Los Reyes de la Colina es una serie demasiado infravalorada

Ya he escrito sobre otros trabajos de Mike Judge aquí en el blog, y ahora quiero hablar de otra serie animada que, junto con Beavis and Butt-head, es una de las mejores entregas del actor y productor norteamericano; me refiero a Los Reyes de la Colina, serie emitida por Fox desde al año de 1997 hasta el 2010. El programa de televisión recibió durante toda su vida varios reconocimientos, tanto del público como de la crítica, incluyendo menciones por parte de la revista Time y habiendo ganado dos Emmys. Entonces, ¿por qué menciono desde el título de esta entrada que considero que es una serie demasiado infravalorada? Bueno, pues porque, a diferencia de Los Simpson, South Park, o animaciones para adultos más recientes como Rick and Morty o BoJack Horseman, se habla poco de esta serie; de hecho, estoy casi seguro que para muchos de ustedes, esta será la primera ocasión de la que escuchan hablar sobre este show.

La serie se centra en los Reyes, una familia suburbana de clase media que reside en el estado de Texas, conformada por Héctor, Peggy, Beto y Lola, quienes están acompañados por toda una pléyade de personajes secundarios. Al igual que como lo mencionaba en el caso de Daria, la serie está tan bien escrita que llegamos a conocer aspectos de la vida de cada uno de los personajes. Todos ellos poseen un arco narrativo que vemos desarrollarse a través de las 13 temporadas, entendiendo sus miedos, fallos, aciertos, esperanzas e ilusiones.

Desde la icónica introducción, los Reyes de la Colina divierte y emociona.

El humor, al tratarse de un show de Mike Judge, es ácido e irreverente en muchos momentos, hablando en varias ocasiones de problemas como el racismo, la sexualidad humana, la infidelidad en las relaciones amorosas y la guerra; como toda buena comedia, Los Reyes de la Colina aborda estos temas sacándonos varias carcajadas y haciéndonos reflexionar al mismo tiempo, y aun así, por más descabelladas que puedan resultar las circunstancias, este programa siempre termina por darnos una lección profunda sobre las relaciones humanas. A diferencia de otras series de comedia como The Big Bang Theory, en la que parece que los escritores siempre le tuvieron miedo a incluir momentos sentimentales, Los Reyes de la Colina no deja de conmovernos en más de una ocasión y de manera recurrente, sin perder el toque cómico; creo que eso es lo que hace que una comedia alcance la grandeza (y es que hasta Rick and Morty tiene momentos especialmente enternecedores), porque, al igual que en BoJack Horseman, Malcolm In The Middle, o las primeras temporadas de Los Simpson, estamos ante personajes que, en última instancia, se enfrentan a la cotidianeidad desde el lado más humano. Claro, existen programas como Seinfeld que recurren poco al recurso sentimental, pero es que sabemos que, desde el comienzo, no es el objetivo de la sitcom mostrar ese lado humano, sino, como definiría Aristóteles a la comedia en su Poética, se restringe a mostrar el lado más absurdo o poco admirable de la condición humana, pero, en muchos otros lugares de la televisión del siglo XX y XXI, estos aspectos irán acompañados de situaciones que nos dejan pensando en el primer amor, las relaciones entre padres e hijos y la amistad. Héctor, por ejemplo, lidia en muchísimas ocasiones con tener que superar varios de sus prejuicios, propios de un adulto conservador de mediana edad, para poder amar y comprender a su esposa, a su hijo, a sus compañeros de trabajo y a sus amigos.

Podría continuar rescatando varios aspectos de este maravilloso programa, pero como siempre, considero que es mejor que ustedes le echen un ojo, y, probablemente, después de “anclarle el colmillo” a Los Reyes de la Colina, quizá terminen estando de acuerdo conmigo en que es un programa de televisión que deberíamos tener más presente hoy en día.

Otros temas que te pueden interesar…

Acapulco 1996

Hace poco tuve la oportunidad de viajar a Acapulco. Desde que tomé la carretera, una serie de recuerdos comenzaron a llegar, y es que ese fue el lugar donde conocí el mar por primera vez y donde se encuentran varios de los primeros recuerdos de toda mi vida. Sobre todo, las memorias que aparecieron en … Leer Más Acapulco 1996

Todos fuimos Daria

Por allá de los 90’s, dos inadaptados creados por Mike Judge rompieron la televisión norteamericana y de un montón de otras latitudes; nos referimos, por supuesto, a Beavis and Butt-head. Estos dos adolescentes irreverentes y sinvergüenzas tenían una compañera de clase, profunda, sensible, culta e inteligente, pero al igual que Beavis y Butt-head, con problemas … Leer Más Todos fuimos Daria

Acapulco 1996

Hace poco tuve la oportunidad de viajar a Acapulco. Desde que tomé la carretera, una serie de recuerdos comenzaron a llegar, y es que ese fue el lugar donde conocí el mar por primera vez y donde se encuentran varios de los primeros recuerdos de toda mi vida. Sobre todo, las memorias que aparecieron en esta última ocasión tuvieron que ver con mi padre.

Él es un gran aficionado a los viajes, y es por eso que, como comenté más arriba, desde muy pequeño solíamos ir cada que se podía al puerto de Acapulco. Hacíamos todo lo que se “tiene” que hacer ahí: la quebrada, la lancha con fondo de cristal, caleta y caletilla, ir a las cenadurías para pedir un pozole estilo Guerrero, pasear por el malecón, etc. Él es un gran aficionado de nadar en mar abierto, por lo que la playa que más visitábamos era “Revolcadero”, y unos años después nos volvimos fieles de la “Bonfil”.

Había algo en Acapulco que siempre me pareció “mágico”; bueno, ni siquiera sé si esa es la palabra; quizá “nostalgia” sería más adecuada, pero claro, para mis cinco años, que es la edad en la que comenzaron todos estos recuerdos y anécdotas, no existía en mi léxico ni en mi entendimiento un concepto como “lo nostálgico”.

No fueron pocas veces en que mi papá invitó a mis tías, a mis primos y a mi abuelita a ir con nosotros. Ahí también mi mente se llena de mil recuerdos: intentar construir castillos de arena (digo “intentar” porque nunca pude hacer uno más o menos decente); saltar las olas salvajes en ese mar abierto que les cuento; hacer guerras de bolas de arena – las cuales estaban fuertemente prohibidas y penadas por nuestros padres –; organizar “concursos” de nado sincronizado, entre muchas otras cosas. Es curioso cómo funciona la memoria, porque hasta el día de hoy, cada que ceno un sándwich de jamón con mayonesa y lo acompaño con un vaso de leche con chocolate inmediatamente regreso a esa infancia, a esos momentos en los que mi madre nos preparaba ese “menú” antes de mandarnos a acostar.

Cuando pienso en ese Acapulco, viene a mi mente el malecón de noche, lleno de luces espectaculares por todos lados, mientras que el sonido de las olas rompiendo, no tan lejos de ahí, servía como telón de fondo. Me gustaba ver el mar de noche y no poder distinguir absolutamente nada a excepción de algunas luces pertenecientes a embarcaciones de todos tamaños y algunas casitas. Me acuerdo bien de los caballos cruzando las avenidas, y las hamburguesas que, por ser vacaciones, mi papá nos permitía comer.

Acapulco es muchas cosas en mi mente: fue el lugar donde leí una y otra vez la primera carta de amor que me entregaron. Fue el último día de clases; yo tenía cinco años, y Jazmín (por supuesto que me acuerdo de su nombre), me dibujó un oso en un papel y me escribió “me gustas mucho. Te amo”. Ni ella, ni yo, teníamos idea de qué significaban esas palabras, pero así, en esa carta, esa niña de cinco años me confesaba su supuesto amor. Al día siguiente de ese fin de cursos, viajamos a Acapulco, y como sabía que el próximo año entraría a la primaria y no la volvería a ver, decidí lanzar al mar esa carta, cuidando que ni mis padres, ni mi hermano se dieran cuenta del acto.

Recuerdo tortugas y caimanes, en extensos campos verdes, y las imponentes montañas que acompañan todo el paisaje de “la joya del Pacífico” como se le solía decir en esos momentos. Muchos años después, también recordaría el estar jugando Texas Hold’em con mi padre, mis primos y mi hermano. Ese día, cumpleaños de mi primo mayor, mi papá le “disparó” el ceviche de camarón más grande de toda la carta, y junto con esa alegría, también le tocó perder en el juego de cartas, y como castigo tuvo que arrastrarse por toda la arena, cosa que desde niño odiaba con cada una de las fibras de su ser.

Pero, estimado lector, por encima de todo esto, lo que más recuerdo es lo siguiente: un atardecer, en medio de la playa, con unos colores que nunca había visto hasta ese momento y que no puedo describir hasta la fecha. Mi padre nos había comprado helados a mi hermano y a mí, y yo, sólo por el nombre tan exótico, pedí un “Beso de ángel”. Con una mano sostenía mi helado con cono de galleta, y con la otra tomaba la mano de mi padre mientras caminábamos por toda la playa. Hasta la fecha, no he vuelto a probar esos sabores, ni he vuelto a ver esos colores.

Acapulco, 1996, será un lugar y una fecha que llevaré hasta mis últimos momentos. Hoy, desgraciadamente, marcado por tanta violencia, en algún momento fue el lugar más feliz de mi infancia.

Otros temas que te pueden interesar…

Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…

Hace un par de semanas estaba lavando trastes, cuando de pronto llegó hasta mis oídos la canción de «Chan Chan» de Compay Segundo. Maru había puesto el disco de 1997 del Buena Vista Social Club, y, más allá de querer reseñar el disco en esta entrada, escribiré sobre lo que pasó conmigo en esos momentos, … Leer Más Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…

¿El Imperio Romano y Japón? Thermae Romae Novae

¿Alguna vez se imaginaron poder estar en Roma y en cuestión de segundos llegar a Japón? Bueno, pues con Thermae Romae Novae en Netflix eso ya es posible. Esta serie animada, inspirada por el cómic de Mari Yamazaki, nos introduce en el mundo de Lucius Modestus, personaje que forma parte de un importante linaje en … Leer Más ¿El Imperio Romano y Japón? Thermae Romae Novae

Crecimos viendo esto: Vaca y Pollito

Para todos los que crecimos en los 90’s, existen una serie de imágenes, personajes y referencias que se volvieron icónicas, tanto así que muchas de ellas hoy en día se siguen utilizando a la manera de memes. La vaca y el pollito, serie animada creada por David Feiss, es (y díganme si no, estimado lector noventero) uno de esos íconos de los que hablamos.

La sinopsis no es sencilla ni clara: unos padres – de los que sólo vemos en toda la serie que son un par de piernas –, adoptan a una vaca y a un pollito parlantes, y, a partir de ahí, comienzan toda una serie de aventuras inverosímiles. Junto a otros personajes como El Hombre Rojo sin Pantalones, para mí, el mejor personaje de la serie, que no era otra cosa que una representación caricaturizada del diablo, Earl y Flem, estos animales pasarán por toda una serie de cosas extrañas. Llena de un humor escatológico y con varias referencias sexuales (varias de ellas bastante explícitas), La vaca y el pollito era una serie que los niños de entre 6 y 11 años disfrutamos durante nuestra infancia. No quiero caer en el lugar tan común de hoy en día que dice “esa serie no podría hacerse hoy”, pero lo que sí me queda claro es que animaciones como La vaca y el pollito distan mucho, por muchas razones, de las programas infantiles que existen ahora, ni mejores, ni peores, pero sí radicalmente distintos. Con esto no quiero decir que el show haya estado exento de controversia y polémica en su momento: capítulos como el de “Las chicas búfalo” fue retirado del aire por representar estereotipos referentes a las lesbianas, y, como se podrá imaginar el lector, el episodio contenía una buena cantidad de insinuaciones sexuales y muchos chistes de doble sentido. De hecho, en mi secundaria, se hizo una junta especial entre maestros, ya que algunos consideraban que La vaca y el pollito era en realidad “pornografía homosexual” (se los juro que eso pasó).

Hace poco redescubrí la serie, ya que ha sido agregada al catálogo de HBO Max, ¡y es todavía más divertida de lo que recordaba! Por supuesto que cuesta creer la cantidad de chistes que de niños pasábamos por alto, y es que es obvio, porque por allá en los 90’s era muy común hacer series “infantiles” que en realidad tenían un humor bastante subido de tono. Quizá, por esto último, la serie se disfruta muchísimo más ahora que somos mayores.

Existen tres episodios que, tanto de niño, como ahora de adulto, me hicieron reír hasta las lágrimas y que les recomiendo ampliamente: La salchicha más fea del mundo, cuando Pollito intenta entrar al baño de las niñas en su escuela, y el del Gato Volador. ¡De verdad que son joyas esos capítulos! (Mientras escribo esto estoy cantando en mi cabeza: «somos un paquete de salchichas, somos las mejores botanas»).

Y ustedes, ¿vieron La vaca y el pollito en su momento, o creen que es buen momento para iniciarla?

Otros temas que te pueden interesar…

Todos fuimos Daria

Por allá de los 90’s, dos inadaptados creados por Mike Judge rompieron la televisión norteamericana y de un montón de otras latitudes; nos referimos, por supuesto, a Beavis and Butt-head. Estos dos adolescentes irreverentes y sinvergüenzas tenían una compañera de clase, profunda, sensible, culta e inteligente, pero al igual que Beavis y Butt-head, con problemas serios para socializar, lo que hacía que, incluso este par de descentrados la molestaran con un juego de palabras derivado de su nombre y la llamaran “diarrea”. Como ya se habrán dado cuenta, me refiero a Daria Morgendorffer, quien después de haber sido un personaje secundario en la serie de Judge, se decidió que tendría la propia. Al principio, no muchos estuvieron seguros de la decisión, pero eventualmente el tiempo les daría la razón a los que apostaron por esta serie, ya que se convertiría en todo un ícono de los 90’s, y Daria, uno de los personajes de animación más importantes del siglo anterior.

En la nueva serie, Daria y su familia compuesta por su padre Jake, un inestable adulto con varios traumas ocasionados por su propio progenitor, pero cariñoso y preocupado por sus hijas; Helen, una madre que dedica casi todo su tiempo al trabajo, pero que, al igual que Jake, siempre está lista para cuidar y aconsejar a sus niñas; y finalmente Quinn, una adolescente completamente superficial e interesada sólo por la ropa y el maquillaje (cosa que irá cambiando conforme la serie avanza). Ellos, juntos con Jane Lane, la mejor amiga de Daria, serán los principales componentes de la serie. Existen toda una gama de personajes, y la serie está tan bien escrita que iremos conociendo varias aristas y facetas de cada uno de ellos, tanto de los principales, como de los secundarios.

Creo que el gran éxito que tuvo la serie fue multifactorial: por un lado, la música que acompañaba al show es, hoy por hoy, un museo del rock de los 90’s. En cada episodio podemos encontrar compopsiciones de Radiohead, los Foo Fighters, Stone Temple Pilots, R.E.M., Incubus entre muchas otras bandas; pero la música no brillaba por sí sola, sino que acompañaba adecuadamente las historias, creando una mezcla perfecta en lo audiovisual.

Por otro lado, y como es casi obvio, el gran factor de éxito fue Daria, un personaje sincero y problemático a la vez. Daria es demasiado lista y honesta para el mundo en el que vive, pero eso no impide que sea una adolescente sensible y con unas enormes ganas de ser entendida. Esto último puede verse en las fantasías, esperanzas, compromisos y anhelos que Daria desarrollará con sus dos grandes intereses románticos. Era muy difícil ver la serie y no sentirse identificado con ella; cualquiera que alguna vez haya sentido que no encaja, o que por más que lo intenta no es capaz de comprender su entorno, seguramente se identificó con Daria; podemos decir que, en última instancia, todos somos Daria, y esa fue la clave del éxito para esta serie animada, a saber, la escritura de un gran, gran personaje.

¿Y ustedes, han visto esta serie? ¿Conocían a Daria desde Beavis and Butt-head?

Otros temas que te pueden interesar…

«The Irishman» o por qué la vida no tiene sentido

Antes de cualquier cosa, quisiera decir que esta no es una reseña sobre la película del 2019 dirigida por Martin Scorsese, y es por eso mismo que no aparece en la sección de Vulpes Videns, es más una reflexión sobre el significado que, para mí, tiene dicha cinta. En ese sentido, es necesario mandar una … Leer Más «The Irishman» o por qué la vida no tiene sentido

Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…

Hace un par de semanas estaba lavando trastes, cuando de pronto llegó hasta mis oídos la canción de «Chan Chan» de Compay Segundo. Maru había puesto el disco de 1997 del Buena Vista Social Club, y, más allá de querer reseñar el disco en esta entrada, escribiré sobre lo que pasó conmigo en esos momentos, y es que recordé que hace cinco años, justo en estas épocas veraniegas, yo estaba visitando La Habana.

Cuando era más pequeño, de unos quince años si mal no recuerdo, tuve la oportunidad de ir con mis papás y mi hermano por primera vez a la isla. Recuerdo varias cosas de ese viaje: Varadero; nuestro guía de turistas, que por cierto había estudiado ingeniera civil; pasar la Navidad más calurosa de mi vida, y haber visitado a una parte de nuestra familia que, hasta la fecha, siguen viviendo en La Habana, pero por mi corta edad muchas otras cosas me pasaron inadvertidas.

Hace exactamente un lustro atrás viajé ahora con mi prima y dos de sus amigos, y la cosa fue bien distinta, ya que puse atención en muchas cuestiones en las que no reparé la primera vez que estuve ahí– la mayoría, como varios de ustedes se imaginarán, tenían que ver con aspectos sociales e ideológicos –, pero no sólo eso, sino que ahora tuve la oportunidad de beber mojitos y daiquirís, bailé “algo” de salsa ( y digo “algo” porque hasta la fecha sé un par de vueltas y se acabó), y ya conocía la música de Compay Segundo; bueno, la conocía desde niño: mi padre ha escuchado al Compay desde que tengo memoria, pero ya para ese segundo viaje lo había escuchado como se debe. Sí, todo fue muy distinto: pude hablar de cerca con los cubanos, jóvenes y viejos, y conocí más sobre las distintas posturas que se sostienen en la isla. Era otra Habana que la que conocí de joven. Lo primero que vi de distinto fue un refrigerador de Red Bull en La Hija del Cuervo; fue apenas la primera noche que estuvimos en Cuba, y desde ahí me di cuenta que muchas cosas habían cambiado.

Los atardeceres junto al malecón, el callejón de Hamel (donde, sin querer, nos encontramos a Los Orishas en un “palomazo”), el Morro y el cañonazo de las 9, y ese sentimiento de nostalgia que, en general, se siente en toda la isla. La última noche, ya con varios tragos encima, decidí acercarme a un grupo de jóvenes que se encontraban bebiendo cervezas en un parque (cosa completamente normal, ya que no existe restricción alguna para beber alcohol en las calles), y, para no extenderme de más, terminamos fumando cigarros cubanos y bebiendo ron en casa de uno de ellos. La noche se pasó rápidamente entre anécdotas y tabacos. Todas estas y muchas otras cosas comenzaron a llegar a mi memoria cuando, mientras seguía enjuagando los trastes sonaba El cuarto de Tula, Pueblo nuevo y Dos gardenias. Me puse a pensar en lo rápido que pasa el tiempo, y de lo inclemente que eso puede ser. Unos meses después de ese viaje murió mi hermano; cinco años de ese viaje, y cinco años de su muerte. Y justo en esos momentos comenzó a sonar Veinte años, canción que justo habla sobre eso, sobre la inclemencia brutal del paso del tiempo. Ahora pienso que esos cinco años, en un parpadeo se convertirán en veinte, como los de la canción, y mientras tanto, de vez en vez seguiré pensando “si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…”.

Otros temas que te pueden interesar…

¿El Imperio Romano y Japón? Thermae Romae Novae

¿Alguna vez se imaginaron poder estar en Roma y en cuestión de segundos llegar a Japón? Bueno, pues con Thermae Romae Novae en Netflix eso ya es posible. Esta serie animada, inspirada por el cómic de Mari Yamazaki, nos introduce en el mundo de Lucius Modestus, personaje que forma parte de un importante linaje en el que su abuelo y su padre se han dedicado a la construcción de termas en el marco del antiguo Imperio Romano. Ahora, el lector podrá preguntarse si de aquí es de donde viene el argumento de la serie, y pues sí; profundizaré en esto. En el libro 36 de su Historia Natural (escrita en el siglo I, en Roma, y dedicada al emperador Vespasiano), Plinio el Viejo compara las “maravillas de Egipto” con las de Grecia y las de Roma. En éstas últimas, Plinio insistirá que el gran avance técnico que Roma le ha brindado al mundo es eso que hoy llamaríamos “ingeniería civil”, es decir, la construcción de puentes, arcos, carreteras y, sobre todo, cloacas y acueductos. Pongámonos en los zapatos de nuestro autor: resultaba impresionante observar un sistema que posibilitará llevar agua desde fuera hasta el centro de la ciudad, y llevarse todos los desechos desde la ciudad hasta las afueras. Para nosotros, hoy en día, puede parecernos muy normal abrir un grifo sabiendo que saldrá agua, pero para el siglo I, en el contexto en el que ubicamos a Plinio, esto resultaba ser toda una innovación.

Volvamos a la serie. Una vez que hemos hablado de la importancia de los baños públicos para los romanos, podemos entender que los arquitectos tenían un papel preponderante en esa civilización; el poder del Imperio muchas veces se demostraba con grandes edificaciones, por lo que, no era extraño que los emperadores tuvieran a sus propios arquitectos para llevar a cabo obras monumentales que dieran cuenta de su grandeza. Lucius es un arquitecto promedio, pero su pasión por las termas romanas, y el deseo de honrar a su padre y a su abuelo, lo llevan a una serie de viajes al Japón. ¿¡Qué, Japón!? Así como lo escucharon. Claro, aquí entra la parte de ficción de la serie, ya que Lucius se la pasa viajando por el tiempo al Japón del periodo Edo y al Japón de nuestra actualidad. Es en ese lugar donde hallará las ideas más magníficas para su propio oficio, sin saber nunca, a ciencia cierta, dónde diablos se encuentra. Y aquí es donde encontramos lo hilarante de la serie: Lucius, un orgullosísimo romano, se ve superado por todas las invenciones de aquella “gente de cara plana”, como él mismo los llama, pensando que aquella cultura es superior al Imperio Romano en casi todos los aspectos. La verdad es que no hubo ni un solo capítulo donde no soltara varias carcajadas.

Al final de cada episodio, podemos acompañar a la autora del cómic, Mari Yamazaki, a visitar varios de los lugares más emblemáticos de la prefectura de Gunma, Japón, famosa por su cultura termal, por lo que Thermae Romae Novae no sólo termina por ser una seria bastante entretenida y divertida, sino que también nos enriquece con aquellas cápsulas culturales; además de todo esto, aprendemos varios aspectos importantes sobre la historia del Imperio Romano y sobre Japón. ¿Qué mas podemos pedir? ¡Ire videre Thermae Romae Novae!

Otros temas que te pueden interesar…

«¿Lo sabes?»

– Sí sabes que tu trabajo es una mierda, ¿verdad? – No tienes ningún derecho a juzgarme – No te estoy juzgando, sólo te pregunto si sabes que tu trabajo es una mierda – Sí, lo sé. – ¿Y sabes que lo nuestro es una mierda también? – Me vas a hacer llorar – No, … Leer Más «¿Lo sabes?»

«Pictures of you»

Hace un par de días decidí que era hora de organizar todo mi archivo fotográfico, tarea que llevo años posponiendo por las razones que ahora les contaré. Para mí, ver mi vida en aquellos fragmentos de realidad que se llaman “fotografías”, más allá de contentarme, se convierten casi en una automática declaración sobre cómo parece … Leer Más «Pictures of you»

Literatura para putas y drogadictos

La primera referencia que tuve en mi vida sobre la generación beat fue (aún sin yo saberlo en aquella lejana infancia) el ya clásico capítulo de Los Simpson en el que Bart falsifica una licencia de conducir. De entre las diversas hazañas que él, Milhouse, y Nelson llevaron a cabo con la identificación falsa, resalta la de entrar al cine y ver una película que, por su edad, no les estuviera permitida. La marquesina del establecimiento decía Naked Lunch y ponía énfasis en la clasificación para mayores de edad. Y es que sí, ¿qué niño de once años no hubiera querido entrar a ver una película titulada El almuerzo desnudo? El chiste de la escena es cuando los tres amigos salen de la función y por sus rostros es evidente que la película no fue lo que esperaban, al mismo tiempo en que Nelson comenta: “hay por lo menos dos grandes mentiras en ese título”.

La referencia cinematográfica a la que se hace alusión es a la película de David Cronenberg, basada en la novela del mismo nombre, es decir, El almuerzo desnudo de William Burroughs, cosa de la que me enteraría años después. Burroughs es sólo uno de los muchos autores que conformaron la llamada “generación beatnik”, una serie de escritores norteamericanos de mediados del siglo XX, cuyas principales características fueron la innovación en lo relativo a la forma y el contenido de la literatura norteamericana de ese momento.

De cara al contenido, los beat comenzaron a hablar sobre temas poco usuales para la época; tópicos como la homosexualidad, el sexo y la heroína. Un buen ejemplo de ello es la primera novela del propio Burroughs: Yonqui, obra que intenta ofrecer un esbozo sobre la adicción a la heroína desde la experiencia del propio autor. Cabe mencionar lo controvertido que para 1953, año de publicación de dicho texto, resultaba el tema de “la droga” (es decir, la heroína, única droga que merece llevar ese nombre, según Burroughs), tanto así que el autor debió escribirla bajo el seudónimo de William Lee. Existen frases en Yonqui que reflejan bien el estado quasi catatónico del adicto común y ordinario: “La droga llena un vacío […] Nadie decide convertirse en yonqui. Una mañana se levanta sintiéndose muy mal y se da cuenta de que lo es […] La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir”.

En lo que respecta a la forma, En el camino de Jack Kerouac fue escrito a la manera en que, según el propio autor, se improvisa el jazz. Se trata de un ejercicio literario, en el que así como el jazzista compone sobre la marcha el bebop, el escritor lanza manchas de tinta que se convierten en versos. En el camino de Kerouac está considerado como el “manifiesto” de la generación beat y un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX. Es una novela en la que más de uno ha creído encontrar los antecedentes del movimiento hippie, y donde hacen sus primeras apariciones los hipsters – aunque poco o nada tienen que ver con los que hoy en día entendemos por hipsters –. El almuerzo desnudo de Burroughs, de igual manera, es un texto que rompe con cualquier intento de estructura narrativa convencional.

Por supuesto que la lista no se reduce a estos dos autores; textos como Aullido de Allen Ginsberg son piezas fundamentales del movimiento. A mí en lo personal, pocas cosas pueden gustarme tanto como encender un cigarro, servirme una copa de ron, poner un poco de música country y leer algo de los beatniks, imaginándome en un recorrido a través de la Colfax Avenue, redescubriendo ese otro Estados Unidos de los rebeldes y las prostitutas, de los amantes del jazz y de las letras, de los viajeros interestatales y los arqueólogos de historias citadinas; de las narraciones de amor y desamor de una noche en un hotel iluminado por luces de neón o de una fría estación de autobús. La lectura de cualquier libro de los beat es una invitación a viajar por ese Estados Unidos: ¿se lanzan?

Otros temas que te pueden interesar…

Voraz: una película que da asco

Hace ya algunos años, llegó a mis manos una cinta que me marcaría de manera definitiva; es de esas películas que no puedes dejar de ver, y que cada que tienes la oportunidad la vuelves a poner, esperando que todo sea distinto a la última vez y encontrando nuevos elementos para reflexionar. Estoy hablando del filme francés del año 2008 titulado Mártires, dirigido por Pascal Laugier.

Se trata de una obra que conmueve hasta la fibra más profunda de nuestro ser, ya que su contenido visual, emocional, psicológico e incluso teológico-religioso no deja indiferente a nadie, por no hablar de las extraordinarias actuaciones y un trabajo de dirección impecable. Junto con Irreversible de Gaspar Noé, puedo decir que son las cintas francesas que más me han conmocionado en toda mi vida (hasta el momento), dejándome sin dormir por varias noches.

Imagen promocional de Mártires

Cuando hace un par de meses apareció el avance de una cinta francesa titulada Raw (Voraz aquí en México), quedé impresionado, y sentí debido a la temática, la estética y el país de origen, que me encontraba ante algo muy parecido a Mártires, y obviamente, tuve enormes deseos de verla, sin embargo, por una o por otra razón, no pude nunca asistir a las salas de cines y cumplir dicho deseo.

En su momento me sentí muy alegre cuando pude observar que Voraz había llegado a Netflix, así que una buena noche, y con todo preparado (ya saben: palomitas, luces apagadas, cortinas cerradas, perros encerrados, etc.), me dispuse a ver la tan esperada cinta. Desgraciadamente, el resultado no fue el esperado.

Voráz es una película mal escrita, mal actuada y mal dirigida, con una historia que daba para crear una obra verdaderamente inquietante, y que, sin embargo, ni siquiera puedo decir que se queda a medias. Con Voraz asistimos a la presentación de una directora que intenta perturbarnos por medio de imágenes simplonas y grotescas; ¡aguas!, no estoy descalificando al cine gore, lo que estoy diciendo es que Voraz es un trabajo tan infantil que se reduce a la pura exposición de escenas desagradables que, por fuerza, provocan algo en el espectador; es la diferencia entre ver una cinta pornográfica y leer al Marqués de Sade, la línea casi invisible entre la mera exhibición y la creación de una imagen estética.

Tomemos, por ejemplo, La casa de los 1000 cuerpos de Rob Zombie, una película de culto dentro del sub-género del gore, donde incluso las escenas más violentas, horrorosas y repugnantes están trabajadas con sutileza e inteligencia. Voráz toma el camino fácil y se limita a enseñarnos ingesta de carne cruda y sangre “na’más porque sí”. Por si fuera poco, la cinta es aburridísima, y el trama no tiene ni pies, ni cabeza; me atrevería casi a decir que no hay trama, sino un cúmulo de diálogos y escenas que se suceden las unas a las otras. Los personajes son unidimensionales y no existe, en ningún momento de la película, la más mínima justificación dramática para su manera de comportarse. Es una cinta donde hay homosexuales que no son homosexuales pero que sí son homosexuales (así como me leen, así se desarrolla la cinta) y en la que el “espectacular giro de tuerca” radica en sostener que el canibalismo es genético.

Por otro lado, me sorprendió leer algunas críticas en la red, las cuales sostenían que la cinta era una obra maestra que abordaba tópicos tales como el despertar de la sexualidad y el paso a la vida adulta. En mi opinión, todas esas reseñas parten de un prejuicio esnob que dicta que, por estar en francés, se trata de una producción de altos vuelos intelectuales y reflexivos, y que no es que la película sea un bodrio, sino que la directora es sutil y la obra debe desmenuzarse. Y si esto último fuese cierto, en el mejor de los casos nos encontraríamos ante una cinta tediosa y pretenciosa.

En conclusión, y como ya lo apunta el título, Voraz es una cinta que da asco, pero por las razones equivocadas.

Otros temas que te pueden interesar…

Escrito de un joven indecente leyendo a un viejo indecente

En mis años de preparatoria tenía un compañero que siempre me hablaba de Charles Bukowski, aunque no lo hacía a manera de recomendación, por el contrario, él sostenía que se trataba de un borracho que no sabía escribir y que siempre trataba los mismos temas de manera monótona; años después, un profesor de filosofía me … Leer Más Escrito de un joven indecente leyendo a un viejo indecente

Las uvas de la ira se siguen cosechando

Usualmente, cuando se piensa en la Gran Depresión, en el Jueves Negro y en otros tantos episodios que acompañaron a la Gran Crisis de 1929, se piensa en el ámbito de lo urbano. Inmediatamente vienen a nuestras cabezas imágenes que ya forman parte del inconsciente colectivo; hombres aventándose por las ventanas de los rascacielos de grandes ciudades, crisis nerviosas, gente gritando y corriendo de un lado para otro en las casas de bolsa, cúmulos inmensos de personas gritando afuera de los bancos, aterrados por la idea de haber perdido todos sus ahorros. Sí, esas son las imágenes que, usualmente, llegan a nuestra imaginación cuando pensamos en la crisis de 1929; sin embargo, esa crisis tuvo otra cara, quizá más desgarradora e inclemente que la de las grandes ciudades, y esa otra cara es la que nos muestra la realidad de la crisis en el campo. Las uvas de la ira del escritor norteamericano John Steinbeck es un relato crudo y cruel de cómo fue que se vivió ese colapso del modo de producción capitalista en una realidad que, parecía ser, poco o nada tenía que ver con Wall Street y toda la parafernalia de las finanzas capitalistas, y a la cual y a pesar de esa aparente lejanía, azotó de forma inclemente y despiadada.

La historia comienza con Tom Joad, hijo de una familia de campesinos que acaba de salir de prisión debido a haber cometido un homicidio años atrás. De vuelta a casa, el joven Tom encuentra a su familia a punto de emprender un viaje que ninguno de los miembros de ésta quisiera hacer, pero que se ven obligados a realizar, y es que debido a las malas cosechas, esa entidad que es descrita en el libro como un monstruo voraz sin rostro ni nombre – “el banco” – en su afán por satisfacer un apetito que nunca se encuentra del todo saciado, ha embargado las tierras de varias centenas de familias a lo largo y ancho de todo el estado de Oklahoma. La disyuntiva es clara para esta gente que vivía de la tierra y que así lo había hecho durante décadas; viajar o morir de hambre.

A partir de ahí, los Joad comienzan un viaje hacia California, que según han dejado ver unos volantes, es el lugar donde no sólo hay trabajos bien pagados, sino que éstos están acompañados de la promesa de una vida mejor; empero, y cómo el lector comienza a adivinar desde las primeras páginas que relatan el viaje, dicha promesa no es más que una ilusión, así como el oasis aparece a la lejanía en la inclemencia del desierto, ya que el viaje, desde el principio, no resulta ser otra cosa sino una serie interminable de desgracias que se van sucediendo una tras otra.

Steinbeck pone sobre la mesa diversos temas que, desgraciadamente, asustan por su actualidad: la xenofobia contra el inmigrante, ese enemigo invisible que representa todos los miedos del socius, y por ese motivo se vuelve ese viajero, casi siempre arrastrado por la necesidad y el mero instinto de supervivencia, objeto del odio acumulado de una sociedad temerosa y resentida. Los okies son aquellos seres humanos extraños, a los cuales se les odia y persigue por el simple hecho de aparecer como portadores de enfermedades, delincuencia, pecado, decadencia económica y moral, entre otras tantas cosas. Parece increíble que casi ochenta años después, aquellas palabras de odio y rencor encuentren tanto eco en esa misma sociedad norteamericana en la figura del actual presidente de dicha nación.  

Otro punto que me pareció relevante (y he de decirlo, de nueva cuenta repulsivamente actual) es el reforzamiento de los cuerpos policiacos, aquellos que tal y como apunta Rosa Luxemburgo, cuando el Estado se convierte en “Estado de clase”, dichos cuerpos no están ahí para proteger a la sociedad, sino sólo a una parte de ella: la clase dominante. Son varios los pasajes donde la familia Joad se encuentra viviendo en campamentos de refugiados, en condiciones en las cuales ni los propietarios de esas grandes extensiones de tierra tendrían viviendo a sus cerdos, y es en esos lugares donde los policías se encuentran de manera periódica y constante haciendo rondas, intimidando e insultando a los okies, cuidando de que a ninguno de ellos se les olvide “quién es quién”. La impunidad con la que operan los sheriffs no tiene límites, imputando crímenes a su antojo a sujetos del todo inocentes o incluso llegando a matar sin consecuencia alguna.

Las uvas de la ira es un relato que pone en perspectiva el proyecto del modo de producción capitalista cuando éste falló de manera clara y flagrante a principios del siglo XX. Recordando a Walter Benjamin, ese proyecto capitalista arrasa como un huracán que no deja nada a su paso, al igual que aquellos enormes tractores que destruían las granjas enteras de cientos de familias; ¡ahí se esconde la noción de progreso! En esos tractores que deben destruir lo viejo para dar paso a algo más, sin dejar ver cuál es el precio que se está pagando.

Resulta significativa la escena donde los más pequeños de la familia, Ruthie y Winfield, al encontrarse por primera vez en su vida con un escusado, creen haberlo roto y huyen a toda prisa al jalar la palanca, pasaje de la novela que deja ver lo lejanas que estaban todas esas familias (y lo lejanas que se encuentran muchas otras tantas hoy en nuestros días) de un proyecto que no sólo no las incluye, sino que les es directamente hostil a todas ellas.

En conclusión, el texto de Steinbeck denuncia desde la trinchera de la literatura esa otra cara de la crisis de 1929, y me atrevería a decir que no sólo se limita a mostrar las injusticias de ese periodo, sino de todo un sistema en el que parece más valiosa la vida de un par de caballos para arar la tierra que de miles de seres humanos muriendo de hambre en esos campamentos de refugiados; un sistema en el que un hombre puede poseer tantos acres de tierra hasta llegar al punto de no poder contarlos, pero en el que a la vez existan otros hombres que no puedan tener un par de metros cuadrados de esa misma tierra para alimentar a su familia. Si algo me llamó la atención del libro de Steinbeck fue, por un lado, el instinto más básico de la vida humana por preservarse a sí misma; por el otro, la idea de que varias de las luchas más salvajes y prolongadas por las que ha tenido que pelear la humanidad (y, desgraciadamente, sigue pasando) no han sido por metales preciosos, ni por petróleo; muchas de las luchas que se han tenido que emprender incluso al precio de perder la propia vida han sido por comida y vivienda. “Las uvas de la ira” se siguen cosechando en el corazón de millones de seres humanos hoy en día.

Otros temas que te pueden interesar…

Elvis nunca se equivoca, o el libro que me salvó la vida

Existen libros que por el momento de la vida que estamos viviendo definitivamente nos dejan una marca; en esta ocasión quiero hablarles de un texto que marcó la época más difícil por la que he tenido que atravesar. La semana en que murió mi hermano fue la más complicada de toda mi vida. Faltaba algo: … Leer Más Elvis nunca se equivoca, o el libro que me salvó la vida

Humor y guerra nuclear

¿Qué pensarían si les dijera que una película de comedia estuvo a punto de ocasionar un conflicto diplomático de dimensiones globales, involucrando la activación de ojivas nucleares y, en consecuencia, el exterminio de miles de seres humanos? No, no estoy exagerando, eso es lo que a más de uno nos pareció que podía ocurrir con … Leer Más Humor y guerra nuclear

«F is for Family»: ¿un retrato «normal» de la familia norteamericana?

Los que hayan estado siguiendo este, su humilde blog, recordarán que hace unas cuantas semanas escribí sobre BoJack Horseman, serie animada original de Netflix que ha sabido combinar con maestría la comedia, la tragedia, la sátira política y otros elementos de crítica social. Ahora vengo a platicarles sobre otra serie que, al igual que BoJack, … Leer Más «F is for Family»: ¿un retrato «normal» de la familia norteamericana?

¿Y tú qué opinas de Adam Sandler?

Adam Sandler es uno de esos personajes que no le son indiferentes a nadie: lo amas, o lo odias, pero creo que todos tenemos una opinión sobre él. En lo personal, hay películas que me parecen graciosas y varias de ellas sinceramente memorables y muy buenas cintas, como The Wedding Singer, Little Nicky, Eight Crazy Nights, Sandy Wexler, Anger Managment, 50 First Dates, The Longest Yard, y Big Daddy (no se hagan, han visto más de una de éstas y se han reído bastante). Por otro lado, hay películas que se ve que son tan malas que ni me atrevo a verlas, porque pienso que preferiría ver crecer el pasto que perder mi tiempo con alguna de ellas, como lo son Jack and Jill, Grown Ups (todas las que existan, que no sé ni cuántas son), Pixels, Bucky Larson, Chuck and Larry o The Waterboy. Y hay otras cintas donde Sandler demuestra que en verdad sabe actuar, que tiene carisma, que sabe interpretar un personaje y que sus dotes actorales son remarcables, como en Funny People y Uncut Gems (si no las han visto, me parecen buenas recomendaciones para este verano). Sin embargo, hoy no les vengo a hablar de una película producida, guionada o dirigida por Sandler, sino de su especial de comedia en Netflix que se titula Adam Sandler 100% Fresh.

De verdad no saben la sorpresa que me llevé al ver este especial, porque no sólo me reí mucho, sino que incluso hay una parte que emociona y enternece hasta las lágrimas. Sandler demuestra que es todo un showman: escribe, produce, actúa e interpreta todas las partes del espectáculo, incluyendo no sólo los chistes al más puro estilo del Stand Up, sino también todas sus composiciones musicales. Me sorprendió, más allá de pequeños momentos en algunas de sus cintas, poder observar al músico versátil y profundo que Sandler resulta ser.  

Hablando de éstas últimas, sobresalen Bar Mitzvah Boy, Phone, Wallet, Keys (que nos recuerda a los célebres sketches de Saturday Night Live, lugar de donde salió el propio Sandler), y por supuesto, mi momento favorito de todo el especial en el que el protagonista rinde un tributo a uno de sus mejores amigos y uno de los comediantes norteamericanos más importantes del siglo pasado: estamos hablando de Chris Farley.

Como dije, creo que todos tenemos una opinión sobre Adam Sandler, pero de verdad les recomiendo poder ver este especial. No sé si pueda decir que no se arrepentirán, pero sí creo que definitivamente verán a un Adam Sandler distinto al de varias de sus producciones cinematográficas. En lo personal, creo que es uno de los mejores contenidos de comedia de la plataforma.

¿Ustedes, ya vieron el especial? ¿Qué opinan de Adam Sandler?

Otros temas que te pueden interesar…

Por qué hay que ver BoJack Horseman

Después de haber terminado Breaking Bad estaba buscando una serie que pudiera estar al nivel del éxito protagonizado por Bryan Cranston. Por esa misma época me enteré del proyecto en el que participaba Aaron Paul, actor que interpretó a Jesse Pinkman en, precisamente, Breaking Bad. La serie iba sobre un caballo llamado BoJack Horseman, y … Leer Más Por qué hay que ver BoJack Horseman

10 canciones de Led Zeppelin que tienes que escuchar

Led Zeppelin fue una de esas bandas que marcó mi adolescencia. Yo tenía – si mal no recuerdo – quince años cuando llegué a mi casa con el disco Remasters que había comprado por curiosidad; eran ya muchas las opiniones de varios amigos de “la prepa”, los cuales insistían que debía escuchar a esa banda. … Leer Más 10 canciones de Led Zeppelin que tienes que escuchar