Annie Hall de Woody Allen: corazones, cine y ambivalencias neuróticas.

Annie Hall es la gran obra maestra de Woody Allen, filmada en 1979 y protagonizada por Diane Keaton y el mismo director.

Todo comienza con un viejo chiste que Alvy Singer – protagonista de la cinta – cuenta y que es de Groucho Marx, pero en realidad se lo atribuye a Sigmund Freud, en donde dice que, no quisiera pertenecer a ningún club que lo tenga a él como miembro. Ese chiste relata muy bien la relación que Alvy tiene con las mujeres, entre ellas con Annie Hall. La película muestra bien la neurosis tanto de Annie como de Alvy, siempre sintiéndose incompletos estando juntos, queriendo que el otro sea mejor, que aprenda más cosas o que sea de tal o cual modo. Esas pequeñas cosas que son tan cotidianas, y que incluso a veces pasamos desapercibidas, reflejan muy bien la convivencia, la tolerancia de las manías del otro, y que al final, son ellas las que nos divertían, nos parecían desconocidas o que nos incitaron a desplazarnos hacia otro lugar.

Singer tenía una preferencia por las mujeres cultas e inteligentes, que tuvieran siempre algo que aportar; Annie en ese sentido era muy diferente: ella era autentica, siempre buscando su propio lugar. Alvy fue pieza clave para todo el recorrido de crecimiento de este gran personaje, la alentaba a estudiar, leer grandes autores, y a desarrollar un espíritu crítico, y en última instancia: ¿qué no son así las relaciones humanas? Dirá Woody Allen, que son completamente locas e irracionales, pero eso es lo que hace que nos gusten tanto.

Annie era muy diferente al tipo de mujer con las que él salía, y después de un tiempo descubrió que no quería estar con ella; buen ejemplo de cómo funciona el deseo del neurótico, que nunca queda conforme con lo que se tiene, y cuando cree tenerlo se le escapa de las manos. En palabras de Gustavo Cerati “lo que seduce no suele estar donde se piensa”. Eso se logra ver bien en Annie Hall, cuando añoramos todo lo que ya no tenemos, o todo lo que pudo ser, y observamos que nunca se está del todo bien con el presente, pero al final, con la distancia de por medio, se puede valorar aquello que tuvimos, aparte de retratar la cotidianidad de dos personajes, que se aman y se disgustan con el día a día. Esta pareja conflictiva deja ver claramente la idea de inconformidad del uno con el otro, y esa es la pieza clave para el movimiento de los dos personajes, Alvy como escritor y Annie como cantante.

De igual manera me hace pensar que es una gran película para ver en un día lluvioso y triste, o cuando no se tengan esperanzas de nada, porque es una invitación para poder ver lo perfectamente insaciable que somos, la extrañeza que habita en cada uno, como Alvy y Annie Hall que resultan extraños para ellos mismos, la diferencia es la que permite hacer lazo entre ellos, y que es lo mismo que los separa. Al final, aunque no puedan llegar a un entendimiento, todo ha valido la pena, porque la vida pasa demasiado pronto para darnos cuenta de lo importante. Annie Hall muestra detalladamente la transitoriedad de las personas y de las relaciones humanas: todo acaba, y justo por eso es que es maravilloso, así como fue para Alvy conocer a Annie.

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A propósito del Día Internacional de la Paz

Cada veintiuno de septiembre desde 1982 la Organización de las Naciones Unidas propusieron celebrar el Día Internacional de la Paz, en el que se pretende, mediante la sensibilización sobre la diversidad del mundo y de todos los temas relacionados con la paz, que tengamos un día de no violencia, pero: ¿qué es la paz? Según mi entendimiento, es un estado en el que se pretende que se viva en armonía con todos los seres humanos, con espacio para todas las culturas, religiones, etc. Queda clara esta idea con la frase del EZLN en donde esperan “un mundo donde quepan muchos mundos”, una tierra en donde cada individuo tenga su lugar y cada vida sea igual de valiosa que las demás. Se celebra este día esperando de alguna forma poder habitar el mismo mundo sin miedo a ser quienes somos, y asimismo, que la tolerancia y el respeto sean los pilares que rijan a la humanidad.

Por otro lado, concierne preguntar ¿por qué existe tanta violencia en el mundo? Sigmund Freud desde 1915 ya se lo preguntaba en su texto De guerra y muerte, en el que teoriza sobre el por qué de la guerra y la violencia. El psicoanalista comenta que, el hombre civilizado nunca está en desarraigo de la maldad; esto quiere decir que dentro de cada uno de nosotros habita un ser primitivo que tiende a la violencia y que gracias a la cultura es que este deseo se ve desplazado hacia acciones éticas. Freud indaga sobre la importancia de reconocer lo que él llamaría pulsiones, las cuales, a decir de Freud, no son ni buenas ni malas, simplemente están destinadas a satisfacerse; va a depender de cómo sea la cultura para  que el hombre pueda ir desplegando aquellas necesidades, pero como el deseo es siempre desastroso, ya desde El proyecto de psicología para neurólogos, Freud propone que el aparato psíquico tiende “al punto cero”, esto quiere decir, que hay una tendencia a la “vuelta a lo inanimado”, es decir, que cada día es un día menos para llegar a la denominada “meta primordial” del psiquismo, que no será otra que la muerte.

Si pensamos en estas propuestas freudianas podemos explicar un poco del por qué tanta guerra y violencia; en palabras de Freud, la vida pulsional debe ser domesticada, domeñada por medio de la cultura. No es extraño dar cuenta que vivimos en un mundo en donde pese a que se está bien educado, países con economías estables, se ven también estos estragos de la violencia. Podría parecer que lo que Freud propone es paradójico, sin embargo, tiene todo el sentido cuando observamos que los individuos viven siempre fluctuando de un lado a otro, en una ambivalencia, entre el bien y el mal. No es para nada extraño cómo personas que creemos conocer, un día sin darnos cuenta comenten actos ilícitos o violentos; esto nos remite sin duda a lo que Freud comenta: el hombre está obligado a llevar a cabo una renuncia de esos deseos; es tanta la presión que recae sobre la persona propia, que precisamente por ello el estar inmerso en la cultura representa un malestar. Esto trae consigo muchos otros problemas que también tienen que ver con la paz. Entonces, ¿cómo acceder a la paz si estos impulsos predominan? Desde mi perspectiva, existe un problema que tiene que ver con que el hombre, inconscientemente, se siente inmortal: “Nuestro inconsciente es tan inaccesible a la representación de la muerte propia, tan ganoso de muerte contra el extraño, tan dividido (ambivalente) hacia la persona amada como el hombre de los tiempos primordiales”, en palabras del propio Freud. Esto quiere decir que, si en el inconsciente no existe representación de la muerte, eso le permite hacer ciertas cosas que son atroces contra los otros. Mi propuesta es dar cuenta de estas mociones que todos los seres humanos poseemos, no negarlas, sino hacerlas visibles, entender que hay una serie de eventos que nos han constituido como seres humanos y que ninguno de ellos fue en nombre de la paz, sino todo lo contrario, fueron eventos de rebeliones y dolor: no hay cultura sin dolor.

Hacer todo ese recorrido entre el bien y el mal, abandonado nuestros deseos primitivos, es un dolor para el yo; con esto no quiero decir que no se pueda vivir en paz, sólo me es muy difícil pensar en una paz general. Quizá existan sólo momentos de paz, pero no por ello es menos importante celebrar un Día Internacional de la Paz. Me parece relevante que cada persona pueda hacer introspección sobre lo que hace, piensa y siente, ya que sólo reconociendo de lo que estamos hechos podremos vivir en paz. Si aprendemos a vivir realmente con lo que somos, dejar de odiar en otros lo propio de cada uno, reflexionando sobre lo que nos enoja, estableciendo un buen camino hacia la tolerancia y respeto por los demás, dándonos a nosotros lo que esperamos y deseamos para los demás, la paz se puede disfrutar como la transitoriedad de las hojas de otoño: debe ser valorada, querida y deseada, sabiendo que el ciclo puede alterarse, pero siempre se regresa a ella. Ese mismo recorrido de dar cuenta sobre lo que somos, es el mismo que se necesita para poder amar a otro que no seamos nosotros, amar la diferencia: ese el punto más alto de convivencia con los demás; alcanzar eso es, sin duda renunciar al yo, para darle a alguien más aquello que creemos valioso. Nuestro amor puede investirse de muchas maneras. Para pensar en una paz social habría que primero centrarnos en este concepto como presente continuo, en nuestro día a día, que como la mayoría de las cosas de la vida tienden a terminarse, no tanto por la guerra, sino por la fugacidad de la existencia. Nada dura para siempre, la vida suele ser muy difícil, llena de duelos interminables, que vienen a movernos todo, pero no por eso se deja de anhelar aquello que llamamos paz, un estado al que procuramos llegar, todos los días, la mayoría de los seres humanos. Si queremos tenerla, tenemos también que vivir días no tan buenos, esperando finalmente tener paz.

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“Pictures of you”

Hace un par de días decidí que era hora de organizar todo mi archivo fotográfico, tarea que llevo años posponiendo por las razones que ahora les contaré. Para mí, ver mi vida en aquellos fragmentos de realidad que se llaman “fotografías”, más allá de contentarme, se convierten casi en una automática declaración sobre cómo parece … Leer Más “Pictures of you”