Los Reyes de la Colina es una serie demasiado infravalorada

Ya he escrito sobre otros trabajos de Mike Judge aquí en el blog, y ahora quiero hablar de otra serie animada que, junto con Beavis and Butt-head, es una de las mejores entregas del actor y productor norteamericano; me refiero a Los Reyes de la Colina, serie emitida por Fox desde al año de 1997 hasta el 2010. El programa de televisión recibió durante toda su vida varios reconocimientos, tanto del público como de la crítica, incluyendo menciones por parte de la revista Time y habiendo ganado dos Emmys. Entonces, ¿por qué menciono desde el título de esta entrada que considero que es una serie demasiado infravalorada? Bueno, pues porque, a diferencia de Los Simpson, South Park, o animaciones para adultos más recientes como Rick and Morty o BoJack Horseman, se habla poco de esta serie; de hecho, estoy casi seguro que para muchos de ustedes, esta será la primera ocasión de la que escuchan hablar sobre este show.

La serie se centra en los Reyes, una familia suburbana de clase media que reside en el estado de Texas, conformada por Héctor, Peggy, Beto y Lola, quienes están acompañados por toda una pléyade de personajes secundarios. Al igual que como lo mencionaba en el caso de Daria, la serie está tan bien escrita que llegamos a conocer aspectos de la vida de cada uno de los personajes. Todos ellos poseen un arco narrativo que vemos desarrollarse a través de las 13 temporadas, entendiendo sus miedos, fallos, aciertos, esperanzas e ilusiones.

Desde la icónica introducción, los Reyes de la Colina divierte y emociona.

El humor, al tratarse de un show de Mike Judge, es ácido e irreverente en muchos momentos, hablando en varias ocasiones de problemas como el racismo, la sexualidad humana, la infidelidad en las relaciones amorosas y la guerra; como toda buena comedia, Los Reyes de la Colina aborda estos temas sacándonos varias carcajadas y haciéndonos reflexionar al mismo tiempo, y aun así, por más descabelladas que puedan resultar las circunstancias, este programa siempre termina por darnos una lección profunda sobre las relaciones humanas. A diferencia de otras series de comedia como The Big Bang Theory, en la que parece que los escritores siempre le tuvieron miedo a incluir momentos sentimentales, Los Reyes de la Colina no deja de conmovernos en más de una ocasión y de manera recurrente, sin perder el toque cómico; creo que eso es lo que hace que una comedia alcance la grandeza (y es que hasta Rick and Morty tiene momentos especialmente enternecedores), porque, al igual que en BoJack Horseman, Malcolm In The Middle, o las primeras temporadas de Los Simpson, estamos ante personajes que, en última instancia, se enfrentan a la cotidianeidad desde el lado más humano. Claro, existen programas como Seinfeld que recurren poco al recurso sentimental, pero es que sabemos que, desde el comienzo, no es el objetivo de la sitcom mostrar ese lado humano, sino, como definiría Aristóteles a la comedia en su Poética, se restringe a mostrar el lado más absurdo o poco admirable de la condición humana, pero, en muchos otros lugares de la televisión del siglo XX y XXI, estos aspectos irán acompañados de situaciones que nos dejan pensando en el primer amor, las relaciones entre padres e hijos y la amistad. Héctor, por ejemplo, lidia en muchísimas ocasiones con tener que superar varios de sus prejuicios, propios de un adulto conservador de mediana edad, para poder amar y comprender a su esposa, a su hijo, a sus compañeros de trabajo y a sus amigos.

Podría continuar rescatando varios aspectos de este maravilloso programa, pero como siempre, considero que es mejor que ustedes le echen un ojo, y, probablemente, después de “anclarle el colmillo” a Los Reyes de la Colina, quizá terminen estando de acuerdo conmigo en que es un programa de televisión que deberíamos tener más presente hoy en día.

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Acapulco 1996

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Acapulco 1996

Hace poco tuve la oportunidad de viajar a Acapulco. Desde que tomé la carretera, una serie de recuerdos comenzaron a llegar, y es que ese fue el lugar donde conocí el mar por primera vez y donde se encuentran varios de los primeros recuerdos de toda mi vida. Sobre todo, las memorias que aparecieron en esta última ocasión tuvieron que ver con mi padre.

Él es un gran aficionado a los viajes, y es por eso que, como comenté más arriba, desde muy pequeño solíamos ir cada que se podía al puerto de Acapulco. Hacíamos todo lo que se “tiene” que hacer ahí: la quebrada, la lancha con fondo de cristal, caleta y caletilla, ir a las cenadurías para pedir un pozole estilo Guerrero, pasear por el malecón, etc. Él es un gran aficionado de nadar en mar abierto, por lo que la playa que más visitábamos era “Revolcadero”, y unos años después nos volvimos fieles de la “Bonfil”.

Había algo en Acapulco que siempre me pareció “mágico”; bueno, ni siquiera sé si esa es la palabra; quizá “nostalgia” sería más adecuada, pero claro, para mis cinco años, que es la edad en la que comenzaron todos estos recuerdos y anécdotas, no existía en mi léxico ni en mi entendimiento un concepto como “lo nostálgico”.

No fueron pocas veces en que mi papá invitó a mis tías, a mis primos y a mi abuelita a ir con nosotros. Ahí también mi mente se llena de mil recuerdos: intentar construir castillos de arena (digo “intentar” porque nunca pude hacer uno más o menos decente); saltar las olas salvajes en ese mar abierto que les cuento; hacer guerras de bolas de arena – las cuales estaban fuertemente prohibidas y penadas por nuestros padres –; organizar “concursos” de nado sincronizado, entre muchas otras cosas. Es curioso cómo funciona la memoria, porque hasta el día de hoy, cada que ceno un sándwich de jamón con mayonesa y lo acompaño con un vaso de leche con chocolate inmediatamente regreso a esa infancia, a esos momentos en los que mi madre nos preparaba ese “menú” antes de mandarnos a acostar.

Cuando pienso en ese Acapulco, viene a mi mente el malecón de noche, lleno de luces espectaculares por todos lados, mientras que el sonido de las olas rompiendo, no tan lejos de ahí, servía como telón de fondo. Me gustaba ver el mar de noche y no poder distinguir absolutamente nada a excepción de algunas luces pertenecientes a embarcaciones de todos tamaños y algunas casitas. Me acuerdo bien de los caballos cruzando las avenidas, y las hamburguesas que, por ser vacaciones, mi papá nos permitía comer.

Acapulco es muchas cosas en mi mente: fue el lugar donde leí una y otra vez la primera carta de amor que me entregaron. Fue el último día de clases; yo tenía cinco años, y Jazmín (por supuesto que me acuerdo de su nombre), me dibujó un oso en un papel y me escribió “me gustas mucho. Te amo”. Ni ella, ni yo, teníamos idea de qué significaban esas palabras, pero así, en esa carta, esa niña de cinco años me confesaba su supuesto amor. Al día siguiente de ese fin de cursos, viajamos a Acapulco, y como sabía que el próximo año entraría a la primaria y no la volvería a ver, decidí lanzar al mar esa carta, cuidando que ni mis padres, ni mi hermano se dieran cuenta del acto.

Recuerdo tortugas y caimanes, en extensos campos verdes, y las imponentes montañas que acompañan todo el paisaje de “la joya del Pacífico” como se le solía decir en esos momentos. Muchos años después, también recordaría el estar jugando Texas Hold’em con mi padre, mis primos y mi hermano. Ese día, cumpleaños de mi primo mayor, mi papá le “disparó” el ceviche de camarón más grande de toda la carta, y junto con esa alegría, también le tocó perder en el juego de cartas, y como castigo tuvo que arrastrarse por toda la arena, cosa que desde niño odiaba con cada una de las fibras de su ser.

Pero, estimado lector, por encima de todo esto, lo que más recuerdo es lo siguiente: un atardecer, en medio de la playa, con unos colores que nunca había visto hasta ese momento y que no puedo describir hasta la fecha. Mi padre nos había comprado helados a mi hermano y a mí, y yo, sólo por el nombre tan exótico, pedí un “Beso de ángel”. Con una mano sostenía mi helado con cono de galleta, y con la otra tomaba la mano de mi padre mientras caminábamos por toda la playa. Hasta la fecha, no he vuelto a probar esos sabores, ni he vuelto a ver esos colores.

Acapulco, 1996, será un lugar y una fecha que llevaré hasta mis últimos momentos. Hoy, desgraciadamente, marcado por tanta violencia, en algún momento fue el lugar más feliz de mi infancia.

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Crecimos viendo esto: Vaca y Pollito

Para todos los que crecimos en los 90’s, existen una serie de imágenes, personajes y referencias que se volvieron icónicas, tanto así que muchas de ellas hoy en día se siguen utilizando a la manera de memes. La vaca y el pollito, serie animada creada por David Feiss, es (y díganme si no, estimado lector noventero) uno de esos íconos de los que hablamos.

La sinopsis no es sencilla ni clara: unos padres – de los que sólo vemos en toda la serie que son un par de piernas –, adoptan a una vaca y a un pollito parlantes, y, a partir de ahí, comienzan toda una serie de aventuras inverosímiles. Junto a otros personajes como El Hombre Rojo sin Pantalones, para mí, el mejor personaje de la serie, que no era otra cosa que una representación caricaturizada del diablo, Earl y Flem, estos animales pasarán por toda una serie de cosas extrañas. Llena de un humor escatológico y con varias referencias sexuales (varias de ellas bastante explícitas), La vaca y el pollito era una serie que los niños de entre 6 y 11 años disfrutamos durante nuestra infancia. No quiero caer en el lugar tan común de hoy en día que dice “esa serie no podría hacerse hoy”, pero lo que sí me queda claro es que animaciones como La vaca y el pollito distan mucho, por muchas razones, de las programas infantiles que existen ahora, ni mejores, ni peores, pero sí radicalmente distintos. Con esto no quiero decir que el show haya estado exento de controversia y polémica en su momento: capítulos como el de “Las chicas búfalo” fue retirado del aire por representar estereotipos referentes a las lesbianas, y, como se podrá imaginar el lector, el episodio contenía una buena cantidad de insinuaciones sexuales y muchos chistes de doble sentido. De hecho, en mi secundaria, se hizo una junta especial entre maestros, ya que algunos consideraban que La vaca y el pollito era en realidad “pornografía homosexual” (se los juro que eso pasó).

Hace poco redescubrí la serie, ya que ha sido agregada al catálogo de HBO Max, ¡y es todavía más divertida de lo que recordaba! Por supuesto que cuesta creer la cantidad de chistes que de niños pasábamos por alto, y es que es obvio, porque por allá en los 90’s era muy común hacer series “infantiles” que en realidad tenían un humor bastante subido de tono. Quizá, por esto último, la serie se disfruta muchísimo más ahora que somos mayores.

Existen tres episodios que, tanto de niño, como ahora de adulto, me hicieron reír hasta las lágrimas y que les recomiendo ampliamente: La salchicha más fea del mundo, cuando Pollito intenta entrar al baño de las niñas en su escuela, y el del Gato Volador. ¡De verdad que son joyas esos capítulos! (Mientras escribo esto estoy cantando en mi cabeza: «somos un paquete de salchichas, somos las mejores botanas»).

Y ustedes, ¿vieron La vaca y el pollito en su momento, o creen que es buen momento para iniciarla?

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Por allá de los 90’s, dos inadaptados creados por Mike Judge rompieron la televisión norteamericana y de un montón de otras latitudes; nos referimos, por supuesto, a Beavis and Butt-head. Estos dos adolescentes irreverentes y sinvergüenzas tenían una compañera de clase, profunda, sensible, culta e inteligente, pero al igual que Beavis y Butt-head, con problemas serios para socializar, lo que hacía que, incluso este par de descentrados la molestaran con un juego de palabras derivado de su nombre y la llamaran “diarrea”. Como ya se habrán dado cuenta, me refiero a Daria Morgendorffer, quien después de haber sido un personaje secundario en la serie de Judge, se decidió que tendría la propia. Al principio, no muchos estuvieron seguros de la decisión, pero eventualmente el tiempo les daría la razón a los que apostaron por esta serie, ya que se convertiría en todo un ícono de los 90’s, y Daria, uno de los personajes de animación más importantes del siglo anterior.

En la nueva serie, Daria y su familia compuesta por su padre Jake, un inestable adulto con varios traumas ocasionados por su propio progenitor, pero cariñoso y preocupado por sus hijas; Helen, una madre que dedica casi todo su tiempo al trabajo, pero que, al igual que Jake, siempre está lista para cuidar y aconsejar a sus niñas; y finalmente Quinn, una adolescente completamente superficial e interesada sólo por la ropa y el maquillaje (cosa que irá cambiando conforme la serie avanza). Ellos, juntos con Jane Lane, la mejor amiga de Daria, serán los principales componentes de la serie. Existen toda una gama de personajes, y la serie está tan bien escrita que iremos conociendo varias aristas y facetas de cada uno de ellos, tanto de los principales, como de los secundarios.

Creo que el gran éxito que tuvo la serie fue multifactorial: por un lado, la música que acompañaba al show es, hoy por hoy, un museo del rock de los 90’s. En cada episodio podemos encontrar compopsiciones de Radiohead, los Foo Fighters, Stone Temple Pilots, R.E.M., Incubus entre muchas otras bandas; pero la música no brillaba por sí sola, sino que acompañaba adecuadamente las historias, creando una mezcla perfecta en lo audiovisual.

Por otro lado, y como es casi obvio, el gran factor de éxito fue Daria, un personaje sincero y problemático a la vez. Daria es demasiado lista y honesta para el mundo en el que vive, pero eso no impide que sea una adolescente sensible y con unas enormes ganas de ser entendida. Esto último puede verse en las fantasías, esperanzas, compromisos y anhelos que Daria desarrollará con sus dos grandes intereses románticos. Era muy difícil ver la serie y no sentirse identificado con ella; cualquiera que alguna vez haya sentido que no encaja, o que por más que lo intenta no es capaz de comprender su entorno, seguramente se identificó con Daria; podemos decir que, en última instancia, todos somos Daria, y esa fue la clave del éxito para esta serie animada, a saber, la escritura de un gran, gran personaje.

¿Y ustedes, han visto esta serie? ¿Conocían a Daria desde Beavis and Butt-head?

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Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…

Hace un par de semanas estaba lavando trastes, cuando de pronto llegó hasta mis oídos la canción de «Chan Chan» de Compay Segundo. Maru había puesto el disco de 1997 del Buena Vista Social Club, y, más allá de querer reseñar el disco en esta entrada, escribiré sobre lo que pasó conmigo en esos momentos, y es que recordé que hace cinco años, justo en estas épocas veraniegas, yo estaba visitando La Habana.

Cuando era más pequeño, de unos quince años si mal no recuerdo, tuve la oportunidad de ir con mis papás y mi hermano por primera vez a la isla. Recuerdo varias cosas de ese viaje: Varadero; nuestro guía de turistas, que por cierto había estudiado ingeniera civil; pasar la Navidad más calurosa de mi vida, y haber visitado a una parte de nuestra familia que, hasta la fecha, siguen viviendo en La Habana, pero por mi corta edad muchas otras cosas me pasaron inadvertidas.

Hace exactamente un lustro atrás viajé ahora con mi prima y dos de sus amigos, y la cosa fue bien distinta, ya que puse atención en muchas cuestiones en las que no reparé la primera vez que estuve ahí– la mayoría, como varios de ustedes se imaginarán, tenían que ver con aspectos sociales e ideológicos –, pero no sólo eso, sino que ahora tuve la oportunidad de beber mojitos y daiquirís, bailé “algo” de salsa ( y digo “algo” porque hasta la fecha sé un par de vueltas y se acabó), y ya conocía la música de Compay Segundo; bueno, la conocía desde niño: mi padre ha escuchado al Compay desde que tengo memoria, pero ya para ese segundo viaje lo había escuchado como se debe. Sí, todo fue muy distinto: pude hablar de cerca con los cubanos, jóvenes y viejos, y conocí más sobre las distintas posturas que se sostienen en la isla. Era otra Habana que la que conocí de joven. Lo primero que vi de distinto fue un refrigerador de Red Bull en La Hija del Cuervo; fue apenas la primera noche que estuvimos en Cuba, y desde ahí me di cuenta que muchas cosas habían cambiado.

Los atardeceres junto al malecón, el callejón de Hamel (donde, sin querer, nos encontramos a Los Orishas en un “palomazo”), el Morro y el cañonazo de las 9, y ese sentimiento de nostalgia que, en general, se siente en toda la isla. La última noche, ya con varios tragos encima, decidí acercarme a un grupo de jóvenes que se encontraban bebiendo cervezas en un parque (cosa completamente normal, ya que no existe restricción alguna para beber alcohol en las calles), y, para no extenderme de más, terminamos fumando cigarros cubanos y bebiendo ron en casa de uno de ellos. La noche se pasó rápidamente entre anécdotas y tabacos. Todas estas y muchas otras cosas comenzaron a llegar a mi memoria cuando, mientras seguía enjuagando los trastes sonaba El cuarto de Tula, Pueblo nuevo y Dos gardenias. Me puse a pensar en lo rápido que pasa el tiempo, y de lo inclemente que eso puede ser. Unos meses después de ese viaje murió mi hermano; cinco años de ese viaje, y cinco años de su muerte. Y justo en esos momentos comenzó a sonar Veinte años, canción que justo habla sobre eso, sobre la inclemencia brutal del paso del tiempo. Ahora pienso que esos cinco años, en un parpadeo se convertirán en veinte, como los de la canción, y mientras tanto, de vez en vez seguiré pensando “si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…”.

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