Acapulco 1996

Hace poco tuve la oportunidad de viajar a Acapulco. Desde que tomé la carretera, una serie de recuerdos comenzaron a llegar, y es que ese fue el lugar donde conocí el mar por primera vez y donde se encuentran varios de los primeros recuerdos de toda mi vida. Sobre todo, las memorias que aparecieron en esta última ocasión tuvieron que ver con mi padre.

Él es un gran aficionado a los viajes, y es por eso que, como comenté más arriba, desde muy pequeño solíamos ir cada que se podía al puerto de Acapulco. Hacíamos todo lo que se “tiene” que hacer ahí: la quebrada, la lancha con fondo de cristal, caleta y caletilla, ir a las cenadurías para pedir un pozole estilo Guerrero, pasear por el malecón, etc. Él es un gran aficionado de nadar en mar abierto, por lo que la playa que más visitábamos era “Revolcadero”, y unos años después nos volvimos fieles de la “Bonfil”.

Había algo en Acapulco que siempre me pareció “mágico”; bueno, ni siquiera sé si esa es la palabra; quizá “nostalgia” sería más adecuada, pero claro, para mis cinco años, que es la edad en la que comenzaron todos estos recuerdos y anécdotas, no existía en mi léxico ni en mi entendimiento un concepto como “lo nostálgico”.

No fueron pocas veces en que mi papá invitó a mis tías, a mis primos y a mi abuelita a ir con nosotros. Ahí también mi mente se llena de mil recuerdos: intentar construir castillos de arena (digo “intentar” porque nunca pude hacer uno más o menos decente); saltar las olas salvajes en ese mar abierto que les cuento; hacer guerras de bolas de arena – las cuales estaban fuertemente prohibidas y penadas por nuestros padres –; organizar “concursos” de nado sincronizado, entre muchas otras cosas. Es curioso cómo funciona la memoria, porque hasta el día de hoy, cada que ceno un sándwich de jamón con mayonesa y lo acompaño con un vaso de leche con chocolate inmediatamente regreso a esa infancia, a esos momentos en los que mi madre nos preparaba ese “menú” antes de mandarnos a acostar.

Cuando pienso en ese Acapulco, viene a mi mente el malecón de noche, lleno de luces espectaculares por todos lados, mientras que el sonido de las olas rompiendo, no tan lejos de ahí, servía como telón de fondo. Me gustaba ver el mar de noche y no poder distinguir absolutamente nada a excepción de algunas luces pertenecientes a embarcaciones de todos tamaños y algunas casitas. Me acuerdo bien de los caballos cruzando las avenidas, y las hamburguesas que, por ser vacaciones, mi papá nos permitía comer.

Acapulco es muchas cosas en mi mente: fue el lugar donde leí una y otra vez la primera carta de amor que me entregaron. Fue el último día de clases; yo tenía cinco años, y Jazmín (por supuesto que me acuerdo de su nombre), me dibujó un oso en un papel y me escribió “me gustas mucho. Te amo”. Ni ella, ni yo, teníamos idea de qué significaban esas palabras, pero así, en esa carta, esa niña de cinco años me confesaba su supuesto amor. Al día siguiente de ese fin de cursos, viajamos a Acapulco, y como sabía que el próximo año entraría a la primaria y no la volvería a ver, decidí lanzar al mar esa carta, cuidando que ni mis padres, ni mi hermano se dieran cuenta del acto.

Recuerdo tortugas y caimanes, en extensos campos verdes, y las imponentes montañas que acompañan todo el paisaje de “la joya del Pacífico” como se le solía decir en esos momentos. Muchos años después, también recordaría el estar jugando Texas Hold’em con mi padre, mis primos y mi hermano. Ese día, cumpleaños de mi primo mayor, mi papá le “disparó” el ceviche de camarón más grande de toda la carta, y junto con esa alegría, también le tocó perder en el juego de cartas, y como castigo tuvo que arrastrarse por toda la arena, cosa que desde niño odiaba con cada una de las fibras de su ser.

Pero, estimado lector, por encima de todo esto, lo que más recuerdo es lo siguiente: un atardecer, en medio de la playa, con unos colores que nunca había visto hasta ese momento y que no puedo describir hasta la fecha. Mi padre nos había comprado helados a mi hermano y a mí, y yo, sólo por el nombre tan exótico, pedí un “Beso de ángel”. Con una mano sostenía mi helado con cono de galleta, y con la otra tomaba la mano de mi padre mientras caminábamos por toda la playa. Hasta la fecha, no he vuelto a probar esos sabores, ni he vuelto a ver esos colores.

Acapulco, 1996, será un lugar y una fecha que llevaré hasta mis últimos momentos. Hoy, desgraciadamente, marcado por tanta violencia, en algún momento fue el lugar más feliz de mi infancia.

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