Crecimos viendo esto: Ren y Stimpy

Recuerdo que hace unos años, uno de mis sobrinos me preguntaba por las animaciones que a mí me tocó ver a su edad, es decir, aproximadamente a los siete u ocho años; más allá del anime como Dragon Ball, Sailor Moon o Caballeros del Zodiaco, entre otras series que yo veía en esa época, vino a mi mente El show de Ren y Stimpy. Busqué en YouTube algún capítulo de dicha serie y le mostré el primero que apareció. No habían pasado ni cinco minutos cuando él me preguntó sorprendido si ese era el tipo de caricaturas que los niños de mi edad vimos en su momento, y no podía creer que algo así como lo que él estaba visualizando pudiera haber sido creado para un público infantil. Esto no fue ninguna revelación para mí, ya que, desde que yo veía el programa, la controversia había tocado de manera recurrente al show de Ren y Stimpy.

Como dije, yo tenía alrededor de siete años cuando mi mamá pasaba por mí y mi hermano a la primaria; llegábamos a comer, y mientras comíamos veíamos en televisión abierta a Ren y Stimpy. Más allá de que a mi madre ciertas escenas le causaran asco o incomodidad, recuerdo que ella se reía junto a mí y Fernando, y esta rutina que comento se prolongó durante bastante tiempo, no recuerdo cuánto, pero así pasaron los años. Posteriormente el show fue cancelado, y muchos años después, ya siendo adolescentes, mi hermano y yo nos dimos a la tarea de buscar la serie ahora en formato DVD. Menciono esto por dos cosas: más allá de la controversia que acompañó al programa, mi madre nos dejaba ver a Ren y Stimpy, tanto así que se convirtió en uno de los recuerdos más importantes de nuestra infancia al punto de buscarla más adelante.

Pero, ¿de qué va El show de Ren y Stimpy? La caricatura, creada en 1991 por John Kricfalusi nos presenta a Ren Höek, un chihuahua neurótico y por momentos perverso que vive acompañado de Stimpson J. Gato, un felino que a diferencia de Ren es dulce e ingenuo y su visión de la vida es bastante inocente y cándida. La serie no tenía ningún tipo de linealidad; lo que veíamos era a estos dos personajes en varias situaciones inverosímiles y disparatadas. Me sería imposible hablar de todos los eventos que acontecieron en la serie, lo que sí puedo hacer es traer aquí algunos de los episodios que desde aquella lejana infancia sigo manteniendo en mi mente: el episodio sobre el Hada de los Dientes, una versión “poco común” – por decir lo menos – del personaje de fantasía; cuando Ren se vuelve una gran estrella del cine de Hollywood; el episodio de Olorín (que no era otra cosa que una flatulencia de Stimpy, quien se convierte en su mejor amigo), o cuando Stimpy se vuelve el enfermero de Ren. Mención honorífica al episodio donde Ren se vuelve productor de un cortometraje animado titulado “Me gusta el rosa”, protagonizado por Explody. Hasta la fecha, río a carcajadas (¡se los juro!) cada que lo veo en YouTube. Considero a ese episodio y al cortometraje en cuestión una obra de arte de la comedia de lo absurdo. Son fragmentos como estos los que nos dejan valorar, hasta hoy en día, el hecho de que Ren y Stimpy nunca fue una caricatura para niños, sino un ejercicio de animación de finales del siglo XX que coqueteaba ya con temas y tonos surreales que definirían la animación para adultos todo lo que se haría posteriormente.

Además, encontramos a toda otra serie de personajes igual de perturbadores que el propio Ren y Stimpy, por ejemplo, el Señor Caballo, el Hombre Tostadas en Polvo, el Capitán Fangoso, Kowalski y Sammy Mantis Jr.

Ren y Stimpy también contenía una buena cantidad de sátira a la sociedad del espectáculo: desde aquella que iba dirigida a la industria cinematográfica, como a todo el marketing enfocado al posicionamiento de productos para niños. Sobre esto último, y si ustedes vieron la serie en su momento o posteriormente, recordarán los anuncios dentro de la transmisión del programa de “Tronco” y “Sebo” o la famosa «Arena Pulcrogato».

Le debemos mucho, muchísimo a Ren y Stimpy: gracias a esta serie muchos nos familiarizamos desde edades muy tempranas con el jazz, el blues y la música clásica, y por supuesto, lo más importante, Ren y Stimpy fue la serie que le abrió las puertas a toda una nueva generación de animación: nunca hubieran existido Los Simpson, Los Reyes de la Colina, South Park, La Vaca y el Pollito y Beavis and Butt-head sin Ren y Stimpy; no lo digo yo, lo dicen sus propios creadores, Matt Groening, Trey Parker y Matt Stone, David Feiss y Mike Judge.

Ren y Stimpy es y será, por su propio mérito y por la influencia que tuvo en toda la animación de lo siglos XX y XXI, una pieza fundamental de la historia de la animación.

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El mejor videojuego de la historia: Castlevania: Symphony of the Night

Yo tenía diez años, y, no recuerdo bien por qué razón, pero mis padres, mi hermano y yo, fuimos una tarde al mercado de Jamaica. Era bastante común que visitáramos esa zona del ya desaparecido Distrito Federal (que no es lo mismo que la Ciudad de México).

Mientras recorríamos los pasillos del mercado, pasamos por un puesto que vendía juegos piratas de Playstation, y no sé si mi hermano y yo pedimos alguno, o si mis papás estaban de muy buen humor y en las condiciones económicas propicias para ofrecernos comprar uno de esos juegos, pero la cosa fue que nos dieron a elegir un disco de esos que, por aquel entonces, costaban más o menos diez pesos. Dejándome llevar por las portadas (ya que no tenía en mente ningún juego en específico) elegí uno de ellos donde se mostraba un enorme castillo en la cima de una montaña, con una noche lúgubre y una lluvia inclemente como telón de fondo. No sé si ya lo he contado en otra ocasión, pero desde muy pequeño me llamó la atención todo lo que tenía que ver con lo demoniaco y lo fantasmagórico, por lo que, ese castillo tenebroso hizo que ése fuera el juego que terminé pidiendo. El título del videojuego era Castlevania: Symphony of the Night.

Llegué a casa, y como era común cada que compraba un videojuego nuevo, lo primero que hacía era probarlo, pero ante la dificultad del primer jefe – el mismísimo Drácula – lo dejé quién sabe por cuánto tiempo.

Los recuerdos de toda esa época me resultan borrosos, así que no podría decir cuánto tiempo pasó desde ese día hasta lo que voy a contarles a continuación. Era una tarde muy fría y lluviosa, de aquellas en las que parece que el cielo está a punto de caerse, y las nubes grises ensombrecen y opacan todos y cada uno de los rayos solares que intentan atravesarlas. En el extinto Canal 4 de la televisión mexicana, pasaban una película de terror sobre una casa de muñecas, en la que los títeres que la habitaban tomaban vida por las noches. Hasta la fecha no tengo ni idea de cuál era el nombre de ese filme ni ninguna otra información. Una vez que terminó esa función vespertina, me quedé con ganas de seguir disfrutando de lo sobrenatural, por lo que sin saber muy bien qué hacer en esa tarde ominosa, le di otra oportunidad al videojuego comprado en Jamaica; después de eso, no pude dejar de jugarlo.

 Castlevania: Symphony of the Night otorgaba una experiencia que ningún otro juego me había ofrecido hasta ese entonces. Había esqueletos que intentaban apuñalarte; enfrentamientos directos con La Muerte, empuñando su guadaña lista para atacar; vampiros, calabozos, laboratorios de alquimia, todo acompañado con un soundtrack que, muchos años después, reconocería como una pieza maestra, no sólo de la historia de los videojuegos, sino de la música contemporánea en su totalidad: les estoy hablando de Nocturne in Midnightde Michiru Yamane. Recuerden que para ese entonces no había dispositivos móviles, ni redes sociales, vaya, no existía ni siquiera el Wifi; tener conexión a internet en el hogar se mostraba, todavía, como algo utópico y fantasioso, por lo que todo esto que les estoy relatando lo estaban viviendo miles de otros jugadores alrededor de todo el mundo, pero no había manera de que yo lo supiera.

Cada que tenía un tiempo libre (mayoritariamente en las noches), corría a la Playstation a intentar vencer a todos los esbirros del Conde Drácula, recorriendo cada uno de los escenarios que me aparecían. El juego tenía una dificultad considerable, por lo que había que intentar derrotar a cada uno de los enemigos una y otra vez. Además de la dificultad, la extensión era enorme, cosa que también significó, para ese momento en la historia de los videojuegos, algo con lo que SOTN estaba rompiendo paradigmas.

En Halloween y Día de muertos invitaba a mis primos a jugar Castlevania, con lo que, como ya se estarán imaginando, más allá de lo increíble que el juego resultaba ser, cada que pienso en SOTN llegan a mi cabeza incontables recuerdos sobre mi infancia.

Por más horas que uno jugara, pareciera que la aventura era interminable, tanto así que fue cuestión de años lo que me tomó para terminar el juego. Otra vez, recuerden, no había blogs, ni guías en internet, ni videos en YouTube que te revelaran secretos, todo era a partir de jugar por horas e ir desentrañando los secretos por tu propia cuenta. Podía quedarme atascado en un jefe imposible de vencer, o dando vueltas por todo el castillo de Drácula sin saber qué había que hacer después, pero todo valía la pena cuando, finalmente, se encontraba una nueva sección del castillo y se avanzaba en la aventura, sólo para encontrarse con más enigmas o con enemigos cada vez más fuertes. La verdad es que no pesaba jugar una y otra vez SOTN, ya que, como había comentado, el soundtrack a manos de Michiru Yamane era una delicia; incluso había ocasiones en que jugaba sólo para poder escuchar la música del juego (piensen: sin YouTube, Spotify o cualquiera de las herramientas recientes, no había otra forma de poder escuchar la música del SOTN).

Cada que avanzaba, siempre me quedaba sorprendido con las bestias infernales que resguardaban la guarida del Conde; eran animaciones y diseños que me “volaban la cabeza”:

Beelzebub

Orlox

Legion

Estos son sólo algunos de los seres de pesadilla que había que exterminar para poder seguir progresando en el juego, muchos de ellos tomados del folclor popular, de Hollywood o de entregas anteriores de la misma saga. Los escenarios, que van desde catedrales góticas, hasta coliseos romanos, no dejaban de sumergirme completamente en la atmosfera del castillo. Alucard – hijo de Drácula, protagonista del juego -podía transformarse en un poderoso lobo o en niebla para acceder a lugares inexplorados del castillo, así como lanzar hechizos, y los diálogos de éste y los otros personajes siguen grabados en la memoria de todos los que lo jugamos

Podría seguir escribiendo por horas todo lo que SOTN significó para mí de niño, y todos los recuerdos y las impresiones que, todavía hoy, el juego sigue ocasionándome.

Hasta la fecha, cada que puedo vuelvo a jugar el SOTN, el que, sin lugar a dudas, para mí y para varios jugadores en todo el mundo es el mejor videojuego de toda la historia.

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La resurrección que todos esperábamos: Bloodstained: Ritual of the Night

En 1997 salió a la venta el videojuego que para muchos es, incluyéndome, uno de los mejores y más importantes de la historia de la industria: Castlevania: Symphony of the Night – obra de la que no entraré en detalles porque merece su propia entrada -. Esta entrega, perteneciente a la famosa saga de videojuegos que inició en 1986 para la NES (Nintendo Entertainment System), vino a revolucionar no sólo a la colección de los Castlevania, sino que se considera como un momento paradigmático en el acontecer del mundo de los videojuegos, tanto así que, junto con Super Metroid, se le considera el padre del subgénero conocido como Metroidvania.

El genio detrás de la escritura, producción y realización de SOTN fue Koji Igarashi, quien en su momento trabajó para Konami y quien hoy en día ha seguido creando videojuegos por su cuenta, siendo reconocido en la actualidad como una leyenda en el mundo del gaming.

SOTN fue un éxito y es hasta hoy en día considerado como un juego de culto. No es extraño encontrarse directos en vivo en plataformas como YouTube, así como speedruns y toda una plétora de otros videos sobre contenido de la obra de 1997; con esto quiero decir que, más de medio cuarto de siglo después de su génesis, la obra maestra de Igarashi se juega como si se hubiese estrenado ayer.

Durante muchos años, Igarashi continúo entregando otros Castlevania que siguieron muy de cerca la fórmula del Symphony of the Night, y todos ellos fueron bien recibidos por el público y la crítica, sin embargo, desde hace ya aproximadamente más de una década, Konami ha dejado morir varias de sus sagas más importantes; no sólo Castlevania, sino otros éxitos de la empresa nipona como Silent Hill han quedado en el olvido más allá de la demanda de los fanáticos de esas célebres franquicias. La razón de lo anterior es interesante y curiosa: Konami se ha dedicado a las máquinas Pachinko (パチンコ), esa especie de “pinball” moderno que inunda las calles de Tokio y otras ciudades de Japón.  Los fans le han reclamado durante poco más dos lustros la empresa que reviva a Castlevania, pero ellos han decidido que lo mejor es crear remakes o nuevas entregas dirigidas exclusivamente al Pachinko o a dispositivos móviles.

En el año de 2014 Igarashi abandona Konami para continuar con su carrera como productor, director y escritor, pero ahora en solitario, lo que significó que, casi de inmediato, los fanáticos de Castlevania le rogaran que, más allá de los intereses comerciales de Konami, IGA – como también es conocido en el medio – retomará la serie. Por supuesto, los derechos de la saga los posee Konami, por lo que Igarashi no podía hacer un nuevo Castlevania como tal, y ahí fue donde se encontró con la primera dificultad. El otro gran problema era, y como ya se lo estarán imaginando, el dinero. Si algo tenía Konami que le faltaba a Igarashi eran millones de dólares para poder crear un nuevo Castlevania; sin embargo, y aunque el panorama era desolador, en 2015 se lanzó la campaña de micromecenazgo en la plataforma de Kickstarter para el lanzamiento de un nuevo “Castlevania” (y aquí ya le vamos poniendo comillas al título del proyecto). El resultado fue la recaudación de más de 5.5 millones de dólares, con lo que, dándole al público lo que quería, merecía y por lo que se pagó, Igarashi anunció que habría un nuevo juego Metroidvania en sus manos. Hay que decirlo: la campaña que acabamos de mencionar en Kickstarter ha sido una de las más exitosas en toda la historia de la plataforma (y como cosa curiosa, varias fotografías de los mecenas incluso fueron contenidas en los escenarios del resultado final).

Para no “darle más vueltas al asunto”, en 2019 pudimos tener (¡finalmente!) el vástago no autorizado por Konami de Castlevania, obra que fue bautizada como Bloodstained: Ritual of the Night. Es obvio que desde el nombre se trataba de revivir aquella saga olvidada por el gigante nipón de los videojuegos, y el resultado no pudo ser mejor. Bloodstained: Ritual of the Night es una delicia, llena de nostalgia para todos aquellos a los que SOTN marcó nuestra infancia. La jugabilidad es muy parecida, pero ofreciendo nuevas dinámicas y actualizando el concepto. La dirección de arte es hermosa, los escenarios están construidos de manera impecable, y la paleta de colores, así como el diseño de toda la gama de criaturas humanas y bestiales es intachable; el guion es increíble, interesante, profundo, y ofrece una historia novedosa y atractiva. Y la música… ¡ahí es a donde quería llegar, a la música!

Igarashi logró incorporar al proyecto a Michiru Yamane, una de las compositoras japonesas más importantes dentro de la historia de los videojuegos, quien alcanzó la fama y el renombre internacional con el soundtrack de SOTN llamado Nocturne in Midnight, presentándolo en vivo con orquesta sinfónica en varios festivales alrededor del mundo. Sí, ya se imaginarán la delicia que es jugar Bloodstained: Ritual of the Night con la sacrosanta mano de Yamane encargada de la banda sonora. Hay que decirlo: tanto SOTN como Ritual of the Night, valen la pena sólo por la música.

En fin, más allá de reseñar el videojuego, lo que quería era hablarles del largo y sinuoso camino que tuvo Bloodstained: Ritual of the Night para ver la luz. ¿Por qué no reseñarlo? Creo que la mejor forma de acercarse a esta obra maestra es que ustedes la experimenten de primera mano.

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Los Reyes de la Colina es una serie demasiado infravalorada

Ya he escrito sobre otros trabajos de Mike Judge aquí en el blog, y ahora quiero hablar de otra serie animada que, junto con Beavis and Butt-head, es una de las mejores entregas del actor y productor norteamericano; me refiero a Los Reyes de la Colina, serie emitida por Fox desde al año de 1997 hasta el 2010. El programa de televisión recibió durante toda su vida varios reconocimientos, tanto del público como de la crítica, incluyendo menciones por parte de la revista Time y habiendo ganado dos Emmys. Entonces, ¿por qué menciono desde el título de esta entrada que considero que es una serie demasiado infravalorada? Bueno, pues porque, a diferencia de Los Simpson, South Park, o animaciones para adultos más recientes como Rick and Morty o BoJack Horseman, se habla poco de esta serie; de hecho, estoy casi seguro que para muchos de ustedes, esta será la primera ocasión de la que escuchan hablar sobre este show.

La serie se centra en los Reyes, una familia suburbana de clase media que reside en el estado de Texas, conformada por Héctor, Peggy, Beto y Lola, quienes están acompañados por toda una pléyade de personajes secundarios. Al igual que como lo mencionaba en el caso de Daria, la serie está tan bien escrita que llegamos a conocer aspectos de la vida de cada uno de los personajes. Todos ellos poseen un arco narrativo que vemos desarrollarse a través de las 13 temporadas, entendiendo sus miedos, fallos, aciertos, esperanzas e ilusiones.

Desde la icónica introducción, los Reyes de la Colina divierte y emociona.

El humor, al tratarse de un show de Mike Judge, es ácido e irreverente en muchos momentos, hablando en varias ocasiones de problemas como el racismo, la sexualidad humana, la infidelidad en las relaciones amorosas y la guerra; como toda buena comedia, Los Reyes de la Colina aborda estos temas sacándonos varias carcajadas y haciéndonos reflexionar al mismo tiempo, y aun así, por más descabelladas que puedan resultar las circunstancias, este programa siempre termina por darnos una lección profunda sobre las relaciones humanas. A diferencia de otras series de comedia como The Big Bang Theory, en la que parece que los escritores siempre le tuvieron miedo a incluir momentos sentimentales, Los Reyes de la Colina no deja de conmovernos en más de una ocasión y de manera recurrente, sin perder el toque cómico; creo que eso es lo que hace que una comedia alcance la grandeza (y es que hasta Rick and Morty tiene momentos especialmente enternecedores), porque, al igual que en BoJack Horseman, Malcolm In The Middle, o las primeras temporadas de Los Simpson, estamos ante personajes que, en última instancia, se enfrentan a la cotidianeidad desde el lado más humano. Claro, existen programas como Seinfeld que recurren poco al recurso sentimental, pero es que sabemos que, desde el comienzo, no es el objetivo de la sitcom mostrar ese lado humano, sino, como definiría Aristóteles a la comedia en su Poética, se restringe a mostrar el lado más absurdo o poco admirable de la condición humana, pero, en muchos otros lugares de la televisión del siglo XX y XXI, estos aspectos irán acompañados de situaciones que nos dejan pensando en el primer amor, las relaciones entre padres e hijos y la amistad. Héctor, por ejemplo, lidia en muchísimas ocasiones con tener que superar varios de sus prejuicios, propios de un adulto conservador de mediana edad, para poder amar y comprender a su esposa, a su hijo, a sus compañeros de trabajo y a sus amigos.

Podría continuar rescatando varios aspectos de este maravilloso programa, pero como siempre, considero que es mejor que ustedes le echen un ojo, y, probablemente, después de “anclarle el colmillo” a Los Reyes de la Colina, quizá terminen estando de acuerdo conmigo en que es un programa de televisión que deberíamos tener más presente hoy en día.

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La sinopsis no es sencilla ni clara: unos padres – de los que sólo vemos en toda la serie que son un par de piernas –, adoptan a una vaca y a un pollito parlantes, y, a partir de ahí, comienzan toda una serie de aventuras inverosímiles. Junto a otros personajes como El Hombre Rojo sin Pantalones, para mí, el mejor personaje de la serie, que no era otra cosa que una representación caricaturizada del diablo, Earl y Flem, estos animales pasarán por toda una serie de cosas extrañas. Llena de un humor escatológico y con varias referencias sexuales (varias de ellas bastante explícitas), La vaca y el pollito era una serie que los niños de entre 6 y 11 años disfrutamos durante nuestra infancia. No quiero caer en el lugar tan común de hoy en día que dice “esa serie no podría hacerse hoy”, pero lo que sí me queda claro es que animaciones como La vaca y el pollito distan mucho, por muchas razones, de las programas infantiles que existen ahora, ni mejores, ni peores, pero sí radicalmente distintos. Con esto no quiero decir que el show haya estado exento de controversia y polémica en su momento: capítulos como el de “Las chicas búfalo” fue retirado del aire por representar estereotipos referentes a las lesbianas, y, como se podrá imaginar el lector, el episodio contenía una buena cantidad de insinuaciones sexuales y muchos chistes de doble sentido. De hecho, en mi secundaria, se hizo una junta especial entre maestros, ya que algunos consideraban que La vaca y el pollito era en realidad “pornografía homosexual” (se los juro que eso pasó).

Hace poco redescubrí la serie, ya que ha sido agregada al catálogo de HBO Max, ¡y es todavía más divertida de lo que recordaba! Por supuesto que cuesta creer la cantidad de chistes que de niños pasábamos por alto, y es que es obvio, porque por allá en los 90’s era muy común hacer series “infantiles” que en realidad tenían un humor bastante subido de tono. Quizá, por esto último, la serie se disfruta muchísimo más ahora que somos mayores.

Existen tres episodios que, tanto de niño, como ahora de adulto, me hicieron reír hasta las lágrimas y que les recomiendo ampliamente: La salchicha más fea del mundo, cuando Pollito intenta entrar al baño de las niñas en su escuela, y el del Gato Volador. ¡De verdad que son joyas esos capítulos! (Mientras escribo esto estoy cantando en mi cabeza: «somos un paquete de salchichas, somos las mejores botanas»).

Y ustedes, ¿vieron La vaca y el pollito en su momento, o creen que es buen momento para iniciarla?

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En la nueva serie, Daria y su familia compuesta por su padre Jake, un inestable adulto con varios traumas ocasionados por su propio progenitor, pero cariñoso y preocupado por sus hijas; Helen, una madre que dedica casi todo su tiempo al trabajo, pero que, al igual que Jake, siempre está lista para cuidar y aconsejar a sus niñas; y finalmente Quinn, una adolescente completamente superficial e interesada sólo por la ropa y el maquillaje (cosa que irá cambiando conforme la serie avanza). Ellos, juntos con Jane Lane, la mejor amiga de Daria, serán los principales componentes de la serie. Existen toda una gama de personajes, y la serie está tan bien escrita que iremos conociendo varias aristas y facetas de cada uno de ellos, tanto de los principales, como de los secundarios.

Creo que el gran éxito que tuvo la serie fue multifactorial: por un lado, la música que acompañaba al show es, hoy por hoy, un museo del rock de los 90’s. En cada episodio podemos encontrar compopsiciones de Radiohead, los Foo Fighters, Stone Temple Pilots, R.E.M., Incubus entre muchas otras bandas; pero la música no brillaba por sí sola, sino que acompañaba adecuadamente las historias, creando una mezcla perfecta en lo audiovisual.

Por otro lado, y como es casi obvio, el gran factor de éxito fue Daria, un personaje sincero y problemático a la vez. Daria es demasiado lista y honesta para el mundo en el que vive, pero eso no impide que sea una adolescente sensible y con unas enormes ganas de ser entendida. Esto último puede verse en las fantasías, esperanzas, compromisos y anhelos que Daria desarrollará con sus dos grandes intereses románticos. Era muy difícil ver la serie y no sentirse identificado con ella; cualquiera que alguna vez haya sentido que no encaja, o que por más que lo intenta no es capaz de comprender su entorno, seguramente se identificó con Daria; podemos decir que, en última instancia, todos somos Daria, y esa fue la clave del éxito para esta serie animada, a saber, la escritura de un gran, gran personaje.

¿Y ustedes, han visto esta serie? ¿Conocían a Daria desde Beavis and Butt-head?

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Volvamos a la serie. Una vez que hemos hablado de la importancia de los baños públicos para los romanos, podemos entender que los arquitectos tenían un papel preponderante en esa civilización; el poder del Imperio muchas veces se demostraba con grandes edificaciones, por lo que, no era extraño que los emperadores tuvieran a sus propios arquitectos para llevar a cabo obras monumentales que dieran cuenta de su grandeza. Lucius es un arquitecto promedio, pero su pasión por las termas romanas, y el deseo de honrar a su padre y a su abuelo, lo llevan a una serie de viajes al Japón. ¿¡Qué, Japón!? Así como lo escucharon. Claro, aquí entra la parte de ficción de la serie, ya que Lucius se la pasa viajando por el tiempo al Japón del periodo Edo y al Japón de nuestra actualidad. Es en ese lugar donde hallará las ideas más magníficas para su propio oficio, sin saber nunca, a ciencia cierta, dónde diablos se encuentra. Y aquí es donde encontramos lo hilarante de la serie: Lucius, un orgullosísimo romano, se ve superado por todas las invenciones de aquella “gente de cara plana”, como él mismo los llama, pensando que aquella cultura es superior al Imperio Romano en casi todos los aspectos. La verdad es que no hubo ni un solo capítulo donde no soltara varias carcajadas.

Al final de cada episodio, podemos acompañar a la autora del cómic, Mari Yamazaki, a visitar varios de los lugares más emblemáticos de la prefectura de Gunma, Japón, famosa por su cultura termal, por lo que Thermae Romae Novae no sólo termina por ser una seria bastante entretenida y divertida, sino que también nos enriquece con aquellas cápsulas culturales; además de todo esto, aprendemos varios aspectos importantes sobre la historia del Imperio Romano y sobre Japón. ¿Qué mas podemos pedir? ¡Ire videre Thermae Romae Novae!

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– Sí sabes que tu trabajo es una mierda, ¿verdad? – No tienes ningún derecho a juzgarme – No te estoy juzgando, sólo te pregunto si sabes que tu trabajo es una mierda – Sí, lo sé. – ¿Y sabes que lo nuestro es una mierda también? – Me vas a hacer llorar – No,…

Voraz: una película que da asco

Hace ya algunos años, llegó a mis manos una cinta que me marcaría de manera definitiva; es de esas películas que no puedes dejar de ver, y que cada que tienes la oportunidad la vuelves a poner, esperando que todo sea distinto a la última vez y encontrando nuevos elementos para reflexionar. Estoy hablando del filme francés del año 2008 titulado Mártires, dirigido por Pascal Laugier.

Se trata de una obra que conmueve hasta la fibra más profunda de nuestro ser, ya que su contenido visual, emocional, psicológico e incluso teológico-religioso no deja indiferente a nadie, por no hablar de las extraordinarias actuaciones y un trabajo de dirección impecable. Junto con Irreversible de Gaspar Noé, puedo decir que son las cintas francesas que más me han conmocionado en toda mi vida (hasta el momento), dejándome sin dormir por varias noches.

Imagen promocional de Mártires

Cuando hace un par de meses apareció el avance de una cinta francesa titulada Raw (Voraz aquí en México), quedé impresionado, y sentí debido a la temática, la estética y el país de origen, que me encontraba ante algo muy parecido a Mártires, y obviamente, tuve enormes deseos de verla, sin embargo, por una o por otra razón, no pude nunca asistir a las salas de cines y cumplir dicho deseo.

En su momento me sentí muy alegre cuando pude observar que Voraz había llegado a Netflix, así que una buena noche, y con todo preparado (ya saben: palomitas, luces apagadas, cortinas cerradas, perros encerrados, etc.), me dispuse a ver la tan esperada cinta. Desgraciadamente, el resultado no fue el esperado.

Voráz es una película mal escrita, mal actuada y mal dirigida, con una historia que daba para crear una obra verdaderamente inquietante, y que, sin embargo, ni siquiera puedo decir que se queda a medias. Con Voraz asistimos a la presentación de una directora que intenta perturbarnos por medio de imágenes simplonas y grotescas; ¡aguas!, no estoy descalificando al cine gore, lo que estoy diciendo es que Voraz es un trabajo tan infantil que se reduce a la pura exposición de escenas desagradables que, por fuerza, provocan algo en el espectador; es la diferencia entre ver una cinta pornográfica y leer al Marqués de Sade, la línea casi invisible entre la mera exhibición y la creación de una imagen estética.

Tomemos, por ejemplo, La casa de los 1000 cuerpos de Rob Zombie, una película de culto dentro del sub-género del gore, donde incluso las escenas más violentas, horrorosas y repugnantes están trabajadas con sutileza e inteligencia. Voráz toma el camino fácil y se limita a enseñarnos ingesta de carne cruda y sangre “na’más porque sí”. Por si fuera poco, la cinta es aburridísima, y el trama no tiene ni pies, ni cabeza; me atrevería casi a decir que no hay trama, sino un cúmulo de diálogos y escenas que se suceden las unas a las otras. Los personajes son unidimensionales y no existe, en ningún momento de la película, la más mínima justificación dramática para su manera de comportarse. Es una cinta donde hay homosexuales que no son homosexuales pero que sí son homosexuales (así como me leen, así se desarrolla la cinta) y en la que el “espectacular giro de tuerca” radica en sostener que el canibalismo es genético.

Por otro lado, me sorprendió leer algunas críticas en la red, las cuales sostenían que la cinta era una obra maestra que abordaba tópicos tales como el despertar de la sexualidad y el paso a la vida adulta. En mi opinión, todas esas reseñas parten de un prejuicio esnob que dicta que, por estar en francés, se trata de una producción de altos vuelos intelectuales y reflexivos, y que no es que la película sea un bodrio, sino que la directora es sutil y la obra debe desmenuzarse. Y si esto último fuese cierto, en el mejor de los casos nos encontraríamos ante una cinta tediosa y pretenciosa.

En conclusión, y como ya lo apunta el título, Voraz es una cinta que da asco, pero por las razones equivocadas.

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¿Y tú qué opinas de Adam Sandler?

Adam Sandler es uno de esos personajes que no le son indiferentes a nadie: lo amas, o lo odias, pero creo que todos tenemos una opinión sobre él. En lo personal, hay películas que me parecen graciosas y varias de ellas sinceramente memorables y muy buenas cintas, como The Wedding Singer, Little Nicky, Eight Crazy Nights, Sandy Wexler, Anger Managment, 50 First Dates, The Longest Yard, y Big Daddy (no se hagan, han visto más de una de éstas y se han reído bastante). Por otro lado, hay películas que se ve que son tan malas que ni me atrevo a verlas, porque pienso que preferiría ver crecer el pasto que perder mi tiempo con alguna de ellas, como lo son Jack and Jill, Grown Ups (todas las que existan, que no sé ni cuántas son), Pixels, Bucky Larson, Chuck and Larry o The Waterboy. Y hay otras cintas donde Sandler demuestra que en verdad sabe actuar, que tiene carisma, que sabe interpretar un personaje y que sus dotes actorales son remarcables, como en Funny People y Uncut Gems (si no las han visto, me parecen buenas recomendaciones para este verano). Sin embargo, hoy no les vengo a hablar de una película producida, guionada o dirigida por Sandler, sino de su especial de comedia en Netflix que se titula Adam Sandler 100% Fresh.

De verdad no saben la sorpresa que me llevé al ver este especial, porque no sólo me reí mucho, sino que incluso hay una parte que emociona y enternece hasta las lágrimas. Sandler demuestra que es todo un showman: escribe, produce, actúa e interpreta todas las partes del espectáculo, incluyendo no sólo los chistes al más puro estilo del Stand Up, sino también todas sus composiciones musicales. Me sorprendió, más allá de pequeños momentos en algunas de sus cintas, poder observar al músico versátil y profundo que Sandler resulta ser.  

Hablando de éstas últimas, sobresalen Bar Mitzvah Boy, Phone, Wallet, Keys (que nos recuerda a los célebres sketches de Saturday Night Live, lugar de donde salió el propio Sandler), y por supuesto, mi momento favorito de todo el especial en el que el protagonista rinde un tributo a uno de sus mejores amigos y uno de los comediantes norteamericanos más importantes del siglo pasado: estamos hablando de Chris Farley.

Como dije, creo que todos tenemos una opinión sobre Adam Sandler, pero de verdad les recomiendo poder ver este especial. No sé si pueda decir que no se arrepentirán, pero sí creo que definitivamente verán a un Adam Sandler distinto al de varias de sus producciones cinematográficas. En lo personal, creo que es uno de los mejores contenidos de comedia de la plataforma.

¿Ustedes, ya vieron el especial? ¿Qué opinan de Adam Sandler?

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Close Enough y los tiempos que corren

Nunca he estado de acuerdo con clasificar a la gente de acuerdo al periodo en el que nacieron: boomer, millenial, “generación x”, etc. Me parece que dichos motes explican poco y dividen bastante. Al estudiar historia, me he dado cuenta que muchos pensamientos son cíclicos. Por ejemplo: los Textos de Historia del Arte de Plinio el Viejo comienzan diciendo que el arte de su época ya no es como el arte que le antecedió, es decir, que un romano del siglo I dice exactamente lo que dijeron nuestros padres de la generación anterior, lo que muchos de nosotros decimos, y lo que, seguramente, dirán las generaciones venideras en su momento. Sin embargo, esto no quiere decir que no existan particularidades a la hora de analizar la vida de cada uno de los sujetos históricos.

Close Enough, serie creada por J.G. Quintel, la mente detrás de Un show más (A Regular Show), es una divertidísima comedia animada que muestra cómo es que los que nacimos alrededor 1989 nos enfrentamos a los retos de la actualidad.

La serie nos presente, entre muchos otros personajes, a Emily y a Josh, quienes ante una difícil situación económica, comparten hogar con Alex y Bridgett (quienes, por cierto, estuvieron casados hace ya unos años). La joven pareja tiene una hija, Candice, a quien aman profundamente pero que, con la brecha generacional existente, comprenden poco, sin embargo, se esfuerzan más allá de todos los límites por darle una educación adecuada y la atención que merece su pequeña hija.

Con un humor muy ácido e irreverente, Close Enough nos muestra todas las peripecias de lo que significa crecer y enfrentar la paternidad en tiempos de los “Funko Pop”. Llevando el humor al que nos tenía acostumbrado en A Regular Show, J.G. Quintel nos ofrece una comedia donde encontraremos desde situaciones inverosímiles como la aparición de un caballo “mágico” o el encuentro con un “humano perro”, hasta parodias de Goodfellas de Scorsese.

¿Y ustedes, ya le echaron un ojo a Close Enough?

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