me gustaría poder postrarme en esa hierba descuidada y observar ese cielo azul sin nada más que turbara mi alma!

Quisiera que todos mis seres queridos celebraran mi muerte, y no tanto mi vida, entendiendo que mi más grande deseo ahora pasa por querer descansar con los muertos, deleitándome de manera incansable con aquellos verdes árboles. Me gustaría que el día de mi muerte, sin importar cuándo y cómo llegue, familia y amigos emprendieran una gran fiesta llena de vino, música y comida, porque sabrían que se habría cumplido mi más grande anhelo.

Han sido años de enseñar a oleadas de estudiantes sobre arte gótico, y sólo en esos momentos de mi recorrido en el camposanto comprendí que más allá del análisis de los arbotantes, rosetones, arcos y bóvedas, quería descansar para siempre en una de esas edificaciones. Sólo en ellas la contemplación estética se vería consumada.

Ay, mis amados muertos, qué suerte tienen ustedes, qué felices se han de encontrar de vivir eternamente con ese sentimiento de alegría y virtud, viendo al mundo pasar con sus desgracias, mientras ustedes duermen placenteramente en ese lugar donde ya nada les representa amargura o preocupación. Tarde o temprano, todos abordaremos el navío de Caronte, y mientras que para algunos eso es motivo de angustia, para mí, estando ese día con ustedes, eso se me anunció como una promesa.

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El 23 de octubre del año en curso, Catalina entró a su baño y percibió un terrible olor, tan nauseabundo y asqueroso que en esos momentos comenzó a vomitar. La bilis que salía de sus intestinos volvió todavía peor la repugnante escena, sin embargo, pensó que se trataría de una anomalía ocasional. Hoy por la…

Exequias

Hace un par de meses murió mi abuelita, María Leonor Rodríguez, y la siguiente entrada es para hablarles de uno de los primeros recuerdos de toda mi infancia en el que ella fue la actriz principal de esa memoria.

Mi abuelita, originaría de la Ciudad de México, específicamente del Barrio de San Pedro en Iztacalco (lugar en el que yo también nací), después de unos años se fue a vivir a San Francisco Atexcatzinco, en el estado de Tlaxcala. Esto sucedió, más o menos, cuando yo tenía unos cinco años (si la memoria no me falla). Se trataba de un pueblito el cual, en ese entonces, no contaba con calles pavimentadas ni con luz eléctrica, por lo que recuerdo que las primeras noches que pasábamos ahí debíamos de echar mano de velas y veladoras para alumbrarnos. A un costado de la casa de mi abuelita se extendía una enorme milpa que parecía no tener fin alguno. De frente a la misma casita, se encontraba el camposanto del pueblo, por lo que, como ya se imaginarán, todo el escenario nocturno se anunciaba como el lugar perfecto para madrugadas terriblemente oscuras y que, mi abuelita, acompañaba con varias historias de terror y leyendas populares, aquellas que iban desde la aparición de La Llorona y nahuales, hasta el encuentro con ánimas provenientes del purgatorio. Los recuerdos de esas noches profundas siguen apareciendo a en mi mente de manera periódica.  

Para entrar a San Francisco Atexcatzinco se debía cruzar un puente de madera, y, como ya mencioné, ante la ausencia de luz eléctrica los autos debían de pasar con el mayor cuidado posible. En ese puente, narraba mi abuelita, se aparecía El Jinete sin Cabeza, por lo que debíamos de atravesar ese espacio con la mayor rapidez posible. Mi padre tuvo varios desencuentros con mi abuelita, reclamándole que me dejara de contar todas esas lúgubres historias, pero es que era yo quien le pedía que, noche tras noche, no parara de relatarme todos los pormenores de esas apariciones y espectros de la platea saturnina. No era poco común que ella se escapara, ya entradas las altas horas de la noche, para ir la cama en la que yo me quedaba y narrarme todas estas historias.

Desde que tengo memoria, he vivido fascinado por los relatos de demonios y fantasmas, de almas en pena que vagan por nuestro mundo de manera triste y desolada, y hasta hoy en día, para el cine y la literatura, estos siguen siendo mis motivos preferidos.

Unos tres años atrás, desde la fecha en que escribo estas palabras, mi abuelita tomó un curso que ofrecí, intitulado “La construcción de la figura histórica del diablo”; en la última sesión, uno de los participantes me preguntó cuál era el origen de mi fascinación por los temas del inframundo y lo demoniaco, y aprovechando que mi abuelita estaba tomando dicho curso, narré – palabras más, palabras menos – las anécdotas que ahora les comparto. Qué mejor homenaje para ella el expresarles la forma en cómo, hasta el día de hoy, esa viejecilla echó a volar mi imaginación y sin la cual, seguramente, no podría dedicarme a mi escritura, la cual, buena o mala, forma parte imprescindible de lo que soy y he sido durante muchos años.

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Un breve relato sobre la línea 12 del metro

No son pocas las ocasiones en que, sin darnos cuenta, estamos viviendo épocas de nuestra vida que, más adelante, serán recordadas con nostalgia. Lo que quiero narrarles en esta ocasión tuvo lugar entre los años 2018 y 2019.

Se me ofreció la oportunidad de dar clases de arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana, cosa que acepté de inmediato, ya que necesitaba ese trabajo después de encontrarme por más de 3 años sin haber recibido ninguna oferta laboral – me había quedado sin trabajo desde que renuncié para terminar mi licenciatura en Historia, proyecto que se vio truncado por la muerte de mi hermano, así que me encontraba en una especie de “limbo” –. El problema con la propuesta laboral consistía en que, para esos momentos de mi vida y de mi formación académica, nunca me había dedicado al terreno del arte ni de la estética filosófica, pero como dije, no podía dejar de pasar esa inesperada oportunidad.

Para poder dar clases de calidad y establecer buenas relaciones, tanto con mis alumnos como con las autoridades del Colegio de Arte y Cultura, decidí que la mejor opción era aplicar para la Especialidad en Historia del Arte, ofertada por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, y poco después de presentar mi solicitud, fui aceptado.

En aquellos momentos de mi vida me encontraba en una relación sentimental turbulenta; mis finanzas personales tampoco eran del todo buenas; vivía demasiado lejos, tanto de mi trabajo como de la Unidad de Posgrado en donde las clases de la especialidad tenían lugar, y en general, creo que mi vida estaba hecha un caos emocional. Tomar clases no era cosa sencilla: me encontraba agobiado por el trabajo, por el dinero y por las continuas peleas con mi pareja. Me costaba mucho poner atención, y casi siempre estaba acompañado por un sentimiento de cansancio y tristeza. Supongo que, por las mismas razones, nunca estuve en condiciones de establecer ninguna relación de amistad con los compañeros: me sentía extraño y alejado de todos ellos, como si yo formara parte de otro planeta, cosa que sólo hacía que se acrecentara el sentimiento de soledad y alienación.

Mi rutina diaria estaba marcada por la prisa: debía despertarme alrededor de las 4:30 am para estar en el Claustro a las 7 am; daba clases de 7 am hasta la 1 pm; desde el Claustro, debía correr a Metrobús Chilpancingo para tomar mi sesión de psicoanálisis; tomaba esa misma línea del Metrobús y llegaba hasta Ciudad Universitaria; si la cosa iba bien, me daba tiempo de calificar algunas tareas o exámenes y comer una bolsa de frituras o algún otro alimento chatarra; asistía a los cursos de la especialidad, y más o menos, alrededor de las 9 pm, tomaba de nueva cuenta el Metrobús para poder llegar a mi hogar, cosa que pasaba como a las 11:30 pm; (los viernes y los sábados tenía que agregar los horarios de la maestría en psicoanálisis que cursaba también ya en ese entonces). Llegaba a mi departamento, intentaba cenar algo, preparaba las clases del siguiente día, y la exasperante rutina se repetía. En promedio estaba durmiendo alrededor de 5 horas, y en raras ocasiones comía de manera saludable más allá de algún refrigerio.

La ruta, tanto de ida como de regreso a mi hogar, estaba atravesada por la línea 12 del metro (aquella que ha estado marcada por la desgracia y los siniestros en los últimos años). Por las mañanas, observaba desde el andén la iglesia de San Andrés Apóstol, en la estación donde mi recorrido comenzaba (San Andrés Tomatlán), y en mí se despertaba un sentimiento propio de la experiencia religiosa, algo así como esa voz que Wittgenstein escuchó diciéndole: “nada puede hacerte daño”. Deseaba con fervor que unas palabras de ese tipo me fueran recitadas…

Por las noches, después de haber cruzados mares inacabables de gente, llegaba desde Ciudad Universitaria hasta metro Zapata, y de ahí podía transbordar a la línea 12. La parte subterránea del recorrido me era completamente indiferente, pero una vez que los vagones se elevaban sobre las inclementes columnas de hormigón, yo podía observar las luces de la ciudad y adentrarme en toda una serie de fantasías: ¿quiénes son todas estas personas? ¿cómo la estarán pasando en la vida? ¿algunos de todos estos seres humanos se sentirán como yo me siento? ¿qué harán todas estas personas cuando llegan a sus hogares noche tras noche? Yo recargaba mi cabeza contra las ventanas del vagón y me quedaba ahí pensando en todas estas cosas.

Al bajar, compraba un cigarro, y desde ahí comenzaría la siguiente parte de mi recorrido. Pasaba por toda una serie de terrenos baldíos y unidades habitacionales; después vendría un parque que me indicaba que estaba a punto de llegar; subía las escaleras de mi edificio, en completa oscuridad, hasta que llegaba a mi departamento; utilizaba mis llaves para abrir, prendía la luz, entraba y cerraba la puerta a mis espaldas. A veces me daban ganas de llorar – hasta la fecha no entiendo bien el por qué – y en otras ocasiones sólo repetía los movimientos cenar-trabajar-dormir intentando no pensar demasiado.

Hace poco, no sé por qué, recordé todos esos paseos nocturnos; recordé cómo era hastiarme de la gente y cómo era tenerle miedo al paso de los minutos que se consumían de manera voraz desde que salía de CU hasta llegar a mi departamento. Pero, sobre todo, recordé esos episodios en los que, por las noches, observaba las luces de la ciudad desde las alturas de la línea 12 del metro, y cómo llegaban a mí todas esas fantasías e interrogantes. Podría parecer extraño, pero recordé esa sensación, y algo que en su momento fue tan tedioso, ahora volvía a mí con un dejo de añoranza, al punto en que deseé repetir esa ruta en algún momento. Ahora ya no vivo en ese departamento, ni estoy con esa pareja que relato, ni estudio la especialidad o la maestría; talvez, lo que se ha producido en mí a la hora de recordar ese trayecto sea la conciencia de lo rápido que pasa el tiempo y de cómo todo cambia de manera irreparable, aunque no nos demos cuenta.

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Le regalé unos libros

Me quedaba poco dinero en mis bolsillos, y con lo poco que tenía, decidí regalarle unos libros. Al entregárselos, me sonrío a medias con una mueca fría e hipócrita. Un año después volví a su departamento, y pude ver, en un rincón empolvado, los libros que le regalé todavía sin abrir, y ahí fue cuando…

The inside room: un disco que te rompe el alma

Era diciembre del año 2011, y buscando recomendaciones discográficas en la red, llegó a mis manos The inside room de la banda 40 Watt Sun, y desde la primera vez que lo escuché, se clavó profundo en mi alma. La banda británica, perteneciente al subgénero del Doom Metal, había lanzado ese mismo año una pieza…

Intimidad

Tuvimos intimidad, no ese intercambio soso y frívolo de carne y fluidos al que ustedes le llaman así. Tuvimos intimidad, de esa a la que pocos seres humanos pueden aspirar en toda su vida. Caminamos de noche, sin destino certero, y el alcohol que nos inundaba la sangre nos hacía reír sin parar, a veces sin motivo alguno. Nos veíamos directamente a los ojos, y en medio de los ríos de gente de la Ciudad de México, era como si estuviéramos completamente solos.

Tuvimos intimidad cuando toqué sus cabellos, y tuvimos intimidad cuando ella rozó tímidamente las yemas de mis dedos, asustada por mi reacción, pero decidida a hacerme saber que quería sentir mi piel.

Tuvimos intimidad cuando, ya ni recuerdo dónde, me acosté sobre su rezago y con mis ojos intentaba capturar hasta el último centímetro de su dermis, y así, con mi cabeza sobre sus piernas, ella comenzó a contarme su vida y yo comencé a relatarle la mía.

Tuvimos intimidad cuando tuve que irme esa noche de su lado, y en un “adiós” que ninguno de los dos queríamos que llegara, le di la espalda, sabiendo que su mirada me seguía, sintiéndola en toda mi espalda.

Tuvimos intimidad cuando nos volvimos a ver unos días después y no sabíamos qué decirnos; habíamos compartido nuestra vida de manera fugaz pero profunda, y ahora las palabras sobraban entre ella y yo.

Tuvimos intimidad cuando el mundo nos volvió a invadir en la cotidianeidad, pero sabíamos que, aun cuando no volviéramos a repetir lo que vivimos, entendimos que siempre existiría esa noche entre ella y yo.

Sí, tuvimos intimidad.

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Una cerveza y un mezcal

Llegué a la misma cantina de siempre y pedí la promoción usual: una cerveza y un mezcal. Mientras esperaba, un joven mesero no dejaba de verme, como si estuviera intentando encontrar algo en mi persona. Yo, con los ojos clavados en mi sucia mesa continúe esperando. De pronto, llegó el mesero de mirada intrigante y…

El mejor disco de toda la historia: Bat Out Of Hell

Verano del 2005: mi hermano y yo estábamos de vacaciones y en uno de esos días de descanso veíamos VH1; como parte de la programación, salió una película biográfica sobre el que se aseguraba, era uno de los artistas de rock más grandes de todos los tiempos: Meat Loaf. Nos quedamos viendo todo el documental…

Te imaginé…

Imaginé que, en una tarde de verano, mientras veía la televisión y fumaba un cigarro, alguien tocaba a mi puerta, mientras oía la lluvia caer.   Imaginé cómo se formaba un rostro de incertidumbre y angustia en mi ser, e imaginé levantarme con zozobra y caminar para abrir. Imaginé ver tu rostro del otro lado…

Acapulco 1996

Hace poco tuve la oportunidad de viajar a Acapulco. Desde que tomé la carretera, una serie de recuerdos comenzaron a llegar, y es que ese fue el lugar donde conocí el mar por primera vez y donde se encuentran varios de los primeros recuerdos de toda mi vida. Sobre todo, las memorias que aparecieron en esta última ocasión tuvieron que ver con mi padre.

Él es un gran aficionado a los viajes, y es por eso que, como comenté más arriba, desde muy pequeño solíamos ir cada que se podía al puerto de Acapulco. Hacíamos todo lo que se “tiene” que hacer ahí: la quebrada, la lancha con fondo de cristal, caleta y caletilla, ir a las cenadurías para pedir un pozole estilo Guerrero, pasear por el malecón, etc. Él es un gran aficionado de nadar en mar abierto, por lo que la playa que más visitábamos era “Revolcadero”, y unos años después nos volvimos fieles de la “Bonfil”.

Había algo en Acapulco que siempre me pareció “mágico”; bueno, ni siquiera sé si esa es la palabra; quizá “nostalgia” sería más adecuada, pero claro, para mis cinco años, que es la edad en la que comenzaron todos estos recuerdos y anécdotas, no existía en mi léxico ni en mi entendimiento un concepto como “lo nostálgico”.

No fueron pocas veces en que mi papá invitó a mis tías, a mis primos y a mi abuelita a ir con nosotros. Ahí también mi mente se llena de mil recuerdos: intentar construir castillos de arena (digo “intentar” porque nunca pude hacer uno más o menos decente); saltar las olas salvajes en ese mar abierto que les cuento; hacer guerras de bolas de arena – las cuales estaban fuertemente prohibidas y penadas por nuestros padres –; organizar “concursos” de nado sincronizado, entre muchas otras cosas. Es curioso cómo funciona la memoria, porque hasta el día de hoy, cada que ceno un sándwich de jamón con mayonesa y lo acompaño con un vaso de leche con chocolate inmediatamente regreso a esa infancia, a esos momentos en los que mi madre nos preparaba ese “menú” antes de mandarnos a acostar.

Cuando pienso en ese Acapulco, viene a mi mente el malecón de noche, lleno de luces espectaculares por todos lados, mientras que el sonido de las olas rompiendo, no tan lejos de ahí, servía como telón de fondo. Me gustaba ver el mar de noche y no poder distinguir absolutamente nada a excepción de algunas luces pertenecientes a embarcaciones de todos tamaños y algunas casitas. Me acuerdo bien de los caballos cruzando las avenidas, y las hamburguesas que, por ser vacaciones, mi papá nos permitía comer.

Acapulco es muchas cosas en mi mente: fue el lugar donde leí una y otra vez la primera carta de amor que me entregaron. Fue el último día de clases; yo tenía cinco años, y Jazmín (por supuesto que me acuerdo de su nombre), me dibujó un oso en un papel y me escribió “me gustas mucho. Te amo”. Ni ella, ni yo, teníamos idea de qué significaban esas palabras, pero así, en esa carta, esa niña de cinco años me confesaba su supuesto amor. Al día siguiente de ese fin de cursos, viajamos a Acapulco, y como sabía que el próximo año entraría a la primaria y no la volvería a ver, decidí lanzar al mar esa carta, cuidando que ni mis padres, ni mi hermano se dieran cuenta del acto.

Recuerdo tortugas y caimanes, en extensos campos verdes, y las imponentes montañas que acompañan todo el paisaje de “la joya del Pacífico” como se le solía decir en esos momentos. Muchos años después, también recordaría el estar jugando Texas Hold’em con mi padre, mis primos y mi hermano. Ese día, cumpleaños de mi primo mayor, mi papá le “disparó” el ceviche de camarón más grande de toda la carta, y junto con esa alegría, también le tocó perder en el juego de cartas, y como castigo tuvo que arrastrarse por toda la arena, cosa que desde niño odiaba con cada una de las fibras de su ser.

Pero, estimado lector, por encima de todo esto, lo que más recuerdo es lo siguiente: un atardecer, en medio de la playa, con unos colores que nunca había visto hasta ese momento y que no puedo describir hasta la fecha. Mi padre nos había comprado helados a mi hermano y a mí, y yo, sólo por el nombre tan exótico, pedí un “Beso de ángel”. Con una mano sostenía mi helado con cono de galleta, y con la otra tomaba la mano de mi padre mientras caminábamos por toda la playa. Hasta la fecha, no he vuelto a probar esos sabores, ni he vuelto a ver esos colores.

Acapulco, 1996, será un lugar y una fecha que llevaré hasta mis últimos momentos. Hoy, desgraciadamente, marcado por tanta violencia, en algún momento fue el lugar más feliz de mi infancia.

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Me amarás…

Me amarás… Me amarás desde siempre y para siempre, desde la noche en que nuestros labios se juntaron en un beso que sabía a clandestinidad. Me amarás con cada mensaje y con cada fotografía, con cada sonrisa y con cada lágrima extraviada en lo fugaz. Me amarás en ese motel de mala muerte, en el…

The Midnight Gospel: una cura contra el dolor

Han pasado ya algunos años desde que, por motivos de la expansión del COVID-19 a nivel mundial y de forma acelerada, tuvimos que resguardarnos en nuestros hogares. Fue en ese entonces, y debido a dicha situación, que muchos de nosotros encontramos una buena manera de pasar el tiempo descubriendo series y películas en diversos medios…

Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…

Hace un par de semanas estaba lavando trastes, cuando de pronto llegó hasta mis oídos la canción de «Chan Chan» de Compay Segundo. Maru había puesto el disco de 1997 del Buena Vista Social Club, y, más allá de querer reseñar el disco en esta entrada, escribiré sobre lo que pasó conmigo en esos momentos, y es que recordé que hace cinco años, justo en estas épocas veraniegas, yo estaba visitando La Habana.

Cuando era más pequeño, de unos quince años si mal no recuerdo, tuve la oportunidad de ir con mis papás y mi hermano por primera vez a la isla. Recuerdo varias cosas de ese viaje: Varadero; nuestro guía de turistas, que por cierto había estudiado ingeniera civil; pasar la Navidad más calurosa de mi vida, y haber visitado a una parte de nuestra familia que, hasta la fecha, siguen viviendo en La Habana, pero por mi corta edad muchas otras cosas me pasaron inadvertidas.

Hace exactamente un lustro atrás viajé ahora con mi prima y dos de sus amigos, y la cosa fue bien distinta, ya que puse atención en muchas cuestiones en las que no reparé la primera vez que estuve ahí– la mayoría, como varios de ustedes se imaginarán, tenían que ver con aspectos sociales e ideológicos –, pero no sólo eso, sino que ahora tuve la oportunidad de beber mojitos y daiquirís, bailé “algo” de salsa ( y digo “algo” porque hasta la fecha sé un par de vueltas y se acabó), y ya conocía la música de Compay Segundo; bueno, la conocía desde niño: mi padre ha escuchado al Compay desde que tengo memoria, pero ya para ese segundo viaje lo había escuchado como se debe. Sí, todo fue muy distinto: pude hablar de cerca con los cubanos, jóvenes y viejos, y conocí más sobre las distintas posturas que se sostienen en la isla. Era otra Habana que la que conocí de joven. Lo primero que vi de distinto fue un refrigerador de Red Bull en La Hija del Cuervo; fue apenas la primera noche que estuvimos en Cuba, y desde ahí me di cuenta que muchas cosas habían cambiado.

Los atardeceres junto al malecón, el callejón de Hamel (donde, sin querer, nos encontramos a Los Orishas en un “palomazo”), el Morro y el cañonazo de las 9, y ese sentimiento de nostalgia que, en general, se siente en toda la isla. La última noche, ya con varios tragos encima, decidí acercarme a un grupo de jóvenes que se encontraban bebiendo cervezas en un parque (cosa completamente normal, ya que no existe restricción alguna para beber alcohol en las calles), y, para no extenderme de más, terminamos fumando cigarros cubanos y bebiendo ron en casa de uno de ellos. La noche se pasó rápidamente entre anécdotas y tabacos. Todas estas y muchas otras cosas comenzaron a llegar a mi memoria cuando, mientras seguía enjuagando los trastes sonaba El cuarto de Tula, Pueblo nuevo y Dos gardenias. Me puse a pensar en lo rápido que pasa el tiempo, y de lo inclemente que eso puede ser. Unos meses después de ese viaje murió mi hermano; cinco años de ese viaje, y cinco años de su muerte. Y justo en esos momentos comenzó a sonar Veinte años, canción que justo habla sobre eso, sobre la inclemencia brutal del paso del tiempo. Ahora pienso que esos cinco años, en un parpadeo se convertirán en veinte, como los de la canción, y mientras tanto, de vez en vez seguiré pensando “si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…”.

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¿Cuántas lunas?

¿Cuántas lunas habré observado antes de dormir? ¿Cuántas de ellas me habrán bañado con sus rayos repletos de melancolía y tristeza? ¿Cuántas veces habré deseado desvanecerme en esos parajes nocturnos? ¿Cuántas lunas habrán sido testigos silenciosos de mi angustia y soledad? ¿Cuántas lunas habré observado antes de dormir, deseando no ver ni una sola más?

In My Restless dreams…

Yo comencé en el mundo de los videojuegos desde muy niño, como ya había mencionado en muchas otras entradas; y desde siempre me ha gustado todo lo relativo al mundo del terror, como también he mencionado en entradas anteriores; en consecuencia, los videojuegos de terror siempre fueron algo por lo que sentí una especial atracción.…

Levantarse temprano

No podía creer lo lentos e iguales que pasaban todos los días. Se trataba de una rutina interminable en la que nada nuevo acontecía. ¿Cuánto tiempo más me faltaba por vivir así? ¿cinco, diez, veinte años? Mi vida era una tortura inacabable que no sabía por cuánto más podría sostener.

Una noche, decidí ir a buscar una prostituta; no tenía amigos, ni familia, por lo que no existía una sola alma en el mundo con quien pudiera charlar. Al llegar con ella, inmediatamente preguntó:


– ¿Qué es lo que vas a querer?

–  Quiero platicar contigo

– Suelen ser bichos raros los tipos como tú que contestan esas cosas

– Acertaste, nena

Supongo que, después de todo, las arrugas en mi rostro, mis ojeras, mi cabello canoso y maltratado y el fuerte hedor a cigarro y sudor que despedía no fueron suficientes para asustarla, por lo que, encogiéndose de hombros, comenzó a caminar a mi lado.

Llegamos a una cantina de muy mala muerte; el olor a orines de los baños se podía respirar en la mesa en la que estábamos. Me senté, pedimos un par de tragos, y encendí un cigarrillo sin decir nada.

– Para querer platicar, no eres alguien muy bueno conversando – dijo ella casi burlándose de mí. Y tenía razón, la última vez que había hablado con una mujer había sido unos años atrás con mi exesposa, quien ahora vive en California y tiene dos hijos. Aun con lo que ella me dijo, no solté ni una sola palabra. Ella comenzó a fumar también, y me preguntó si tenía esposa, o a qué me dedicaba, pero yo, de nueva cuenta, no dije nada. Comenzaron a llegar los tragos y los fuimos consumiendo velozmente sin siquiera mirarnos los rostros. Después de sesenta minutos, me dijo que mi tiempo se había acabado:

– Lo siento, guapo, me voy, tengo que levantarme temprano – y una vez dicho eso, se fue.

En esos momentos la envidié con todo mi corazón y con todas mis fuerzas, debido al hecho de que ella tenía una razón, sea cual sea, para levantarse a la mañana siguiente; para mí, sólo existían los tragos y los cigarros que aun continuaban sobre la mesa, y después de eso, todo volvería a ser exactamente igual que el día anterior.

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