Felicidad

Me preguntaron hace poco qué era la felicidad, y en ese momento no supe responder. La interrogante se alojó en mi cabeza y en mi corazón, y algunos días después llegó a mí la siguiente imagen.

La felicidad es sentir el calor del cuerpo desnudo de una mujer alojado junto a mí después de hacer el amor, divagando extasiados en algún hotel perdido en la ciudad. Nos abrazamos sin dejar un solo centímetro entre ella y yo, como deseando que los dos fuéramos una sola entidad. A través de una ventana medio abierta se puede apreciar el rumor de los automóviles pasar, y nosotros lo escuchamos en entresueños, y esos motores se vuelven un dulce arrullo, mientras que ocasionalmente nos besamos con una pasión intensa y desbordada. Saboreamos nuestro sudor mutuamente y cada gota es un elixir que no podemos dejar de consumir. Aun jadeamos y suspiramos a causa de la violencia con la que nos devoramos sólo unos instantes atrás. La habitación guarda el calor y el aroma del encuentro sexual del que acaba de ser testigo. De pronto, y sin darnos cuenta, el sol ha cedido y las luces de los faros callejeros comienzan a acompañar a la noche, mientras nuestro recinto se mantiene en completa oscuridad. Una brisa fresca empieza a golpear nuestros cuerpos, y ella, con esa mano derecha, nívea y lechosa, aun medio dormida, toma las sábanas sucias, llenas de todos y cada uno de nuestros fluidos, esas que han quedado a nuestros pies y que ella jala para arroparnos, sólo para, de nueva cuenta, pegarse a mi humanidad y volver a caer rendidos.

Creo que, eso, para mí, es la única felicidad existente en esta vida triste.

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