Hikikomori

La gata de piel de fuego y ojos tiernos ya no vive más, ahora sólo quedan los tenues rayos del sol que apenas iluminan mi estancia, la cual se ha quedado sin muebles, ni esperanza.

Únicamente perdura el viejo tatami derruido, devorado por el paso del tiempo, ese tatami que antaño era motivo de orgullo para mis padres, quienes cuidaron y amaron esta casa tanto como amaron y cuidaron a sus hijos.

Ha llegado la hora de dormir eternamente. Dejaré que mi cadáver sea el alimento del polvo y las termitas. Pronto se marchitarán las frívolas azucenas que han sido testigos y culpables de mi desvanecer. Y espero que también se marchite el estúpido narciso que sobrevive en aquél decadente claustro y que, desde hace meses, me causa nausea e indigestión cada que pienso en él. Sí, todo ello morirá, pero yo no estaré ahí para verlo.

Ha llegado la triste hora de dormir para siempre.

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