“The Irishman” o por qué la vida no tiene sentido

Antes de cualquier cosa, quisiera decir que esta no es una reseña sobre la película del 2019 dirigida por Martin Scorsese, y es por eso mismo que no aparece en la sección de Vulpes Videns, es más una reflexión sobre el significado que, para mí, tiene dicha cinta. En ese sentido, es necesario mandar una alerta de spoiler y también decir que no me dedicaré a describir la sinopsis de la película.

¿De qué trata The Irishman y por qué considero que es uno de las obras maestras de Scorsese? Para mí, El Irlandés es una película con dos tópicos claves: el tiempo y la muerte. Desde el primer plano secuencia con el que comienza la cinta, acompañado de In The Still Of The Night de The Five Satins, se me pusieron los pelos de punta (incluso ahora mientras escribo esto, vuelvo a sentir escalofríos); el sello inconfundible de Scorsese que nos recuerda, de inmediato, a otras obras como Goodfellas y Casino se hace presente desde los primeros segundos. Después, nos encontramos con Frank Sheeran, interpretado por una de las insignias de Scorsese, Robert De Niro, quien comienza a contar su propia historia con una de las frases más memorables de toda la cinta, aquella en la que se hace referencia a la actividad de “pintar casas”. Sheeran se muestra a lo largo de toda la película a un hombre de familia, miembro de la clase trabajadora, pero que, por una o por otra cuestión, termina viéndose involucrado en el mundo del crimen organizado. “El Irlandés”, como es apodado, se vuelve el protegido de Russell Bufalino, interpretado por otro de los baluartes de la filmografía de Scorsese, Joe Pesci, quien termina conectándolo con el famoso Jimmy Hoffa (Al Pacino), con quien Sheeran establece una relación no sólo de cuidado y protección, sino de profunda amistad y cariño, lo que convierte a toda la cinta en una verdadera tragedia cuando él es el encargado de asesinarlo.  

El Irlandés es una cinta con una duración de casi cuatro horas, pero ahora, quisiera centrarme en los últimos minutos de ésta. Después de una vida de lujos – incluyendo filetes de carne de la mejor calidad – podemos observar la vida de nuestros protagonistas en la cárcel, momentos en los cuales Bufalino es incapaz de poder masticar su propia comida; se trata de uno de los grandes capos de la mafia quien ahora no puede ni siquiera tragar un pedazo de pan sin la ayuda de alguien más. Sheeran termina completamente solo en el mundo, pagando las consecuencias de su vida criminal, con el amor perdido de una hija que termina odiándolo y despreciándolo al darse cuenta, desde pequeña, de la vida de violencia, crimen y asesinato que su padre llevó siempre; la escena en la que él, apenas pudiendo caminar, se acerca a su trabajo para poder hablar con ella y en la que al instante de verlo sale corriendo para ni siquiera cruzar miradas con él se siente sinceramente desgarradora.

Preguntemos de nueva cuenta: ¿de qué trata The Irishman y por qué la considera una de las obras maestras de Scorsese? Pues bien, The Irishman es una reflexión dolorosa y aguda sobre el sentido de la vida, disfrazada de una película sobre mafia. Tanto Bufalino como Sheeran terminan por recordarnos algo esencial de la existencia humana: no importa lo que hayas hecho en la vida, o qué tan importante te hayas creído en su momento, todos terminamos en el mismo lugar: la tumba (aspecto que me parece que refleja bien la cita del evangelio de San Marcos 8:36 que reza “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”). La escena que nos muestra esto de manera definitiva es aquella en la que un Sheeran viejo y derrotado en un asilo se encuentra viendo una serie de fotografías mientras una enferma lo atiende; él, al observar una foto con Hoffa, se la muestra con una mezcla de nostalgia y orgullo a la enfermera, preguntándole si sabe con quién está; Hoffa fue uno de los hombres más poderosos de su tiempo, por lo que Sheeran piensa que la enfermera se asombrará, sin embargo, ella termina por decirle que no tiene ni idea de quién es el hombre de la foto. Ahí podemos ver, quizá, el punto más álgido de toda la cinta: un hombre al que no le queda ninguna cosa más que sus recuerdos, los cuales, por más valor que él pretenda darles, cae en cuenta que lo que para él significó el punto más alto de su vida, para el resto del mundo todo ello es indiferente. ¡Eso es The Irishman! Una obra que nos dejar ver que, incluso para los más “poderosos”, para aquellos seres humanos que piensan que mueven y controlan el mundo, al final nada de ello importa. ¿Cuál sería, en consecuencia, el sentido de la vida? Llámenme pesimista, pero creo que la lección que deja The Irishman es precisamente que la vida no tiene sentido. Aquí tenemos a un hombre quien muere solo la noche de Navidad, y quien está lleno de memorias que buscar compartir, pero que sólo serán escuchadas por un sacerdote debido a la compasión.

Otra escena memorable es cuando el FBI interroga a Sheeran, y le piden que, después de varias décadas, confiese el asesinato de Hoffa; al preguntar por su abogado, los agentes le dicen que él ya murió, a lo que Sheeran pregunta con asombro “¿quién lo hizo?”, acostumbrado a suponer que se trató de un asesinato en el marco de un ajuste de cuentas, sin embargo, los agentes le responden que: “fue el cáncer”, golpeando a Sheeran una vez más con la conciencia del tiempo y la fugacidad de la vida.

Esta era una entrada que yo ya tenía en mente publicar desde hace tiempo, sin embargo, estas últimas semanas me han puesto de relieve los temas que son tratados en The Irishman. Dedicamos nuestras vidas a cosas que consideramos que son las más importantes, cuestiones que nos resultan innegociables, pero al final, quizá nos encontramos con ochenta años con la mirada perdida, aturdidos en una silla, completamente solos, y pensando que aquello a lo que le dedicamos nuestra existencia no nos sirvió para la gran cosa. Pienso ahora también en The Godfather III de Francis Ford Coppola, filme en el cual podemos ver en la última escena una situación bastante parecida a la de El Irlandés, donde vemos a Michael Corleone (Al Pacino de nueva cuenta), morir en absoluta desolación. Al igual que Sheeran, los dos fueron hombres poderosos, los dos mueren sin que ningún ser humano se dé cuenta de que han abandonado este mundo, y los dos perdieron a sus hijas, aquellas que en repetidas ocasiones dan a entender que se tratan de “lo más importante de su vida”, sin embargo, todas sus acciones se encaminaron a que una terminara siendo asesinada, y la otra, cortara de manera tajante y absoluta la relación con su padre. Y esta es otras de las contradicciones de la vida humana que The Irishman me pone a pensar: la manera en cómo podemos decir “mil y una cosas” sobre lo que se supone que es importante para nosotros en la vida, pero nuestras acciones nos llevan a lugares completamente distintos. Si recordamos ahora a Tony Soprano (The Sopranos) y a Walter White (Breaking Bad), veremos otros dos ejemplos de personajes que no se cansaron de decir que su familia era lo más importante, pero sus acciones siempre estuvieron encaminadas a poner a su propia familia por debajo de sus otros intereses. Todos ellos son personajes que abandonaron “lo más importante para ellos” por algo más, en este caso, su trabajo.

En contraposición a estos personajes, en la ficción encontramos también a Michael Scott (Steve Carell) de The Office, personaje que ha dedicado su vida al trabajo, pero cuando tiene la oportunidad de obtener lo que siempre ha anhelado – una familia – decide dejarlo todo por ir tras esa ilusión. Años después, en el último capítulo de la serie, lo vemos recompensado por sus decisiones, aquellas que implicaron dejar a un lado parte importante de su ego, y viviendo una vida feliz.

The Irishman es una cinta que nos dibuja a un hombre que termina por comprar su propio ataúd, porque sabe que nadie más lo haría; ¡Esa es la crudeza de la cinta y lo que nos quiere poner a pensar! Cómo es que cada uno de nosotros terminará viviendo sus vidas, y qué tanta importancia le damos a lo que hacemos a lo largo de nuestra existencia, porque, todo parece indicar, que al final, por más importantes, indispensables o poderosos que nos sintamos, o por más que sintamos que no podemos renunciar a lo que estamos haciendo, lo único que conseguimos es ahorrar para comprar nuestro propio ataúd; ahí es donde comprendemos que la vida, tal y como me parece que nos expresa The Irishman, en realidad, no tiene ningún sentido.

A propósito del Día Internacional de la Paz

Cada veintiuno de septiembre desde 1982 la Organización de las Naciones Unidas propusieron celebrar el Día Internacional de la Paz, en el que se pretende, mediante la sensibilización sobre la diversidad del mundo y de todos los temas relacionados con la paz, que tengamos un día de no violencia, pero: ¿qué es la paz? Según mi entendimiento, es un estado en el que se pretende que se viva en armonía con todos los seres humanos, con espacio para todas las culturas, religiones, etc. Queda clara esta idea con la frase del EZLN en donde esperan “un mundo donde quepan muchos mundos”, una tierra en donde cada individuo tenga su lugar y cada vida sea igual de valiosa que las demás. Se celebra este día esperando de alguna forma poder habitar el mismo mundo sin miedo a ser quienes somos, y asimismo, que la tolerancia y el respeto sean los pilares que rijan a la humanidad.

Por otro lado, concierne preguntar ¿por qué existe tanta violencia en el mundo? Sigmund Freud desde 1915 ya se lo preguntaba en su texto De guerra y muerte, en el que teoriza sobre el por qué de la guerra y la violencia. El psicoanalista comenta que, el hombre civilizado nunca está en desarraigo de la maldad; esto quiere decir que dentro de cada uno de nosotros habita un ser primitivo que tiende a la violencia y que gracias a la cultura es que este deseo se ve desplazado hacia acciones éticas. Freud indaga sobre la importancia de reconocer lo que él llamaría pulsiones, las cuales, a decir de Freud, no son ni buenas ni malas, simplemente están destinadas a satisfacerse; va a depender de cómo sea la cultura para  que el hombre pueda ir desplegando aquellas necesidades, pero como el deseo es siempre desastroso, ya desde El proyecto de psicología para neurólogos, Freud propone que el aparato psíquico tiende “al punto cero”, esto quiere decir, que hay una tendencia a la “vuelta a lo inanimado”, es decir, que cada día es un día menos para llegar a la denominada “meta primordial” del psiquismo, que no será otra que la muerte.

Si pensamos en estas propuestas freudianas podemos explicar un poco del por qué tanta guerra y violencia; en palabras de Freud, la vida pulsional debe ser domesticada, domeñada por medio de la cultura. No es extraño dar cuenta que vivimos en un mundo en donde pese a que se está bien educado, países con economías estables, se ven también estos estragos de la violencia. Podría parecer que lo que Freud propone es paradójico, sin embargo, tiene todo el sentido cuando observamos que los individuos viven siempre fluctuando de un lado a otro, en una ambivalencia, entre el bien y el mal. No es para nada extraño cómo personas que creemos conocer, un día sin darnos cuenta comenten actos ilícitos o violentos; esto nos remite sin duda a lo que Freud comenta: el hombre está obligado a llevar a cabo una renuncia de esos deseos; es tanta la presión que recae sobre la persona propia, que precisamente por ello el estar inmerso en la cultura representa un malestar. Esto trae consigo muchos otros problemas que también tienen que ver con la paz. Entonces, ¿cómo acceder a la paz si estos impulsos predominan? Desde mi perspectiva, existe un problema que tiene que ver con que el hombre, inconscientemente, se siente inmortal: “Nuestro inconsciente es tan inaccesible a la representación de la muerte propia, tan ganoso de muerte contra el extraño, tan dividido (ambivalente) hacia la persona amada como el hombre de los tiempos primordiales”, en palabras del propio Freud. Esto quiere decir que, si en el inconsciente no existe representación de la muerte, eso le permite hacer ciertas cosas que son atroces contra los otros. Mi propuesta es dar cuenta de estas mociones que todos los seres humanos poseemos, no negarlas, sino hacerlas visibles, entender que hay una serie de eventos que nos han constituido como seres humanos y que ninguno de ellos fue en nombre de la paz, sino todo lo contrario, fueron eventos de rebeliones y dolor: no hay cultura sin dolor.

Hacer todo ese recorrido entre el bien y el mal, abandonado nuestros deseos primitivos, es un dolor para el yo; con esto no quiero decir que no se pueda vivir en paz, sólo me es muy difícil pensar en una paz general. Quizá existan sólo momentos de paz, pero no por ello es menos importante celebrar un Día Internacional de la Paz. Me parece relevante que cada persona pueda hacer introspección sobre lo que hace, piensa y siente, ya que sólo reconociendo de lo que estamos hechos podremos vivir en paz. Si aprendemos a vivir realmente con lo que somos, dejar de odiar en otros lo propio de cada uno, reflexionando sobre lo que nos enoja, estableciendo un buen camino hacia la tolerancia y respeto por los demás, dándonos a nosotros lo que esperamos y deseamos para los demás, la paz se puede disfrutar como la transitoriedad de las hojas de otoño: debe ser valorada, querida y deseada, sabiendo que el ciclo puede alterarse, pero siempre se regresa a ella. Ese mismo recorrido de dar cuenta sobre lo que somos, es el mismo que se necesita para poder amar a otro que no seamos nosotros, amar la diferencia: ese el punto más alto de convivencia con los demás; alcanzar eso es, sin duda renunciar al yo, para darle a alguien más aquello que creemos valioso. Nuestro amor puede investirse de muchas maneras. Para pensar en una paz social habría que primero centrarnos en este concepto como presente continuo, en nuestro día a día, que como la mayoría de las cosas de la vida tienden a terminarse, no tanto por la guerra, sino por la fugacidad de la existencia. Nada dura para siempre, la vida suele ser muy difícil, llena de duelos interminables, que vienen a movernos todo, pero no por eso se deja de anhelar aquello que llamamos paz, un estado al que procuramos llegar, todos los días, la mayoría de los seres humanos. Si queremos tenerla, tenemos también que vivir días no tan buenos, esperando finalmente tener paz.

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“Fotografía, muerte y nostalgia”

Siempre han recurrido a mí, desde pequeño, ciertas imágenes que me han llenado de nostalgia y melancolía; probablemente a ustedes también les ocurra o por lo menos les haya pasado en una ocasión. Algún estanque desolado en medio de una lejana foresta; un atardecer en una ciudad desconocida; una calle llena de hojas muertas de otoño; una sala de estar en una vieja casona en la que se filtran unos lánguidos rayos solares en la que nunca hemos estado, y, sin embargo, sentimos aquella imagen tan nuestra.

Todas las escenas anteriormente dibujadas son susceptibles de aparecernos, la mayoría de las veces, por medio de la fotografía, por lo que no es extraño que el trabajo de algunos fotógrafos nos llame tanto y de manera tan profunda la atención, ya que muchas de estas obras nos retrotraen a aquellos paisajes.

Hace unos pocos días estas ideas comenzaron a circular en mi mente gracias a la lectura de La cámara lúcida del célebre pensador francés Roland Barthes. En dicho texto, Barthes pretende llevar a cabo un análisis de la fotografía, pero a diferencia de otras reflexiones que el arte fotográfico ha suscitado (recomiendo Breve historia de la fotografía y La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica de Walter Benjamin y Sobre la fotografía de Susan Sontag), el objetivo del semiólogo francés no es dar cuenta de las implicaciones políticas o sociales de la fotografía; no, lo que Barthes propone es poner al “yo” como centro de las reflexiones que llevará a cabo.

La cámara lúcida nos habla de la fotografía – o mejor dicho, “de las fotografías”, porque hablar de La Fotografía sería algo imposible, según el autor – a partir de una experiencia que golpea a Barthes de forma fulminante: la muerte de su madre. En palabras del propio autor, ella significaba absolutamente todo para él, y sin ella, la vida pierde prácticamente todo su sentido. Es en ese momento cuando Barthes encuentra una foto de su madre (la denominada “Foto del Invernadero”) donde algo, un detalle indecible e insignificante a primera vista para cualquiera, lo trastoca de una forma tan poderosa que le resulta imposible no analizar de qué se trata, y es que hay “algo” ahí tan poderoso que ni siquiera pudo ser advertido por el propio autor de la fotografía, que nos “hiere” y nos “punza” (de ahí el término en latín utilizado por Barthes: punctum).

Después de leer este texto tan sui generis, sentí la enorme necesidad de pensar en todo lo dicho ahí. Ha habido a lo largo de mi vida una serie de fotos que, al igual que le sucedió al autor con La Foto del Invernadero, me han “herido” en lo más profundo. Pienso de inmediato en la obra del fotógrafo francés Eugène Atget, la cual nos sumerge en las calles de París, pero no del París que aparece en las postales tan difundidas ni conocidas; no el París del glamour y las boutiques; no, la obra de un fotógrafo como Atget nos transporta a un París que pocos conocen y en el que se escondían las verdaderas historias de esa ciudad; la obra de Atget expresa la necesidad de encontrar ese París que – y el autor lo sabía – estaba a punto de desaparecer, y por lo tanto existía la obligación de dejar un registro de esa “otra” ciudad. En aquellas imágenes resuenan los poemas de Baudelaire y se puede oler el perfume de la soledad y la añoranza.

La idea básica de las reflexiones de Barthes en la presente obra es que, finalmente, toda fotografía suscita una reflexión por la muerte, ya que en última instancia lo que una fotografía nos dice es “esto ha sido”. De ahí el carácter nostálgico que ciertas imágenes fotográficas contienen para nosotros. Para Barthes, la fotografía capta un momento único e irrepetible que no puede ser secuenciado y que tampoco puede insertarse en una serie de otras imágenes, cosa que distingue a una fotografía de una secuencia cinematográfica: “¿Es que acaso en el cine añado algo a la imagen? No lo creo; no me deja tiempo: ante la pantalla no soy libre de cerrar los ojos; sino, al abrirlos otra vez no volvería a encontrar la misma imagen; estoy sujeto a una continua voracidad”, dice el autor en La cámara lúcida.

Manuel Álvarez Bravo, El ensueño, 1931.

Aquella jovencita de la foto fechada en 1931 de Manuel Álvarez Bravo titulada El ensueño, con toda seguridad ha muerto ya para el momento en que redacto estas líneas, y eso hace que salte a la vista otro aspecto de la fotografía: al ser fotografiados, nuestra imagen deja de pertenecernos, y a partir de ahí, incluso después de nuestra propia muerte, le pertenece a cualquier posible spectator. Por eso nos preocupa que nos tomen una fotografía, y eso se hace evidente cuando sabemos que seremos fotografiados e intentamos mostrarnos como nos gustaría que los demás nos vean, sea en una fiesta familiar o para un diploma o para lo que sea, no importa, la fotografía siempre conlleva una pose del individuo que sabe que, después de ser tomada la fotografía, ese “yo” se deja de pertenecer a sí mismo; nuestro “yo” y el ser representado en la imagen fotográfica se convierten, desde ese momento, en dos entidades separadas.

¿Y ustedes, qué opinan de la fotografía?

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