Ormurin Langi

Cursando el tercer y último año de mi bachillerato, comencé a frecuentar a unos compañeros de clase que conocía desde primaria, pero con los que nunca había convivido. Por esos momentos de mi vida, tenía unos muy buenos amigos y a quienes siempre llevaré con mucho cariño en mis recuerdos, pero la verdad es que no teníamos tanto en común, por lo menos con la mayoría de ellos. Cuando comencé a salir con Daniel y con Nacho en ese último año de preparatoria, por primera vez sentí que estaba en el ambiente correcto: hablábamos de filosofía y de Lovecraft mientras tomábamos ron escuchando a Led Zeppelin y a The Doors. Por ese entonces, la mayoría de las reuniones las hacíamos en casa de Nach, y más allá de las fiestas, su cuarto se convirtió muy pronto es uno de mis lugares cotidianos. Desde la primera vez que entrabas a su habitación, se podía sentir una suerte de calidez y de confianza. Tenía un poster de Edguy en la puerta de su closet, libros, una serpiente, su gatita Freya, una bandera de Suecia y una espada, entre muchas otras cosas que aún recuerdo y que podría seguir enlistando.

Fue en esa época con esos nuevos amigos que conocí a la banda de Viking Metal, Tyr, y desde la primera vez que los escuché se convirtió en una de mis favoritas. Nacho me prestó los dos primeros discos de la banda proveniente de las Islas Feroe: How Far To Asgaard y Eric The Red. Era un tipo de música que, para ese entonces, yo nunca había escuchado. Lo que más me gustaba de Tyr era repasar todas las leyendas y pasajes mitológicos e históricos de las civilizaciones nórdicas que narraban sus canciones.

Cuando yo llegué a ese grupo de amigos, Tyr ya era una parte importante de los rituales propios del círculo: cantar a todo volumen Wild Rover y beber alcohol cada que se mencionara el título de la canción. Fueron incontables las tardes y noches que pasamos en casa de Nacho bebiendo, charlando y escuchando música hasta caernos de borrachos. Recuerdo bien que, para alguien como yo al que nunca le fue fácil hacer amigos, fue un gran momento de mi vida, porque de inmediato me incluyeron con gusto en ese grupo y me hicieron sentir como si yo fuera parte del mismo desde siempre.

Una tarde, saliendo de la preparatoria, fui con Nacho a su casa. Como dije antes, ya no sólo iba cada que había una reunión, sino que se volvió algo común que pasaramos, solo él y yo, horas platicando, hasta que me tenía que regresar a mi propia casa antes de que me cerraran el metro. Una de esas tardes, particularmente nublada – o por lo menos así la recuerdo – en vísperas del ocaso, Nacho me dijo que quería enseñarme algo. Nos sentamos en su computadora y abrimos YouTube, esa plataforma todavía independiente y rudimentaria que tenías que dejar cargar 10 minutos para poder ver un video completo. Nacho abrió el video de la canción Ormurin Langi de Tyr, y comenzó a narrarme toda una historia. Se trataba de una canción perteneciente al folclor medieval escandinavo, que contaba una guerra entre el rey de Noruega y el de Dinamarca. La letra, compuesta por varios versos y un coro, repasaba la historia de dicho conflicto y el cómo, con la construcción de un poderoso Drakkar en forma de serpiente (significado de Ormurin Langi) se había conquistado al pueblo enemigo. Yo estaba inmerso en lo que Nacho me decía, acompañado todo ello del poema que sonaba. Poco a poco la tarde se fue convirtiendo en noche, y sin darnos cuenta, quedamos en completa oscuridad en su cuarto, alumbrados sólo por la luz tenue de la pantalla de su computadora. El video eran unos niños de no más de 10 años representando la batalla entre esos dos reyes, todos ataviados con la indumentaria vikinga utilizada para la guerra. Mientras lo veíamos, Nacho me seguía contando sobre la mitología y la historia nórdica, y de cómo la música que escuchábamos estaba llena de nostalgia por recordar esos momentos gloriosos marcados por valores de guerra y honor.

Han pasado muchos años, y todavía sigo escuchando a Tyr, y todavía sigo recordando esas reuniones, pero, sobre todo, cuando comienza a sonar Ormurin Langi en mis audífonos, recuerdo esa tarde que fue sólo una de las muchas en que Nacho me enseñó un montón de cosas que hasta hoy en día no he olvidado.

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Tenía quince años, y hacía poco que acababa de comenzar mi primera relación de noviazgo. Ella era una conocida por parte de la familia de mi cuñada, y siendo que éramos tan jóvenes, sólo nos veíamos en reuniones familiares en las que coincidíamos. Ya saben, le estoy hablando de uno de esos “primeros amores”, como decimos aquí en México, una cosa “de manita sudada”.

Como dije, sólo nos veíamos muy de vez en cuando en algunas situaciones familiares, pero a inicios de ese verano, ella me habló y me dijo que se estaría quedando con su abuelita, y que, dado que iniciaban vacaciones, quizá podía visitarla más a menudo. Recuerdo incluso tener una charla con mi papá, de una seriedad tremenda, sólo para pedirle permiso y poder salir a verla ahora que se encontraría más cerca de la ciudad, ya que ella vivía en Tlalnepantla, y para un Rodrigo de quince años era inimaginable moverse hasta allá (incluso hasta la fecha sigue siendo así). Él iba manejando, y después de guardar silencio – un silencio que me pareció durar horas – me dijo que no le gustaba la idea, pero que yo tenía su permiso. A partir de ese momento, yo comencé a ir para sus rumbos: caminaba hasta el CENART, cruzaba el Río Churubusco, y tomaba mi pesera, la cual me dejaba en Mixcoac y de ahí caminaba para la Unidad de Plateros, donde su abuelita tenía un departamento. Recuerdo que en una de las muchas tardes que pasamos en ese departamento, compramos “pirata” El efecto mariposa, y esa fue una de las primeras películas que me dejaron pensando durante días. De esa forma, y sin que me diera cuenta, pasó todo ese verano.  

En mi trayecto, todavía con un discman enorme, color negro, metido en mi mochila, yo escuchaba discos para distraerme en el camino. Por ese entonces, descubrí el Imagine de John Lennon, y la canción que más me hace recordar esos días era Jealous Guy. Ahora, cada que escucho esa pieza musical, llegan de inmediato a mi memoria esos días que me parecen muy lejanos, y recuerdo con ese dejo de nostalgia toda mi ruta escuchando esa música. Los atardeceres de ese verano, el clima tan agradable que hacía, y cómo toda la Ciudad de México se me mostraba como un lugar listo para ser explorado. La frescura de esa juventud no podía ni imaginarse todas las cosas vendrían después. Para ese entonces, mi mayor preocupación era conseguir cincuenta pesos para invitar a esa que fue mi primera novia al cine. La vida era buena y el mundo era un lugar mucho más sencillo que ahora…

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5 películas incomprensibles que debes ver

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Nota al pie de página sobre el proceso de autopublicación

Hace no mucho leí en Twitter – ahora X – un comentario que decía algo así como que la autopublicación era “para perdedores”. Y sí, sé que nunca deberíamos tomarnos en serio un comentario en esa red social, ya que, buena parte de sus usuarios utilizan ese medio para tirar odio injustificado contra cualquier tema que se les antoje, pero también sé que un comentario en redes sociales significa una idea probablemente generalizada en varios sectores de la sociedad, por lo que no quise dejar de escribir algo al respecto.

Lo primero que me gustaría preguntarle a la persona de ese comentario es: vale, la autopublicación es para perdedores y sólo una publicación en términos tradicionales cuenta. ¿Cuántos libros publicados o autopublicados tienes hasta el momento? Sé que la pregunta es retórica, porque no se necesita haber publicado para criticar al mundo editorial, igual que no se necesita ser jugador de futbol para criticar el pésimo desempeño de la selección nacional, pero lo que sí dejaría ver esa pregunta retórica es que aquella persona lanza un comentario gratuito sin fundamento alguno, escondida en el anonimato de las redes sociales (como siempre, estoy seguro que, de frente y no detrás de un monitor, esa persona no podría sostener su palabra). Mi visión sobre el asunto es muy benjaminiana, quiero decir – y no es el lugar para resumir la filosofía del buen Benjamin – que la técnica no es mala ni buena por sí sola, sino que depende de la utilización que se le dé; en este sentido, podemos servirnos de las herramientas tecnológicas de hoy en día para darle “rienda suelta” a procesos creativos y simbólicos, y, en consecuencia, abandonar la posición pasiva de espectadores con la que los regímenes totalitarios tanto gozan. ¿Quién podría llamarle “perdedores” a todos aquellos artistas que, hoy por hoy, desde la comodidad de sus casas, se han hecho de los equipos mínimos suficientes para grabar sus piezas musicales y subirlas a YouTube o a Spotify prescindiendo de un contrato con una gran disquera para promocionarse? ¿Quién podría llamarle “perdedores” a los pintores que se han servido de WordPress para dar a conocer sus carpetas? ¿No hay incluso algo de revolucionario en hacernos con los medios de producción simbólica y darles la vuelta a las industrias culturales del mundo de las editoriales y disqueras? La persona que, detrás de su monitor, se sintió muy valiente para comentar que la autopublicación es para “perdedores” ni siquiera se dio cuenta de su actitud burguesa, contrarrevolucionaria y conservadora.

¿Por qué le tenemos tanto miedo a experimentos como Wattpad? Sinceramente, he leído algunas cosas de la plataforma, y varias de ellas me parecen pésimas (así como, seguramente, mi novela o las entradas de mi blog le podrán parecer pésimas a algunos), pero no por eso me atrevo a decir que Wattpad es para perdedores; incluso diría que, seguramente, muchas de las personas que escriben en Wattpad jamás pasarán de ahí, pero pienso que la plataforma le ha servido a muchos escritores amateurs para ir perfeccionando su técnica en el mundo de la escritura.

Acompaña a todo esto otro fenómeno que me molesta bastante: la idea generalizada de que la escritura es un hobby y no un trabajo serio. En cuanto publiqué Puta vida, me llegaron un montón de comentarios que me decían “ah, sí, yo también ya voy a publicar mi libro”; sobra decir que esas personas siguen sin publicar nada, porque ni siquiera tienen algo escrito. Lo que quiero decir con esto es que la escritura es un trabajo arduo y difícil, no una ocurrencia, por eso, aunque hoy por hoy exista la autopublicación, la verdad es que no cualquiera puede escribir un libro; para autopublicar, primero hay que haber escrito algo. Yo podría responder a la oferta laboral para volverme chef de un restaurante famoso, pero, aunque me dejaran trabajar ahí sin una entrevista, no duraría ni medio día en el puesto por no saber cocinar ni dirigir una cocina. Creo que esta actitud de “yo también voy a escribir un libro” responde al momento actual de la idea del emprendimiento; parece que sólo hace falta tener una buena idea para volvernos empresarios, o en este caso, escritores, prescindiendo de todo lo que realmente significa ser escritor, ¡incluyendo el propio acto de sentarse a escribir!

Y está el tema de las pequeñas editoriales: la publicación de Puta vida en términos de autopublicación no fue inmediata, sino que escribí a varias editoriales independientes, y el rechazo fue inmediato, incluso antes de leer la obra, ¿se imaginan el por qué? Bueno, pues en cuatro de cuatro editoriales me comentaron que no había presupuesto ni siquiera para el papel de la impresión. ¿Oye, Rodrigo, y por qué entonces, no acudiste a una de las grandes editoriales si el dinero era el problema? Pues lo hice, y lo primero que obtuve como respuesta fue un “sinceramente, sólo publicamos a autores reconocidos”. Llegamos a esa vieja paradoja de nuestra actualidad: ¿Cómo voy a convertirme en un autor de renombre si no es posible publicar por los medios tradicionales? Por esto y por muchas otras cosas, la autopublicación de Puta vida fue la mejor opción en su momento.

Tampoco es que cualquiera pueda autopublicar: las empresas digitales que permiten la autopublicación hacen revisión y dictamen de la obra que se desea subir a sus plataformas; en consecuencia, no sólo hay que tener algo escrito, sino que hay que tener algo con los estándares mínimos de calidad, tanto en forma como en contenido.

Y una última cosa: el proceso de autopublicación me permitió decir lo que se me pegara la gana en mi obra, sin ningún tipo de censura de ningún editor ni de ninguna otra persona por encima de mí.

Autopublicar Puta vida ha sido una experiencia que he disfrutado en todos los momentos del proceso, y si volviera en el tiempo, volvería a optar para dicha obra por la autopublicación. Quien autopublica se encarga de la edición, revisión de estilo y maquetación de la obra y, en mi caso, soy yo quien de mi bolsillo le estoy pagando a una diseñadora gráfica para todo lo relativo a esa parte del proceso para mi segundo libro próximo a salir. Y sí, utilizaré la herramienta de la autopublicación nuevamente.

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9 Discos de Punk en Español que Debes Escuchar

El punk ha sido uno de mis géneros musicales favoritos de toda la vida. Comencé escuchando a The Ramones y a los Sex Pistols cuando tenía catorce años, y desde entonces mi repertorio ha aumentado, desde bandas consagradas y mundialmente conocidas como The Misfits, Dead Kennedys o Bad Religion, hasta proyectos más underground e independientes…

Anna (Go to Him)

Era verano. Yo tenía quince años, y mis papás habían estado bebiendo en alguna cantina del, en ese entonces, Distrito Federal. Al siguiente día de la juerga, llegó mi mamá con un disco en las manos, y me dijo que se había acordado de mí; en la cantina donde se la habían pasado, un señor puso sobre su mesa una canasta con varios artículos, y entre ellos se encontraba una copia del álbum debut de The Beatles: Please Please Me. Por ese entonces mi hermano, mis padres y yo, solíamos ir los sábados al Tianguis del Chopo a buscar posters, pines, playeras y discos de bandas como The Ramones, Nirvana y The Cure, y, a pesar de que yo nunca había oído con detalle a los Beatles, supongo que mi madre imaginó al realizar la compra de ese día en la cantina que era una banda que yo ya escuchaba con regularidad. Quiero contextualizarlos: estamos hablando de una época en la que no existía YouTube, ni Spotify, ni ITunes, ni celulares que pudieran almacenar audio, y la única manera de escuchar música era a través de la radio o de medios físicos como el CD.

Inmediatamente le tomé cariño al disco porque me lo había dado mi madre. En ese entonces todavía compartía el cuarto con mi hermano; en medio de las dos camas, había una cómoda, y encima de ella, se encontraba una vieja grabadora que podía reproducir discos compactos, así que esa misma tarde, él y yo, pusimos el Please Please Me, y esa sería la primera vez que escucharía un álbum de los Beatles. Fue amor a primera vista. Todas las canciones me resultaron increíbles, desde que comenzó a sonar I Saw Her Standing There hasta la melosa Baby It’s You, todo el disco me pareció maravilloso. Estaba empezando a entender el por qué se hablaba de los Beatles como una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos. No hubo una sola pieza que no me provocara algo. Con el Please Please Me pude escuchar una de las caras más sencillas del rock. El álbum no contiene grandes instrumentaciones ni arreglos complicados, por el contrario, se trata de una batería, guitarra rítmica, guitarra principal y bajo, todo acompañado por las voces del cuarteto de Liverpool. Había una mezcla de sencillez y amor en todas esas canciones. No se trata de una de las obras más complejas y conceptuales de la banda, por supuesto (la mitad del álbum de hecho son covers de otros artistas), pero insisto, había una enorme belleza en la simplicidad de esas canciones.

Creo que el ejemplo más claro de ello es el cover de Arthur Alexander que le da título a esta entrada: Anna (Go to Him). Con sus apenas tres minutos de duración, es una melodía que transmite el sentimiento de tener que dejar ir a un amor; no hay más complicaciones, no hay más análisis, y aun así, Anna (Go to Him) llega y toca fibras sensibles. Chains, Ask Me Why, Do You Want To Know A Secret?, P.S. I Love You, todas son piezas que me llenan el corazón de alegría y nostalgia cada que las vuelvo a escuchar. En esas noches veraniegas, antes de dormir, conectaba unos enormes audífonos a la grabadora y escuchaba el Please Please Me una y otra vez hasta quedarme dormido.

Como dije desde el principio, esto pasó en un verano de hace más de 15 años, y últimamente estuve pensando en Please Please Me, este disco que me abrió la puerta a toda la discografía restante de los Beatles, y que hasta la fecha, ahora mismo mientras escribo, lo sigo escuchando con profundo cariño.

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7 libros de historia para comenzar

Continuaré con esta serie de listas sobre algunos libros que me parece que pueden ayudar a comenzar a estudiar las disciplinas a las que he dedicado mi vida académica. En esta ocasión, expondré siete libros de historia para todos aquellos que tienen interés en iniciarse o profundizar en los terrenos de Clío. Sin más, he aquí mis recomendaciones:

1.- Los nueve libros de la historia: el llamado “padre de la historia”, Heródoto, expone la primera gran descripción del Mundo Antiguo en esta obra. Se trata del primer escrito de la historiografía del mundo griego, en el que se relatan las investigaciones (palabra de donde proviene el término “historia”), sobre las Guerras Médicas que enfrentaron a los griegos y a los persas, suceso de extrema importancia para todas las civilizaciones configuradas a partir del Mediterráneo. Sin lugar a dudas, esta es una parada obligada para todo estudioso de la disciplina.

2.- Historia de la Guerra del Peloponeso: Tucídides fue un militar ateniense que participó directamente en los acontecimientos que son narrados en esta obra, por lo que nos encontramos con una fuente primaria. La obra es importante no sólo por esto, sino porque se trata del primer autor que se encuentra preocupado por la metodología a seguir para la labor del historiador. La relevancia historiográfica de este texto se pone de relieve de manera inmediata, por lo que pienso es otra parada obligada para todo aquel que busque indagar en la disciplina y en algunos de los acontecimientos más importantes del Mundo Antiguo.

3.- Apología para la historia o el oficio de historiador: Marc Bloch, personaje fundamental para el inicio y desarrollo de la Escuela de los Annales, nos trae en esta obra magistral toda una serie de reflexiones sobre qué significa la historia como disciplina y cuál es la labor del historiador. Desde apuntes sobre la metodología del quehacer histórico, hasta comentarios sobre el papel de la subjetividad de quien se dedica a la historia, la Apología para la historia o el oficio de historiador es un texto imprescindible en este campo.

4.- Historia del arte: entrando en unos de los terrenos de especialización del quehacer histórico, La historia del arte de Ernst Gombrich sigue siendo, hoy por hoy, el libro de cabecera para iniciarse en el estudio de la Historia del arte. Es la primera historia del arte que pretende hacer un análisis panorámico de la producción artística, comenzando desde la prehistoria hasta las vanguardias del siglo XX. Gombrich está considerado como uno de los exponentes más importantes de la Historia del arte; se trató de una figura que desafió varios de los prejuicios sobre la disciplina en su momento, y este texto sigue siendo hasta nuestros días una obra que no deja indiferente a nadie, sea que pertenezca al mundo académico, o sea que se trate de un apasionado por el arte y su devenir a través de los siglos.

5.- Pueblo en vilo: obra del historiador mexicano Luis González y González. Famosa y reconocida a nivel internacional por considerarse por varios autores como uno de los primeros textos de microhistoria – esto, sin embargo, no ha dejado de ser discutido con un tono de polémica –. Pueblo en vilo es un trabajo en el que se muestra la historia de San José de Gracia, Michoacán, tierra natal del autor. Luis González y González se ha vuelto todo un referente para la historiografía en México, por lo que la obra que ahora mencionamos posee amplio valor para el desarrollo de la disciplina en nuestro país y para muchas otras latitudes.

6.- Formas de hacer historia: el historiador británico Peter Burke coordina este libro en el que podremos encontrar algunos de los exponentes más importantes del quehacer histórico durante el siglo XX, época en que la manera de hacer historia sufrió importantes cambios, tanto en su metodología como en varios de sus presupuestos. En esta obra encontraremos toda una serie de nuevos enfoques de cara a cómo podemos pensar la disciplina y la labor del historiador. Hallaremos nombres de enorme importancia como Joan Scott que expone los “ires y venires” de la historia de las mujeres, o Giovanni Levi que expone los pormenores de la microhistoria. Formas de hacer historia, en consecuencia, es una obra sustancial para comprender las transformaciones de la labor histórica a partir del siglo XX.

7.- El pasado indígena: en esta obra, dos de los historiadores mexicanos más importantes, Alfredo López Austin y Leonardo López Luján hacen todo un recorrido por el pasado mesoamericano. Los periodos preclásico, clásico, epiclásico y posclásico son revisados de manera sistemática, estudiando los aspectos culturales, sociales, políticos y económicos de las ciudades más importantes de Mesoamérica, dejándonos ver la importancia de civilizaciones como la Olmeca, los Mayas, Cholula y Tenochtitlan. Texto imprescindible para todos los interesados en el periodo prehispánico.

Una vez más, termino esta entrada preguntándoles: ¿cuántos de estos textos conocían? ¿han leído alguno de ellos? ¿conocían a algunos de sus autores? Déjenme sus comentarios para poder seguir discutiendo y profundizando en todo lo relativo a la labor histórica.

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7 libros de filosofía para comenzar

Así como en una entrada anterior ya les recomendé 7 libros de psicoanálisis para quienes estén interesados en iniciar a estudiar la disciplina, hoy les traigo la misma idea, pero en relación a libros de filosofía. No se tratan de libros fundamentales, ni de los más importantes, sino que es sólo una consideración personal (y bastante imparcial, adviértanse) sobre algunos textos que pienso que pueden resultar interesantes para comenzar a leer filosofía. Igual que la entrada anterior, la lista no viene en ningún orden de importancia ni tiene ninguna jerarquía:

1.- El muro: este fue uno de los primerísimos títulos de filosofía a los que me acerqué. Tenía quince años, y yo formaba parte de un grupo de fans de The Cure. Después de un rato de estar ahí, me hice amigo de una chava mucho más grande que yo (no recuerdo su nombre, pero creo que por ese entonces ella tenía 23 años, aproximadamente). Me acuerdo mucho que nos la pasábamos platicando por Messenger (imagínense de qué época les estoy hablando), sobre todo los sábados en la noche, y fue ella quien me dijo que, si estaba interesado en estudiar filosofía, debería de leer El muro de Jean-Paul Sartre. Por esos días conseguí la obra y recuerdo que me pareció muy divertida y me hizo pensar bastantes cosas. Y ese fue mi primer acercamiento a la filosofía en toda mi vida. Curiosamente, no tengo ni idea de quién era esa persona como para agradecerle. Me parece que es muy interesante lo que esta anécdota refleja: nunca sabemos cómo ni de qué manera podemos llegar a influir en las vidas de otras personas; estoy seguro que aquella chica nunca imaginó que tendría tanto impacto en la vida de ese adolescente imberbe como para que su recomendación determinara, en gran medida, a lo que me dedicaría hasta el día de hoy.

2.- Los diálogos: por esa misma época, mi profesora de lógica en el bachillerato, Delia (de ella sí recuerdo perfectamente su nombre), se quedaba a platicar conmigo de filosofía unos minutos después de cada clase, y habiéndole yo contado que acababa de terminar de leer El muro de Sartre, me dijo que regresara al comienzo para seguir, y que leyera cualquiera de los Diálogos de Platón. Ahí sí no recuerdo con qué diálogo comencé, pero para fines prácticos de esta lista, pensé en qué diálogo podría recomendarles, y me decidí por el Fedón, diálogo de la época de madurez del filósofo ateniense que describe el momento de la muerte de Sócrates y que discurre sobre el tema de la inmortalidad del alma. Imperdible para cualquier interesado en la filosofía.

3.- Más allá del bien y del mal: cuando comencé a estudiar filosofía ya a nivel universitario, había un filósofo del que todos hablaban y uno de los primeros referentes que aparecían cuando se nos preguntaba por qué estudiar filosofía; me estoy refiriendo a Nietzsche. Por ese entonces, estudiar filosofía era casi sinónimo de conocer o estar interesado en la obra del filósofo alemán. Por mi parte, empecé a leer a Nietzsche poco antes de ingresar a la licenciatura. Bajando del Metro Taxqueña había un pequeñísimo puesto de libros donde, cada viernes, después de ahorrar toda la semana, compraba un libro de filosofía o uno de Lovecraft por sólo veinte pesos. Una de esas compras fue Más allá del bien y del mal de Nietzsche, y al igual que los otros dos números anteriores en esta lista, se trató de uno de mis primerísimos acercamientos a la disciplina. Hasta el día de hoy, más de 18 años después, sigo conservando ese libro en esa pésima traducción, en esa pésima editorial, pero con un enorme valor sentimental.

4.- La ética demostrada según el orden geométrico: “en conclusión, no existe la libertad”; de esa manera acabé una exposición que me dejaron para mi materia de bachillerato titulada “Historia de las doctrinas filosóficas”. El texto a analizar para dicha exposición era la Ética de Spinoza, y aunque en ese momento pensé que no había entendido mucho de la obra, mi profesor me felicitó por haber llegado a la conclusión mencionada. Años después volví al texto en licenciatura, y hoy en día deseo regresar de nueva cuenta, por tercera vez, a la Ética, para repensar el tema de las pasiones y de la causa sui.

5.- La idea de la fenomenología: en el primer semestre de la licenciatura, tuve la enorme fortuna y oportunidad de estudiar fenomenología con una de las grandes autoridades en el tema a nivel América Latina: la Dra. María Dolores Illescas. Tener que estudiar fenomenología husserliana en un momento tan temprano de mi formación académica sirvió para que comprendiera la seriedad del estudio de la filosofía: configuró en mí una idea que hasta el día de hoy sostengo: la filosofía debe poseer una rigurosidad estricta en su desarrollo, categorías, conceptos, metodología y conclusiones. A pesar de la dificultad de la fenomenología de Husserl, sus lecciones que nos llegan hasta el día de hoy con el nombre de La idea de la fenomenología significaron una enorme ayuda para mí en la comprensión del tema, y la puerta de bienvenida para mi interés en la fenomenología trascendental.

6.- Ética a Nicómaco: es uno de los tratados de ética más antiguos de la historia de la filosofía occidental, y a pesar de ello, es uno de los que se me muestran como de los más actuales. Hasta hoy en día, en mi vida cotidiana, no dejo de aplicar mucho de lo dicho por Aristóteles en su Ética; ideas como la del “justo medio” o la importancia de la prudencia y su relación con la deliberación, así como el análisis de la amistad o del concepto de “lo conveniente”, hasta hoy en día, siguen siendo para mí herramientas teóricas y prácticas que me acompañan en mis recorridos filosóficos.

7.- Confesiones: hace poco dejé leer este texto de San Agustín a algunos de mis alumnos de psicología. Varios de ellos fruncieron el ceño en señal de desaprobación – supongo que la mayoría pensó que se trataría de algo así como una clase de catecismo –. A la siguiente sesión, llegaron contentos y entusiasmados, con unas enormes ganas de poder discutir la obra del Obispo de Hipona. Las confesiones de San Agustín son una pieza fundamental de la filosofía occidental, escritas de una manera tan personal y a la vez tan profunda que no dejan de conmover y poner a reflexionar a quien sea que se acerque a la obra. Uno de los puntos más altos de la obra es aquel que tiene que ver con la pregunta sobre el tiempo, tanto así de que Husserl dirá en sus Lecciones de fenomenología de la conciencia interna del tiempo que nadie puede ocuparse filosóficamente del problema del tiempo sin haber leído el libro XI de las Confesiones.

Y bueno, como se habrán dado cuenta, muchos de estos títulos tienen que ver con anécdotas o momentos importantes en mi recorrido filosófico, por lo que sería bueno si pusieran en los comentarios si ustedes ya conocen algunas de estas obras, o decirnos cuáles fueron los libros que despertaron en ustedes su interés por la filosofía.

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7 libros de psicoanálisis para comenzar

El psicoanálisis es una de las disciplinas académicas con más contradicciones en el mundo académico y coloquial en nuestra actualidad: por un lado, todos usamos conceptos como “el inconsciente” y hay pocas personas que no hayan por lo menos escuchado el nombre de Sigmund Freud; por otro lado, no son pocos los que consideran que el psicoanálisis se trata de una charlatanería y que reducen todo el corpus teórico de esa disciplina a frases como “es que Freud dice que todo es sexo [sic]” o “es que Freud dice que todos nos queremos acostar con nuestras mamás [sic]”, frases, por supuesto, completamente incorrectas. El psicoanálisis, al igual que el marxismo – o, mejor dicho, los marxismos – son lugares comunes en muchas discusiones, pero la mayoría de las veces las personas que remiten a estos discursos han leído poco o nada sobre la materia. Es por eso que hoy les traigo 7 libros de psicoanálisis con los que pueden comenzar si es que les interesa no caer en esos lugares comunes y poco exactos (la lista no tiene ningún orden de importancia):

1.- El Complejo de Telémaco: obra del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, en la que aborda la cuestión de las paternidades en nuestro contexto actual. A mí personalmente, es una obra que me hizo reformular algunos supuestos básicos de la disciplina, ofrenciéndome nuevas perspectivas para el abordaje teórico y clínico de la función del Nombre del Padre. En un estilo agradable pero no por ello superfluo, Recalcati nos lleva de la mano por toda una serie de reflexiones imprescindibles para nuestra época que nos hacen detenernos y abordar temas como la criminalidad infantil. Considero que se requiere saber de algunos conceptos básicos del psicoanálisis freudiano-lacaniano, pero nada que una consulta en algún glosario en línea no pueda resolver.

2.- El cuerpo pornográfico: al día en que escribo esta entrada, El cuerpo pornográfico es el libro publicado más reciente de la psicoanalista argentina Silvia Ons. Se trata de una de las figuras más reconocidas en el ámbito del psicoanálisis en la actualidad, y con este texto nos demuestra el por qué. Ons parte del análisis del ideal del “hombre-máquina”, ese cuerpo al que ya no le está permitido fallar – incluyendo, por supuesto, todo lo relativo a las relaciones sexuales – lo que nos lleva a repensar las maneras en cómo los seres humanos nos encontramos estableciendo relaciones eróticas e interpersonales actualmente. El mundo digital nos aparece como un enorme cúmulo de información, incluyendo todos los contenidos pornográficos, los cuales se encuentran modificando la manera en que nos desenvolvemos socialmente. Al igual que con el texto de Recalcati, considero importante tener conocimiento de algunos conceptos psicoanalíticos básicos.

3.- Estudios sobre la histeria: este texto escrito por Freud en colaboración con Josef Breuer es una de las piezas fundacionales del psicoanálisis (si bien para la época de su escritura ni siquiera existía el concepto de psicoanálisis como tal). En esta obra no sólo podemos ver desplegado el enorme talento que tenía Freud para redactar y desarrollar sus casos clínicos sobre el papel, sino que también nos enfrentamos a momentos imprescindibles para el desarrollo de los posteriores saberes psicoanalíticos. Pasajes de tanta relevancia como aquel en que Anna O. hablar por primera vez de la talking cure se encuentran en esta valiosísima obra publicada a mediados de los 1890’s.

4.- El retorno del péndulo: esta es una parada obligada para todos aquellos que piensan al psicoanálisis desde (o para) los análisis de fenómenos culturales y sociales. Se trata de una recopilación de conversaciones y correspondencia entre el psicoanalista argentino Gustavo Dessal y uno de los pensadores más importantes de todo el siglo XX: Zygmunt Bauman, a quien la mayoría de ustedes reconocerá por sus ideas a propósito de lo que él mismo denomina “La modernidad líquida”. Desde discusiones sobre el terrorismo, hasta revisiones sobre conceptos como “biopolítica” y “estado de excepción”, El retorno del péndulo es una obra en la que vale la pena detenerse para aquellos interesados en el campo de la psicología social, las ciencias políticas y en el de la propia sociología. Considero que los conceptos básicos del psicoanálisis freudiano-lacaniano y aquellos pertenecientes a la obra de Bauman son importantes para la comprensión de este texto.

5.- El goce. Un concepto lacaniano: uno de los psicoanalistas más importantes de nuestra región, Néstor Braunstein, nos entrega una obra magnifica en la que se resumen los aspectos teóricos y clínicos más importantes para el estudio y la comprensión del “goce”, concepto que, como lo indica el nombre del presente libro, se trata quizá de la aportación más importante de Jacques Lacan al mundo del psicoanálisis. Si bien la obra es bastante complicada, aun así representa una guía para todos aquellos que pretenden estudiar el psicoanálisis lacaniano pero que se han visto obstaculizados por la oscuridad del propio Lacan, ya sea en sus seminarios o en sus diversos escritos. Dicho esto, si bien El goce de Braunstein no es un libro para principiantes, considero que puede ayudar muchísimo para aquellos que buscan iniciarse en los callejones del psicoanálisis lacaniano.

6.- Historias de amor: una de las psicoanalistas más importantes de todo el siglo XX, Julia Kristeva, nos entrega toda una serie de reflexiones en torno al amor desde la perspectiva de los estudios psicoanalíticos. La obra resulta apasionante y muy amena, aun cuando los lectores que decidan acercarse a ella no sean expertos en psicoanálisis. Como la mayoría de los títulos de esta lista, se requiere de un conocimiento básico de los conceptos pertenecientes al psicoanálisis freudiano-lacaniano, lo que será recompensando con toda una serie de pasajes profundos sobre la experiencia del amor en el ser humano.

7.- Freud: una interpretación de la cultura: este libro de Paul Ricoeur marcó un “antes y un después” en la historia, no sólo del psicoanálisis, sino de la propia filosofía del siglo XX, comenzando por el hecho de que es aquí donde el filósofo francés propone el término de los “maestros de la sospecha” para referirse a Freud, a Marx y a Nietzsche. Me parece que es un texto que puede servir mucho para comenzar con el estudio del psicoanálisis, ya que Ricoeur analiza desde distintos puntos de vista varios de las aristas sustanciales de la obra Freud, pasajes que van desde La interpretación de los sueños hasta los puntos de contacto entre el psicoanálisis y la hermenéutica filosófica.

Y bueno, pues estas serían las 7 recomendaciones que yo dejaría aquí. Por supuesto que considero que existen muchos otros textos introductorios al psicoanálisis, pero aquí les puse algunos de los primeros que vinieron a mi mente y de los cuales más he disfrutado. Si desean algunas recomendaciones sobre temas en específico de psicoanálisis o una segunda parte de esta entrada, no olviden dejar sus comentarios.

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Una cerveza y un mezcal

Llegué a la misma cantina de siempre y pedí la promoción usual: una cerveza y un mezcal. Mientras esperaba, un joven mesero no dejaba de verme, como si estuviera intentando encontrar algo en mi persona. Yo, con los ojos clavados en mi sucia mesa continúe esperando. De pronto, llegó el mesero de mirada intrigante y…

El mejor disco de toda la historia: Bat Out Of Hell

Verano del 2005: mi hermano y yo estábamos de vacaciones y en uno de esos días de descanso veíamos VH1; como parte de la programación, salió una película biográfica sobre el que se aseguraba, era uno de los artistas de rock más grandes de todos los tiempos: Meat Loaf. Nos quedamos viendo todo el documental…

Te imaginé…

Imaginé que, en una tarde de verano, mientras veía la televisión y fumaba un cigarro, alguien tocaba a mi puerta, mientras oía la lluvia caer.   Imaginé cómo se formaba un rostro de incertidumbre y angustia en mi ser, e imaginé levantarme con zozobra y caminar para abrir. Imaginé ver tu rostro del otro lado…

Tokio 1980

Era el último día de mi residencia en Tokio. Después de dos años de estudiar en Japón, debía de regresar a la Ciudad de México en unas horas más. Ella y yo estábamos en medio de Shibuya, y el atardecer nipón era poco a poco desplazado por la noche. Los colores púrpuras y carmesí en el cielo se combinaban con los azules oscuros que estaban a punto de consumirlo todo. Algunas estrellas y la luna ya podían visualizarse en esos momentos.

Su nombre era Akane Matsumoto, y para ese entonces teníamos siete de meses de haber empezado a salir. Aunque parecía que el tiempo de estar juntos era poco, nuestra relación era seria debido a la intensidad con la que ella y yo la habíamos vivido. En nuestros ojos se podía ver, detrás del brillo despertado por el romance y esa intensidad antes mencionada, la tristeza y la nostalgia al saber que sólo nos quedaban unos cuantos minutos más antes de que nos tuviéramos que despedir. Intentábamos no pensar en eso. En medio de esa ruidosa multitud, parecía como si sólo existiésemos nosotros.

Teníamos el estómago lleno ya que acabábamos de comer, por lo que decidimos ir a un bar. Caminamos sin rumbo por un rato, y ya bien entrada la noche entramos a una especie de cafetería que tenía puesta la música a muy alto volumen, y sin saber bien el por qué, ese fue el detalle que hizo que nos decidiéramos por ese lugar. Adentro se encontraba un señor como de unos sesenta años que no dejaba de fumar y de beber cerveza, y en otra mesa estaban dos mujeres como de veintitantos años que no cesaban de reír, y comentaban algo sobre un examen que debían de presentar la siguiente semana. Akane y yo pedimos un par de cervezas que llegaron casi de inmediato. En cuanto arribaron los tragos, a los dos nos invadió un profundo sentimiento de pena; pude ver cómo se sonrojaron sus ojos, y cuando ella observó que la estaba viendo a punto de estallar en llanto cambió con velocidad su estampa y me sonrió; me sonrió con esa sonrisa que había cambiado mi vida en estos últimos siete meses. De nueva cuenta, pretendimos que ninguno de los dos sabía que estábamos viviendo nuestros últimos momentos juntos. Con su mano derecha, tomó por detrás de su oreja un pedazo de su cabello y empezó a juguetear con él, haciendo y deshaciendo remolinos. Yo amaba todo de ella, desde su piel color nieve, hasta la última punta de ese cabello negro, largo, lacio, y que no importaba cuándo lo oliera, siempre tenía ese gusto a sakura del cual no me podía cansar.

De pronto, comenzó a sonar Stay With Me de Miki Matsubara; por esos días no era raro escuchar esa canción en todas las estaciones de radio y tiendas de discos en Tokio. Casi de inmediato, Akane tomó mi mano emocionada y me arrastró para que bailáramos juntos: Stay with me, mayonaka no doa o tataki, kaeranaide to naita, ano kisetsu ga ima me no mae. A pesar de que estábamos frente a frente, en la oscuridad de ese establecimiento alumbrado sólo por un par de luces neón y una bola “disco” de tipo occidental, lo único que podía notar con claridad eran sus ojos de cielo y sus dientes perfectos, también color nieve. Ella bailaba de manera extraordinaria, como si le hubiese dedicado su vida a la danza, mientras que yo sólo podía intentar torpemente seguirla en sus pasos, cosa que a ella le daba muchísima risa. Llegado cierto momento, volteé y pude notar cómo las dos estudiantes y el anciano nos veían, y las tres figuras sonreían; las colegialas nos contemplaban como anhelando eso que veían en nosotros para ellas, y la sonrisa del anciano estaba atravesada por una melancolía, quizá al recordar un amor como el nuestro en su propia vida: Stay with me, kuchiguse wo ii nagara, futari no toki wo daite, mada wasurezu, daiji ni shite ita. Mi japonés no era tan fluido todavía, y su español, que le había estado enseñando en esos siete meses tampoco era muy claro, pero no hacía falta que dijéramos mucho, podíamos pasar horas sólo viendo los ojos del otro, y esa era toda la comunicación que necesitábamos.

El tiempo pasó como agua, y al mirar nuestros relojes, nos dimos cuenta que era casi medianoche y que había llegado el momento de decir adiós. Acordamos que me acompañaría al hotel que reservé para poder ir en la mañana al aeropuerto, así que nos dirigimos hacia Kabukichō. Llegamos, y el distrito, como siempre, estaba lleno de vida nocturna: la gente no dejaba de pasar en oleadas que se asemejaban a las representadas por Hokusai, y a lo lejos, otra vez, se podía escuchar Stay With Me. De la nada comenzó una lluvia torrencial, y fue como si no nos importara, porque nos quedamos viéndonos mientras el aguacero empapaba hasta el último milímetro de nuestros cuerpos. Su cabello comenzó a aparecerme como una cascada oculta en algún bosque del lejano país, y a pesar de que no era muy bien visto, finalmente, ahí, en medio de la calle rodeada por izakayas y máquinas pachinko nos abrazamos y nos besamos con una pasión y una tristeza bien mezcladas. Nunca pude saber si las gotas que llenaban nuestros rostros se debían a la lluvia o a las lágrimas que ya no pudieron esperar más para salir: soko ni anata wo kanjite ita no.

Nos separamos, y cada quien tomó su rumbo. Lo último que pude sentir fue la yema de uno de sus dedos. Ninguno de los dos volteó, sabíamos que hacerlo sólo acrecentaría el enorme dolor que ambos experimentábamos. Nunca se lo mencioné, pero si ella hubiese dicho un “quédate” o algo parecido, hubiera dejado todo por permanecer a su lado.

Quedamos que regresaría en doce meses para poder pasar el resto de nuestras vidas juntos. Nunca la volví a ver. Han pasado 40 años, y esa herida en mi corazón sigue abierta: kaeranaide to naita

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Me amarás…

Me amarás… Me amarás desde siempre y para siempre, desde la noche en que nuestros labios se juntaron en un beso que sabía a clandestinidad. Me amarás con cada mensaje y con cada fotografía, con cada sonrisa y con cada lágrima extraviada en lo fugaz. Me amarás en ese motel de mala muerte, en el…

The Midnight Gospel: una cura contra el dolor

Han pasado ya algunos años desde que, por motivos de la expansión del COVID-19 a nivel mundial y de forma acelerada, tuvimos que resguardarnos en nuestros hogares. Fue en ese entonces, y debido a dicha situación, que muchos de nosotros encontramos una buena manera de pasar el tiempo descubriendo series y películas en diversos medios…

Mis amados muertos

Caminé por el Panteón Español; eran aproximadamente las 11 de la mañana. El sol matutino pegaba de una manera agradable, y la brisa del viento estaba acompañada de un sentimiento de tranquilidad y nostalgia. Se escuchaban los sonidos de la naturaleza que bordeaban las tumbas y los monumentos funerarios de todo ese espacio; casi parecía que no me encontraba en la Ciudad de México, una de las más tumultuosas y estridentes del mundo. Ahí, en esa caminata, había dejado de ser presa del ruido y el movimiento de la urbe, para centrarme de manera relajada y pacífica en mis propios pensamientos. Caminando entre las lápidas y estelas, llegó a mí un sentimiento de plenitud, y envidié a todas esas almas y cuerpos que descansaban sin tenerse que preocupar de ninguno de los asuntos de la mortalidad. Leía con cuidado cada uno de los nombres y apellidos de todos esos seres, otrora humanos. ¿A dónde se han ido? ¿Dónde se encuentran? ¿Cuántas historias tendrían para contarme todos ellos? Y entonces comprendí algo: quería estar allí, donde sea que estuviesen, y reposar a su lado. ¡Cuánto me gustaría poder escuchar eternamente esos sonidos de la naturaleza y repetir una y otra vez esa caminata! ¡Cuánto me gustaría poder postrarme en esa hierba descuidada y observar ese cielo azul sin nada más que turbara mi alma!

Quisiera que todos mis seres queridos celebraran mi muerte, y no tanto mi vida, entendiendo que mi más grande deseo ahora pasa por querer descansar con los muertos, deleitándome de manera incansable con aquellos verdes árboles. Me gustaría que el día de mi muerte, sin importar cuándo y cómo llegue, familia y amigos emprendieran una gran fiesta llena de vino, música y comida, porque sabrían que se habría cumplido mi más grande anhelo.

Han sido años de enseñar a oleadas de estudiantes sobre arte gótico, y sólo en esos momentos de mi recorrido en el camposanto comprendí que más allá del análisis de los arbotantes, rosetones, arcos y bóvedas, quería descansar para siempre en una de esas edificaciones. Sólo en ellas la contemplación estética se vería consumada.

Ay, mis amados muertos, qué suerte tienen ustedes, qué felices se han de encontrar de vivir eternamente con ese sentimiento de alegría y virtud, viendo al mundo pasar con sus desgracias, mientras ustedes duermen placenteramente en ese lugar donde ya nada les representa amargura o preocupación. Tarde o temprano, todos abordaremos el navío de Caronte, y mientras que para algunos eso es motivo de angustia, para mí, estando ese día con ustedes, eso se me anunció como una promesa.

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¿Cuántas lunas?

¿Cuántas lunas habré observado antes de dormir? ¿Cuántas de ellas me habrán bañado con sus rayos repletos de melancolía y tristeza? ¿Cuántas veces habré deseado desvanecerme en esos parajes nocturnos? ¿Cuántas lunas habrán sido testigos silenciosos de mi angustia y soledad? ¿Cuántas lunas habré observado antes de dormir, deseando no ver ni una sola más?

In My Restless dreams…

Yo comencé en el mundo de los videojuegos desde muy niño, como ya había mencionado en muchas otras entradas; y desde siempre me ha gustado todo lo relativo al mundo del terror, como también he mencionado en entradas anteriores; en consecuencia, los videojuegos de terror siempre fueron algo por lo que sentí una especial atracción.…

Exequias

Hace un par de meses murió mi abuelita, María Leonor Rodríguez, y la siguiente entrada es para hablarles de uno de los primeros recuerdos de toda mi infancia en el que ella fue la actriz principal de esa memoria.

Mi abuelita, originaría de la Ciudad de México, específicamente del Barrio de San Pedro en Iztacalco (lugar en el que yo también nací), después de unos años se fue a vivir a San Francisco Atexcatzinco, en el estado de Tlaxcala. Esto sucedió, más o menos, cuando yo tenía unos cinco años (si la memoria no me falla). Se trataba de un pueblito el cual, en ese entonces, no contaba con calles pavimentadas ni con luz eléctrica, por lo que recuerdo que las primeras noches que pasábamos ahí debíamos de echar mano de velas y veladoras para alumbrarnos. A un costado de la casa de mi abuelita se extendía una enorme milpa que parecía no tener fin alguno. De frente a la misma casita, se encontraba el camposanto del pueblo, por lo que, como ya se imaginarán, todo el escenario nocturno se anunciaba como el lugar perfecto para madrugadas terriblemente oscuras y que, mi abuelita, acompañaba con varias historias de terror y leyendas populares, aquellas que iban desde la aparición de La Llorona y nahuales, hasta el encuentro con ánimas provenientes del purgatorio. Los recuerdos de esas noches profundas siguen apareciendo a en mi mente de manera periódica.  

Para entrar a San Francisco Atexcatzinco se debía cruzar un puente de madera, y, como ya mencioné, ante la ausencia de luz eléctrica los autos debían de pasar con el mayor cuidado posible. En ese puente, narraba mi abuelita, se aparecía El Jinete sin Cabeza, por lo que debíamos de atravesar ese espacio con la mayor rapidez posible. Mi padre tuvo varios desencuentros con mi abuelita, reclamándole que me dejara de contar todas esas lúgubres historias, pero es que era yo quien le pedía que, noche tras noche, no parara de relatarme todos los pormenores de esas apariciones y espectros de la platea saturnina. No era poco común que ella se escapara, ya entradas las altas horas de la noche, para ir la cama en la que yo me quedaba y narrarme todas estas historias.

Desde que tengo memoria, he vivido fascinado por los relatos de demonios y fantasmas, de almas en pena que vagan por nuestro mundo de manera triste y desolada, y hasta hoy en día, para el cine y la literatura, estos siguen siendo mis motivos preferidos.

Unos tres años atrás, desde la fecha en que escribo estas palabras, mi abuelita tomó un curso que ofrecí, intitulado “La construcción de la figura histórica del diablo”; en la última sesión, uno de los participantes me preguntó cuál era el origen de mi fascinación por los temas del inframundo y lo demoniaco, y aprovechando que mi abuelita estaba tomando dicho curso, narré – palabras más, palabras menos – las anécdotas que ahora les comparto. Qué mejor homenaje para ella el expresarles la forma en cómo, hasta el día de hoy, esa viejecilla echó a volar mi imaginación y sin la cual, seguramente, no podría dedicarme a mi escritura, la cual, buena o mala, forma parte imprescindible de lo que soy y he sido durante muchos años.

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Si algo me pasa, los quiero…

Pocas veces me encuentro con algo tan desgarrador como el cortometraje del que les vengo a hablar el día de hoy. Si algo me pasa, los quiero es un filme escrito y dirigido por Will McCormack y Michael Govier ganador del Oscar a “Mejor cortometraje de animación” en el año 2021, y cuando uno lo…

Metalocalypse: una serie BRUTAL

Adult Swim nos ha regalado varias joyas de la animación para adultos con el paso de los años; quizá la más famosa en la actualidad sea Rick and Morty, pero esto no significa de lejos que sea la única. Hoy les vengo a hablar de Metalocalypse, animación producida por Adult Swim y emitida por primera…

Nassau

Estábamos mi hermano y yo afuera de alguna plaza comercial de Acapulco esperando a que salieran nuestros padres. Ya era de noche, y la brisa tropical del puerto hacía que el ambiente nocturno fuese lo suficientemente agradable como para haber decidido no entrar a comprar los suministros para hacer la cena y, en su lugar,…