Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…

Hace un par de semanas estaba lavando trastes, cuando de pronto llegó hasta mis oídos la canción de «Chan Chan» de Compay Segundo. Maru había puesto el disco de 1997 del Buena Vista Social Club, y, más allá de querer reseñar el disco en esta entrada, escribiré sobre lo que pasó conmigo en esos momentos, y es que recordé que hace cinco años, justo en estas épocas veraniegas, yo estaba visitando La Habana.

Cuando era más pequeño, de unos quince años si mal no recuerdo, tuve la oportunidad de ir con mis papás y mi hermano por primera vez a la isla. Recuerdo varias cosas de ese viaje: Varadero; nuestro guía de turistas, que por cierto había estudiado ingeniera civil; pasar la Navidad más calurosa de mi vida, y haber visitado a una parte de nuestra familia que, hasta la fecha, siguen viviendo en La Habana, pero por mi corta edad muchas otras cosas me pasaron inadvertidas.

Hace exactamente un lustro atrás viajé ahora con mi prima y dos de sus amigos, y la cosa fue bien distinta, ya que puse atención en muchas cuestiones en las que no reparé la primera vez que estuve ahí– la mayoría, como varios de ustedes se imaginarán, tenían que ver con aspectos sociales e ideológicos –, pero no sólo eso, sino que ahora tuve la oportunidad de beber mojitos y daiquirís, bailé “algo” de salsa ( y digo “algo” porque hasta la fecha sé un par de vueltas y se acabó), y ya conocía la música de Compay Segundo; bueno, la conocía desde niño: mi padre ha escuchado al Compay desde que tengo memoria, pero ya para ese segundo viaje lo había escuchado como se debe. Sí, todo fue muy distinto: pude hablar de cerca con los cubanos, jóvenes y viejos, y conocí más sobre las distintas posturas que se sostienen en la isla. Era otra Habana que la que conocí de joven. Lo primero que vi de distinto fue un refrigerador de Red Bull en La Hija del Cuervo; fue apenas la primera noche que estuvimos en Cuba, y desde ahí me di cuenta que muchas cosas habían cambiado.

Los atardeceres junto al malecón, el callejón de Hamel (donde, sin querer, nos encontramos a Los Orishas en un “palomazo”), el Morro y el cañonazo de las 9, y ese sentimiento de nostalgia que, en general, se siente en toda la isla. La última noche, ya con varios tragos encima, decidí acercarme a un grupo de jóvenes que se encontraban bebiendo cervezas en un parque (cosa completamente normal, ya que no existe restricción alguna para beber alcohol en las calles), y, para no extenderme de más, terminamos fumando cigarros cubanos y bebiendo ron en casa de uno de ellos. La noche se pasó rápidamente entre anécdotas y tabacos. Todas estas y muchas otras cosas comenzaron a llegar a mi memoria cuando, mientras seguía enjuagando los trastes sonaba El cuarto de Tula, Pueblo nuevo y Dos gardenias. Me puse a pensar en lo rápido que pasa el tiempo, y de lo inclemente que eso puede ser. Unos meses después de ese viaje murió mi hermano; cinco años de ese viaje, y cinco años de su muerte. Y justo en esos momentos comenzó a sonar Veinte años, canción que justo habla sobre eso, sobre la inclemencia brutal del paso del tiempo. Ahora pienso que esos cinco años, en un parpadeo se convertirán en veinte, como los de la canción, y mientras tanto, de vez en vez seguiré pensando “si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…”.

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